jueves, 22 de junio de 2017

En las ferias del libro (2): Lisboa

Por la mañana se suma al grupo el último invitado de las editoriales europeas, G., representante de Gallimard. Su retraso ha obedecido a un incidente aeronáutico: al despegar de París, varios pájaros se habían metido en uno de los motores del avión y lo habían hecho estallar (después de estallar ellos mismos). Algo así tiene un peligro doble: que el avión se estrelle, y que a uno, si se ha dado cuenta de lo que pasa, le dé un soponcio allí mismo y muera igualmente, aunque el avión no se estrelle. Por suerte, G. ha sobrevivido a ambas contingencias y ya está con nosotros. El grupo entero se dirige ahora, guiado por las incansables señoritas de la organización, a la Torre del Tombo, en la zona universitaria, donde hay concertado un encuentro con los responsables de la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas del Ministerio de Cultura portugués, que nos informarán sobre las ayudas que prestan a la traducción de obras portuguesas a lenguas extranjeras. De nuevo, y salvo el director general que parece un mosquetero y, coherentemente, prefiere hablar en francés, todos los empleados son mujeres: la administración en Portugal está aún más feminizada que en España. Mientras nos explican las condiciones y características de las subvenciones, por los enormes ventanales de la sala veo pasar aviones que vuelan muy cerca y muy bajo. Espero que no se les meta ningún pájaro en los motores, ahora que están encima de nosotros. Concluida la sesión informativa, nuestros anfitriones nos enseñan el edificio en sí, interesante por varios motivos. Al llegar, nos ha llamado la atención su aspecto mexicano, con unas gárgolas cúbicas adornadas con imágenes de monstruos que bien podrían ser serpientes emplumadas. Dentro, se suceden los departamentos dedicados al cuidado, ordenación y reproducción de los libros. Nos atrae sobre todo el de restauración, donde media docena de mujeres, con batas blancas y aire de facultativas especializadas, se dedican a curar las heridas y enfermedades de los volúmenes más antiguos o maltrechos. Y lo hacen con paciencia de calígrafo japonés. Dos recomponen en una mesa las hojas carcomidas de un librote ancianísimo: con guantes, pinzas y una lupa, juntan sus pedazos marronosos como si resolvieran un rompecabezas milenario, y luego los unen o limpian, no lo sabemos bien con una sustancia transparente, parecida a goma o vaselina, que extienden con un pincel. Quien nos hace de guía en este laboratorio nos enseña también alguna de las piezas más llamativas, como un tratado poético tamil inscrito en hojas de palmera o un libro del s. XVI en el que se ha borrado la mitad del escudo metálico que adorna la cubierta: se conoce que en aquellos tiempos ya se practicaba la vengativa mutilación, por enemistad o divorcio, de los testimonios conjuntos que Stalin llevaría a su apogeo en el s. XX y que hoy continúan cometiendo los novios despechados de todo el mundo en instagram y facebook. En los pasillos de la Torre vemos también las fotografías de los mejores escritores portugueses de la centuria (y de algunos que no lo son). Reparo en la imagen descabellada de António Ramos Rosa, uno de los grandes poetas europeos del último medio siglo; en el rostro sereno de Sophia de Mello; en la expresión juvenil de Nuno Júdice, al que acabo de conocer en Mérida; en la luminosidad de Eugénio de Andrade, que es también la de su poesía; y en el brillo acerado de los ojos de Herberto Helder, otro extraordinario poeta. Acabada la visita, almorzamos y, a continuación, nos desplazamos a la Feria del Libro, donde hemos de mantener un encuentro con el Gremio de Libreros portugués y varias entrevistas con editoriales del país interesadas en conocernos y, quizá, proponernos negocios. De camino, en la furgoneta que nos transporta, admiro la saludable policromía de la ciudad, tanto en sus habitantes cuyas pieles constituyen una paleta casi infinita de colores como en sus edificios, entre los que distingo muchos con los tonos deliciosamente apastelados de una urbe marítima, o ceñidos por la clásica azulejería portuguesa, añil y blanca, pero también no pocos pintarrajeados de grafitis chillones desde los cimientos hasta la azotea. El conductor nos deja por fin a los pies de la  Feria del Libro, en el parque de Eduardo VII. Desde allí hemos de subir una cuesta muy pronunciada para llegar al stand donde se celebra la primera reunión de la tarde, y hacerlo justo después de comer es una crueldad (casi emética). Las entrevistas organizadas con las editoriales portuguesas se suceden después, a lo largo de la tarde. Entre una y otra cuatro, en mi caso, curioseo en los puestos. Como siempre, veo muy pocos autores españoles: algunos clásicos (Góngora, Lope, Cervantes, Lorca) y una agradable sorpresa, María Zambrano; también hay un libro de Enrique Vila-Matas. Advierto con inquietud muchos stands de asuntos espirituales. Uno, de la Sociedad Bíblica, es vecino de Ediciones Avante, el sello del Partido Comunista Portugués. Mientras bajo la cuesta asesina viendo libros, me sobresaltan unos berridos. Al cabo de unos metros, descubro lo que son: una canción de un grupo folclórico portugués, cuyos miembros, septuagenarios, y ataviados con los trajes típicos de su región, evolucionan por el escenario, con el vigor propio de su edad, a los estentóreos sones de un entregado solista. Cumplidas las obligaciones de hoy, la organización nos lleva a conocer una de las nuevas zonas de ocio de la ciudad: LX Factory, una antigua fábrica reconvertida en mercado y centro de esparcimiento, por encima de la cual discurre, como suspendida en el aire, la autopista que conduce al puente del 25 de Abril. El lugar tiene cafés, restaurantes, talleres de artistas, estudios de tatuaje, de fotografía o de diseño, y hasta una enorme librería, Ler/Devagar, cuya visita forma parte también del programa de actividades. Impresiona la altura del local, que era la que necesitaban las rotativas y los talleres del periódico que funcionaban antes aquí. Las rotativas, de hecho, siguen ahí, en el centro del espacio, como dinosaurios mecánicos, espesamente silenciosos. A su alrededor se elevan los estantes, que tapizan de libros las paredes hasta casi el techo, del que pende una bicicleta con alas. Para consultar los que están más arriba, hay que practicar la escalada. Busco la sección de literatura en español y doy con un par de baldas no muy nutridas, que, en relación con el número total de volúmenes que se acumulan aquí, deben de representar un porcentaje minúsculo. Al menos, no están en los plúteos superiores. Veo viejos ejemplares de Visor (de los que compro dos: un Ritsos y, por cortesía local, un Cabral de Melo) y títulos desperdigados de editoriales no menos desperdigadas. Luego, nos tomamos una cerveza en el cafetín del lugar, en una de cuyas mesas dos jóvenes, concentradas en la lectura de apuntes y papelotes, están fumando. La jornada concluye con la cena en el restaurante Rio Maravilha, un establecimiento que ha conseguido que veamos su condición industrial como un ejemplo de decoración contemporánea, y que cuenta con una terraza espectacular, desde la que se divisa gozosamente el Tajo, y en la que una figura de mujer desnuda, pintada de escaques multicolores, se opone, también con los brazos extendidos, al Cristo oferente de la orilla opuesta del río. Rodeados de grupos de jóvenes que ocupan las mesitas, charlan y fuman, cenamos. Doy cuenta de una sopa de tomate muy endeble, de un airoso bacalao y de un sorprendente sorbete de albahaca. G. tiene interés en saber si somos capaces de ver el conejo en la Luna. Yo ni siquiera sabía que lo había, pero él me informa de que, según una vieja leyenda azteca, la silueta de un conejo aparece impresa en la superficie lunar. El conejo es una de las especies más invasoras de la Tierra, así que no me extraña que haya saltado hasta allí. Empujado por la inquietud de mi interlocutor, salgo a la terraza a contemplar el satélite en busca del conejo, pero no lo veo. G. me lo describe con paciencia, pero sigo sin verlo. A veces creo reconocer sus orejas puntiagudas en sendas manchas selenitas, pero la figura en conjunto se me escapa. Uno ha de saber lo que quiere ver si quiere verlo y, aunque yo lo sé "¡el conejo, el conejo!", perservera G., me declaro miope y derrotado, y vuelvo a la mesa a terminar el sorbete de albahaca. Pasada la medianoche, regresamos al hotel, con la frustración de no haber reconocido al conejo, pero con la satisfacción de haber sobrevivido a una maniobra desgraciada: el taxi en el que nos hemos embutido, como la cuadrilla de El Litri, ha arrancado antes de que yo, el último en subir, estuviera del todo dentro. Por suerte, no ha pasado nada, pero me queda el consuelo de que, de haberme accidentado, habrían podido auxiliarme a la intensa luz de una luna llena sin conejo.

sábado, 17 de junio de 2017

En las ferias del libro (1): Lisboa

Se celebra en Lisboa el segundo Encuentro de Editores Portugueses y Editores Extranjeros, en el marco de la Feria del Libro de la ciudad. Durante dos días, está previsto que los editores invitados se reúnan con sus homólogos portugueses y también con las instituciones culturales que contribuyen a la actividad editorial con ayudas a la traducción o a la edición. De hecho, en cuanto llego al hotel, en la avenida de la Libertad, junto a la plaza del Marqués de Pombal, una simpática señorita de la organización me está esperando ya para llevarme al primero de esos encuentros, con el Instituto Camoês, cuya sede está prácticamente enfrente del alojamiento. Apenas tengo tiempo de dejar las cosas en la habitación y cambiar los pantalones cortos con que he llegado por otros largos, más acordes con la naturaleza de la visita. Ya en el palacete que aloja al Instituto, un noble edificio decimonónico empotrado entre construcciones modernas y bastante desangeladas, como la del Diario de Noticias, me presentan a los representantes de otras dos editoriales que también participan en el Encuentro: M., de la francesa Actes Sud, y Manuel Ramírez, de la española Pre-Textos. Mi sorpresa irá en aumento cuando conozca a los demás participantes: de Gallimard, Flammarion y la italiana Il Urogallo. La Editora Regional de Extremadura ha sido invitada, pues, junto a algunas de las casas editoriales más importantes del continente. No me incomoda, antes bien, me enorgullece, pero también me desconcierta un poco: es la única editorial pública del grupo, la única de carácter regional y, con diferencia, la más pequeña de todas. Yo pensaba que a este tipo de encuentros estaban pensados para sellos como Planeta o Anagrama, pero me complace comprobar que nuestros vecinos portugueses también se acuerdan de editoriales sin ánimo de lucro, sociales y mucho menos elefantiásicas. En el Camoês, las responsables de las ayudas a la edición de obras portuguesas en editoriales extranjeras, todas mujeres, nos dan cumplida información sobre las subvenciones. Y lo hacen con gran familiaridad y en muchas lenguas: aunque hemos decidido comunicarnos en inglés, pasamos ellas y nosotros, a menudo sin darnos cuenta, al francés, al portugués e incluso al español. También nos enseñan algunas salas nobles del palacio, desde las que hay excelentes vistas de la vecina plaza del Marqués de Pombal, presidida por una enorme estatua en la que el aristócrata mira al Tajo, acompañado por un león, al que parece haber sacado a pasear, y que representa, supongo, todos los enemigos a los que sometió: los jesuitas, la nobleza, el terremoto. Para significar el imperio del marqués, su melena es mayor que la del león. Cumplido el primer trámite, Manolo, de Pre-Textos, y yo nos vamos a dar una vuelta por la ciudad hasta la hora de la cena. Recorremos la espina dorsal de la ciudad, desde la plaza del Marqués de Pombal hasta la del Comercio, por la avenida de la Libertad, Restauradores y Rossio, y la famosa calle Áurea. Queda poco de la Lisboa decadente de la que ambos nos acordamos, por lo menos en estos barrios centrales: ahora predominan las tiendas y las franquicias internacionales, como en cualquier otra capital del planeta. Pagamos el óbolo debido al dios del turismo, y también al de la mitomanía literaria, en A Brasileira, la cafetería en cuya terraza se sienta todavía, en bronce, Fernando Pessoa. Tomamos un café y una cerveza, mientras admiramos el barroquismo de las maderas y de los pasteles. A Brasileira está bien conservada, pero en su misma pulcritud hay algo falso, manipulado. Este es y no es el café en el que Pessoa pasaba las tardes. Como el bar Zúrich de Barcelona, que mantiene el aire de local prebélico, pero que ha perdido la autenticidad mugrienta de sus orígenes, sustituida hoy por un aliño entre escandinavo y vintage. Llegamos luego a la plaza del Comercio, que en mis visitas de los últimos años estaba siempre en obras. Hoy luce limpia y despejada. Ha recuperado la amplitud que le dio nuestro amigo el marqués de Pombal al reconstruirla después del terremoto de 1755: donde se levantaba el Palacio Real de la ciudad, él dispuso este gran espacio delimitado por señoriales edificios con arcadas y el Arco Triunfal de la calle Augusta, que da entrada, por el sur, al barrio de la Baixa. De hecho, el conjunto pretendía ser, y fue, además del principal núcleo portuario del imperio, un majestuoso lugar de bienvenida a la ciudad: aquí llegaba todo el tráfico marítimo de Lisboa y desembarcaban los embajadores y dignatarios que recalaban en Portugal. En el centro de la plaza, otra estatua, la del rey José I, de quien Pombal fue primer ministro, protector y protegido. Es verde, como la neoyorquina de la Libertad. Las construcciones que rodean la plaza están ocupadas hoy por ministerios e instituciones oficiales. Entre ellos se encuentra también, extrañamente, el Museo de la Cerveza, que no solo me gustaría visitar ahora está ya cerrado, sino en el que me gustaría vivir. La plaza huele a río. Y ya atardece: una bandada de grises dorados se posa mansamente en las colinas y los tejados de ambas orillas del Tajo. Manolo y yo nos acercamos al borde mismo del agua por los escalones de mármol por los que desfilaban las personalidades que arribaban a Lisboa. Admiramos el imponente puente del 25 de Abril y el Cristo que lo flanquea, con los brazos extendidos, en la ribera opuesta, y nos encaminamos ya al restaurante O Bastardo, un lugar cuyo nombre despierta inquietud, pero que se revela magníficamente ubicado: en una de las esquinas meridionales de la plaza del Rossio, con excelentes vistas del lugar, cuyo centro ocupa la estatua de otro rey, que también fue emperador: Pedro de Alcântara Francisco António João Carlos Xavier de Paula Miguel Rafael Joaquim José Gonzaga Pascoal Cipriano Serafim de Bourbon e Bragança; en corto y por derecho: Pedro I de Brasil y IV de Portugal. Mientras el crepúsculo que habíamos visto deflagrar a los pies del Tajo se derrama por la plaza, haciendo cada vez más voluminosas, más blancas, las farolas, atacamos una cena desigual y que tarda en llegar, con un ceviche flojo y unos linguini con langostinos aceptables, pero un blanco seco digno de recordación. Al grupo compuesto por las personas de la organización, Manolo, M. y yo, se ha sumado P., de la editorial Flammarion, y Ma., de la italiana Il Urogallo, cuya facundia transalpina vuelve un monólogo la conversación. Cuando el diálogo es tan poco fluido, por no decir inexistente, tiendo a aislarme. Esta noche me refugio en una charla despreocupada con Manolo, con el que he quedado encarado en uno de los extremos de la mesa. Por otra parte, es agotador tener que parecer siempre inteligente, con comentarios ingeniosos, chanzas cosmopolitas y apostura cultivada, como se diría que ha de ser siempre en esta reunión. Después de un rato de artificios verbales en varios idiomas, a cuál más saleroso, prefiero parecer lo que soy y que me tomen por tonto o por un sieso: es mucho más descansado. Acabada la cena, la organización nos propone asistir a una fiesta privada, en un local sobre el Tajo, con la actuación de una importante estrella portuguesa del rock. Yo, a quien nunca se le han desgarrado las entretelas por las músicas que consistan en aullar, las únicas estrellas que deseo ver ya son las que me marquen el camino de regreso al hotel, así que me despido educadamente y enfilo al refugio, donde me espera, por lo que he podido atisbar cuando he dejado las cosas en la habitación, una cama que está diciendo túmbate. P. y Ma. este, sin dejar de hablar acuden, regocijados, a la fiesta privada y musical.

lunes, 12 de junio de 2017

Dos novedades audiovisuales y tres poemas

La primera novedad audiovisual es una iniciativa de Roberto Rodés, un aragonés que lleva cuatro años elaborando una fonoteca de poetas españoles. Roberto explica que la idea surgió cuando quiso conocer la voz de algún vate ya fallecido. Descubrió entonces que, a pesar de la fama que rodeaba a algunos, habían dejado muy pocos registros audiovisuales; en algún caso, ninguno. Era imposible saber, pues, cómo recitaba, esto es, cómo afrontaba la prueba crucial de la oralidad de su propia poesía. (La calidad de lo escrito y de lo recitado no siempre casa: hay poetas excelentes que leen muy mal, o a los que apenas se les entiende, o que tienen voz de pito; y también los hay abominables que recitan como Paco Valladares). Para remediar esa carencia, decidió, con otros dos compañeros interesados en la poesía, aunque no fueran profesionales de ella (esto es una garantía de éxito: cierta distancia profesional resulta esencial para que las cosas se hagan con objetividad), construir un archivo vocal en el que figuraran todos los poetas españoles de los que tuviera conocimiento y, por supuesto, que se prestaran a ello. Desde entonces organiza reuniones por España con los poetas interesados y, en largas sesiones, los graba a todos. Cuando empezó el proyecto, quizá no sospechara cuántos poetas o, mejor dicho, cuántos que se consideran poetas había en nuestro país,  ni quizá que todos, casi sin excepción, querrían que los grabara, y eso ha hecho que, tras casi un lustro, la iniciativa diste de terminar, pero también que se haya conocido al dedillo la fascinante geografía patria. Según me contó, se toma estas cosas como agradables excursiones de fines de semana: al tiempo que construye la fonoteca, conoce lugares, disfruta de la gastronomía, habla con gente y, en definitiva, se divierte, que es lo que deberíamos hacer todos cuando nos lanzáramos a cualquier actividad. La página de Roberto en la que se encuentra la fonoteca se llama The Books Movie. Poesía Recitada (https://thebooksmovie.com/), y esta es la grabación que ha colgado de mi lectura de uno de los poemas de Insumisión: http://thebooksmovie.com/2017/05/30/insumision-eduardo-moga/. (También en: http://wp.me/p7ApxA-ZF).

La segunda es la entrevista que me hizo el lunes pasado Fernando Delgado en es.radio, de Mérida, emitida también, esa misma noche, en Televisión Extremeña, en una admirable simbiosis de medios de comunicación. Fernando es hijo del poeta Jesús Delgado Valhondo, cronista oficial de la ciudad de Mérida y periodista de larga trayectoria. También es el autor de un libro importante sobre la historia de la ciudad, La Guerra Civil en Mérida. La interviú que me hizo transcurrió por los cauces habituales en su programa: se habló de todo, aunque menudearon, como es lógico, las preguntas sobre mi condición de escritor y de actual director de la Editora Regional de Extremadura y coordinador del Plan de Fomento de la Lectura. Pero Fernando es conocido por husmear en asuntos más personales. Me preguntó por mi familia, por mi formación y también aunque me había prometido que no hablaríamos de política por la situación en Cataluña, a todo lo cual procuré dar una respuesta sincera y sosegada. Fue una charla distendida, que puede verse aquí: https://youtu.be/tgFQj-ITALI.

En cuanto a los poemas, han aparecido en tres espléndidas revistas, y no solo por su contenido, sino también por su factura, por su condición de objetos artísticos. El primero, perteneciente a un poemario amoroso que he acabado de componer estas semanas, aunque todavía está pendiente de una larga revisión, ha visto la luz en el número 7 de Suroeste, esa revista de literaturas ibéricas que promueve las literaturas peninsulares en sus idiomas originales, y que dirige con mano firme pero hospitalaria Antonio Sáez. Es la segunda vez que me asomo a la revista, tras hacerlo en el número 5, de hace dos años, con un poema de Insumisión. Me complace especialmente aparecer en compañía de autores tan relevantes y, en muchos casos, amigos— como Ana Luísa Amaral, Álex Chico, Valter Hugo Mâe, Verónica Aranda, Martín López-Vega, Marta Agudo, Javier Pérez Walias o Mercedes Cebrián, aunque también me gusta descubrir a otros que no conocía y que aportan textos de calidad. Para los que escribimos, en muchos casos, largo y sangrado, Suroeste, con su formato grande y sus márgenes generosos, es una bendición: los poemas no sufren, o sufren mucho menos, con las estrecheces de la caja y la partición de los versos.

El segundo es el poema inaugural de Muerte y amapolas en Alexandra Avenue (Vaso Roto, 2017), que se ha publicado en el número 2 de otra revista notable, Zapato de Niebla para la Poesía, de la editorial (vallisoletana de radicación, pero universal de concepción) El Gato Gris, dirigida por José Noriega, ese pintor amante de la literatura que lleva varias décadas publicando libros de poemas bellamente ilustrados (aunque a menudo es difícil decir si son las ilustraciones las que acompañan a los textos o estos los que glosan a aquellas; la intención, en realidad, es que ambos se fundan en una sola y singular creación) y promoviendo iniciativas de todo tipo para extender una literatura y una artes plásticas atrevidas, diferentes, radicalmente contemporáneas, pero contando, en otro admirable maridaje, con medios e impresoras tradicionales, como la minerva centenaria de la que se sirve para alumbrar este Zapato de Niebla para la Poesía, anual como Suroeste, y cuyo título incorpora un guiño a una revista legendaria, aquella Caballo Verde para la Poesía, de Altolaguirre y Neruda.

El tercero, en fin, otra composición de Muerte y amapolas en Alexandra Avenue ("Casas, laceraciones..."), ve la luz en el número 3 de Heterónima. Revista de Creación y Crítica, dirigida por el poeta y escritor Antonio Rivero Machina, y editada por la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres de la Universidad de Extremadura. Heterónima aúna el rigor académico y el eclecticismo creativo, se demuestra pulcra y ambiciosa, y se erige en tribuna de los escritores extremeños (aunque no solo de ellos): hay investigación filológica, como un largo artículo del propio Antonio Rivero Machina sobre una autobiografía apócrifa de Gabino-Alejandro Carriedo, escrita por Amador Palacios; cuento (José Manuel Sánchez Moro, Pilar Galán); mucha poesía (Urbano Pérez Sánchez, Basilio Sánchez, Berta García Faet, Álex Chico y José Luis Bernal Salgado, entre otros); y una sección de crítica, que incluye una entrevista de Sandra Benito Fernández a Ada Salas y sendas reseñas de Álvaro Valverde y Amador Palacios. Los enlaces a la revista son:

miércoles, 7 de junio de 2017

Ultimate fighting: el reino del terror

Asisto con estupor a los combates de ultimate fighting que retransmite por las noches la cadena privada de televisión Gol. Una vez, zapeando, di con el programa, y ya no he podido desengancharme: estoy preso de él, por una suerte de siniestra fascinación, como lo estaba a las ruedas de prensa que daba o a los programas de Tele 5, en la piscina, que protagonizaba Jesús Gil y Gil, a quien Dios tenga en su gloria. El ultimate fighting (algo así como "combate extremo" o "pelea total") es una suma de todas las artes marciales conocidas: el boxeo, el judo, el muay thai, el karate, la capoeira, la lucha grecorromana, el jiu-jitsu (con su terrible modalidad brasileña) y el sambo, entre otras formas menos difundidas de arrancarle la cabeza al contrincante. La brutalidad de los combates espeluzna: se enfrentan dos sujetos, que combaten por peso (hay desde el paja, que no tiene nada que ver con la masturbación, hasta el pesado, para individuos de hasta 120 kg) y que suelen reunir las siguientes características: tienen músculos hasta en las pestañas, están llenos de tatuajes y lucen la expresión de un mandril cuando ve que otro mandril se acerca a su mandrila; en resumen, acojonan. (Algunos, los menos, parecen lejos de sus mejores años: acarrean barrigón cervecero, melenas descontroladas y bíceps fofos. Saben que nunca volverán a ganar un combate, pero se muestran incapaces de renunciar a la perversa diversión de un buen intercambio de tortazos). La mayoría, sobre todo si llevan años en el oficio, exhiben las cicatrices que le son propias: narices aplastadas, orejas como alcachofas, deformaciones craneales y una mirada en la que se junta el odio por los golpes recibidos y un indisimulado deseo de matar. Muchos acompañan estos inquietantes rasgos con aditamentos singulares que aumentan el terror que inspiran: crestas cheroquis, de bonitos colores, cabezas rapadas y tatuajes, muchos tatuajes, que, cuando pueden descifrarse, ponderan su capacidad asesina o proclaman la grandeza de Dios. Porque, curiosamente, muchos de estos peleadores así se les llama en la jerga profesional son fervorosos creyentes y, cuando ganan, manifiestan con gestos o palabras su agradecimiento al Altísimo (cuando pierden, no dicen nada, si aún están inconscientes; si siguen despiertos, es de suponer que le agradecerán también haber sobrevivido a la paliza y que les haya dado la oportunidad de sobreponerse a la derrota: un buen cristiano siempre encuentra razones para darle las gracias al Todopoderoso). En cualquier caso, el precepto judeo-cristiano que no cumplen nunca es el de poner la otra mejilla: no lo hacen jamás, al menos voluntariamente, y, por el contrario, siempre persiguen la mejilla del rival, que, a su vez, no parece dispuesto a prestarla a ninguna manipulación. Contra lo que uno podría creer, a la vista de los encarnizados enfrentamientos que se producen, en el ultimate fighting no vale todo. De hecho, la lista de lo que no puede hacerse es muy larga, aunque también reveladora, a sensu contrario, de las barrabasadas que caben en el octógono. Por ejemplo, no está permitido morder, dar cabezazos, ni presionar los ojos, ni introducir dedos (u otros apéndices, es de suponer) en los orificios del cuerpo del oponente, ni patear, dar rodillazos o pisar la cabeza o el cuello del adversario cuando está en el suelo (aunque se le puede seguir dando puñetazos con toda brutalidad), ni golpear con la punta del codo en sentido descendente (se entiende: la punta del codo es lo más parecido que tiene el cuerpo a una garrocha), ni agarrar del pelo, cuando lo tienen (ni siquiera en los combates de mujeres, que también los hay, y no menos despiadados que los de los hombres), ni lanzar al contrincante fuera de la jaula (lo que podría causarle un estropicio, y también al respetable); tampoco se le puede escupir, ni utilizar un lenguaje ofensivo: no es educado. Llamativamente, ninguna norma impide atacar, con toda la saña que uno quiera, los órganos genitales del rival, y, de hecho, en los combates suelen verse patadas o rodillazos escalofriantes en la entrepierna, que, si no acaban con la víctima en el hospital, con estallido testicular, es gracias a la coquilla, esa bienaventurada protección sin la cual no se deja subir a los peleadores al ring. Dos elementos más ayudan a atemperar el salvajismo de este no sé si llamar deporte: los árbitros y la duración de los combates. Los primeros, a menudo expeleadores, suelen ser tan voluminosos como los propios contendientes. Y deben serlo, porque, de otro modo, peligraría la vida de estos. Cuando uno ha sido derribado y está inconsciente o casi, y el otro se sienta encima de él para triturarle la cabeza a guantazos, la única forma que tiene el árbitro de frenarlo es lanzarse sobre él y apartarlo del caído. Si no pesaran lo que pesan, saldrían rebotados, y el noqueador haría picadillo al noqueado. Los combates, por su parte, no pueden durar más de cinco asaltos, de cinco minutos cada uno, aunque la mayoría sean solo a tres rounds. Se entiende que una duración mayor es rigurosamente inhumana. No obstante, algunos combates apenas duran unos pocos segundos. El récord lo ostenta Mike Garrow, que en 2014 tumbó a un tal Sam, peleador independiente, en un segundo: el árbitro dio la señal de inicio, ambos se acercaron al centro del octógono y Mike, con la naturalidad de quien le tiende la mano a un desconocido, le propinó una patada en la boca que dejó al pobre Sam que, todo hay que decirlo, era un alfeñique tendido en la lona y reclamando urgente atención médica. Pero hay casos más notorios y recientes. Hace poco lucharon el brasileño José Aldo (en Brasil hay una rica tradición de luchadores de todos los estilos) y el irlandés Conor McGregor por el campeonato del peso pluma. Era impresionante ver la concentración de Aldo, que saltó a la arena como un gallo de corral, sin dejar de moverse (ni siquiera cuando, antes del combate, le llenaban la cara de vaselina), golpeando espasmódicamente al aire, y sin levantar la vista del suelo (tampoco cuando el árbitro los llamó a ambos al centro de la jaula para darles las instrucciones antes del combate). Pues bien: sonó el ring, Aldo, impulsado por su insuperable nivel de concentración, se fue a por McGregor, y McGregor lo fulminó con un jab de izquierda. Trece segundos duró la cosa: los necesarios para el derribo y tres o cuatro más que, como Aldo aún no estaba muerto, McGregor aprovechó para martillearle la cabeza en el suelo, hasta que el arbitro lo apartó a empellones del muy concentrado carioca. La imagen del golpe, como de casi todos los golpes definitivos, estremece: las ondas que produce en la cabeza del receptor le recorren la cara, desde la barbilla hasta la raíz del pelo, como el oleaje de un maremoto; toda la estructura craneal retumba como una campana percutida por el badajo; el sudor y, en su caso, la sangre se esparcen en derredor, hasta a veces las primeras filas del público, como una explosión; y, en el cerebro, miles de neuronas son aniquiladas. No es extraño que, con unos cuantos de estos impactos, los peleadores se queden pronto como Perico Fernández. Yo, la verdad, prefiero estos finales inmediatos, pero no por la espectacularidad del KO, sino porque abrevian el sufrimiento. De otro modo, las peleas son una agobiante sucesión de ganchos, puntapiés, codazos, luxaciones, intentos de estrangulamiento y toda suerte de artes destinadas a masacrar al que se tiene delante. Me sobrecoge el peso de la testosterona en el comportamiento de los hombres (y de las mujeres) y la necesidad que sienten algunas personas de darse a la violencia, aunque sea una violencia regulada como esta. En lugar de leer libros, de ir al cine y al teatro, de estudiar, de trabajar honradamente, de amar, muchos jóvenes (y no tan jóvenes) del mundo prefieren dedicarse a dar golpes (y a recibirlos). Es una imbecilidad más, en un mundo en el que abundan las imbecilidades. Pero yo también participo de ella si la sigo o la comento, como estoy haciendo ahora. Valga en mi descargo que, si consigo despertarme de la hipnosis en la que suelo caer, apago siempre el televisor.