domingo, 31 de diciembre de 2017

Un paseo navideño por Barcelona

Viajar en metro es algo irrelevante, que los urbanitas hacemos sin apenas darnos cuenta. A veces, sin embargo, se convierte en una sucesión de pequeñas sorpresas, como metáforas en un verso figurativo. Cuando voy a comprar una T-10 en las máquinas de la estación, el aparato no me deja introducir la tarjeta del banco. No sé qué pasa. Lo intento y lo vuelvo a intentar, pero no puedo. Hasta que caigo en la cuenta: el anterior usuario se ha dejado la suya en la ranura del expendedor, es decir, le ha pasado lo que tantas veces he tenido miedo de que me pasara a mí, despistado hasta la médula como soy. La tarjeta olvidada es de La Caixa y su titular, un tal Joan Font Torres (Joan: si me estás leyendo, quiero que sepas que he lamentado mucho lo que te ha pasado, que no me he aprovechado de tu olvido, y que he entregado la tarjeta a la taquillera de la estación de Rocafort). Cuando, ya en el andén, voy a subirme al metro, bajan del vagón media docena de africanos con sus fardos montuosos a la espalda. Hay mucho trajín de manteros por todas partes. También para ellos es temporada alta. Los productos falsificados con los que se benefician de la miseria de las mujeres o los niños chinos que los fabrican y evitan ellos la indigencia encuentran fácil salida entre quienes tienen poco dinero para los regalos de Navidad, pero muchas ganas de quedar bien con parientes y amistades. Llego a la plaza Cataluña y me entretengo en la plazuela hipóstila que da a las Ramblas hojeando los libros de poesía de un puesto que ha montado aquí una ONG. Entre la basura que suele acumularse en estos chiringos callejeros, en la que predominan los best sellers, descubro una Segunda antolojía poética, de Juan Ramón Jiménez, en bastante mal estado. Pero la fecha de publicación es 1920 y no hay signos de que no sea una primera edición. Me cuesta creer que una primera edición de ese libro capital haya acabado en este albañal y que, al alcance de cualquiera de los miles de transeúntes que pasan por este lugar cada día, siga aquí. Aunque lo que debería sentir no es incredulidad, sino tristeza: precisamente que ninguna de los miles de personas que han estado cerca se haya interesado por él, o ni siquiera lo haya reconocido, es un indicio elocuente del lamentable estado en el que se encuentra la poesía como hecho cultural y bien público. Verifico en Google la enciclopedia británica de la modernidad, que se trata, en efecto, de la primera edición (publicada en 1922, en realidad, aunque la fecha que conste en el volumen sea 1920) y la compro por tres euros, junto con sendas ediciones chilenas (de la editorial Moderna, en la calle Monjitas, de Santiago) del Romancero gitano (con un ex-libris de Francisco Oliveros, de Montevideo: el libro, sin duda, ha viajado mucho) y Yerma, de García Lorca. Ninguna tiene fecha de edición, pero deben de ser de los años 40. Cada una me cuesta un euro. El triple hallazgo confirma uno de los principios por los que, como lector e incipiente bibliófilo, me gobierno, más inflexible que cualquier otro: hay que mirar en todos los puestos de libros, por cutres que sean. El estand más infame puede contener una joya. En amontonamientos arrabaleros he encontrado primeras ediciones de Manual de espumas, de Gerardo Diego, y Descripción de la mentira, de Antonio Gamoneda, entre otros títulos fundamentales. Paseamos ahora por las Ramblas, invadidas por turistas y ociosos navideños. Abriéndome paso con abnegación por entre el gentío, siento ramalazos de turismofobia. Los venzo, no sin esfuerzo, pensando que yo también he nutrido, y sigo nutriendo, las filas del turismo en muchos lugares del mundo. A la marabunta de guiris, que convierten este otrora familiar paseo en un océano de cuerpos sudorosos (estamos en diciembre, pero hace calor), se suman los innumerables vehículos que vuelven tortuosa la caminata: bicis (que pitan para que te apartes), rickshaws, que pasan a toda velocidad, como si estuviéramos en Bangkok, patinadores, sedgeways, skaters. Y todo esto sucede en la acera. En uno de los raros momentos en los que podemos levantar la vista sin riesgo de ser atropellados, observamos en un balcón del Museo Erótico a una modelo publicitaria vestida de Marilyn Monroe meneando la falda y enseñando las bragas. Por suerte, no hace frío. Cerca, junto a la iglesia de Belén, un minusválido hace caricaturas de los paseantes con los pies. También a él le conviene esta temperatura. Algo más allá, una estatua viviente se ha disfrazado del monstruo de Alien, con babas de plástico y todo, y le acaricia la cabeza a una mora que ha accedido a fotografiarse junto a él con el pañuelo bien calado. Hacemos un alto en el camino para tomarnos un chocolate con melindros en el Café de la Ópera, uno de los más antiguos de la ciudad, justo delante del Liceo. Se inauguró en 1929, y sigue regentado por la misma familia que lo abrió. El café, restaurado en varias ocasiones, conserva, no obstante, el aire vienés de sus orígenes y parte de la decoración original: espejos, molduras, medallones con figuras de mujer. Ya no es centro de reunión homosexual, como fue en los 80 y 90. Recuerdo haber visto una noche a un joven alto y desgreñado meterse deprisa en el baño, que entonces estaba en la planta baja, con una larga hinchazón bajo los pantalones rojos y ceñidos. Salió sin ella. Seguimos el paseo hasta el Moll de la Fusta (el Muelle de la Madera), en cuyo centro se alza una rotunda estatua del poeta Joan Salvat-Papasseit, futurista y ácrata, que trabajó aquí como vigilante nocturno (sería interesante hacer una antología de poetas seguratas: a falta de mayor investigación, se me vienen a las mientes algunos de los posibles antologados: el propio Salvat-Papasseit, Elías Moro, Vicente Gallego, Roberto Bolaño, Pere Gimferrer, que fue policía militar en Palma de Mallorca, y yo mismo, que serví a la patria en el Servicio de Vigilancia del CIR de Rabassa, en Alicante, cuando hice la mili) y que murió de tuberculosis a los 30 años, después de escribir uno de los libros más hermosos de la vanguardia, y de toda la poesía contemporánea, El poema de la rosa als llavis (El poema de la rosa en los labios). Delante de Salvat-Papasseit se apiñan los lujosos yates del puerto deportivo y el airoso pailebote Santa Eulalia, de tres palos, construido en 1918, inmóvil en las aguas verdes y tranquilas de la dársena. Al otro extremo del Moll de la Fusta ha instalado su carpa el circo Raluy, uno de esos circos que han sobrevivido a los tiempos y siguen desplegando su anacrónico encanto (o su lobreguez) en estos tiempos animalistas y digitales. Volvemos al Raval por la basílica de la Mercè, que Ángeles nunca ha visitado. Recorremos su nave rococó hasta el camarín de la Virgen, que sostiene al Niño en su regazo, ambas elegantes tallas de madera, en las que refulgen el cetro, el orbe y las coronas que simbolizan la majestad de Dios en la Tierra. Fuera, huele a porro. Especialmente en la calle Avinyó, la de las señoritas de Picasso, que en realidad eran putas. (Picasso era un gran putero, como tantos otros exquisitos artistas de su tiempo y de todos los tiempos). No sé si quedan burdeles aquí, pero es indudable que perdura cierta bohemia, al menos la amante del cannabis. En un bar sirven leche de pantera. Otro local es un seed center: vende semillas. La calle Avinyó acaba en la de Ferran, que a su vez conduce a la plaza de Sant Jaume. Este año el belén que siempre se instala en ella es elevado: las figuras, luminosas, se alzan sobre postes metálicos, como enormes chupachups. En la fachada del ayuntamiento cuelga un lienzo con un lazo amarillo. Yo ya no soy vecino de Barcelona, pero, si lo fuera, me ofendería ese partidismo sectario: en España no hay presos políticos, sino políticos presos por actos supuestamente delictivos, y que los jueces decidirán si lo son: destruir propiedad pública, amenazar y coaccionar a funcionarios, malversar caudales públicos, entre otras conductas no ideas sancionables. Calificar como "presos políticos" a los encerrados en Estremera es insultar a los verdaderos presos políticos, a los golpeados y torturados, a los detenidos, juzgados y condenados sin garantías, en un Estado dictatorial, por defender principios y valores democráticos. Seguimos por la calle del Bisbe Irurita hasta el claustro de la catedral, que no es, ni mucho menos, uno de mis favoritos, porque le falta la austeridad y el recogimiento que asocio con ese lugar de meditación (los niños gritan al reconocer las figuras del belén, de tamaño natural; los padres discuten sobre si comprar un cirio o una postal; las ocas y los turistas graznan). Pero Ángeles quiere verlo otra vez, y yo accedo a esquivar a las muchísimas personas que han tenido la misma idea que ella para complacerla. Cuando vamos a entrar, una señora de las que salen, muy mayor, tropieza, cae y se deja los dientes en un escalón de piedra. La levantan entre varios, porque las señoras muy mayores que se han caído son lo que más se parece a un saco de hormigón que conozco. El percance es otro milagro inverso: la adversidad que dispone Dios para quienes acuden a reverenciarlo. Otras veces manda un terremoto o una tormenta, se desploma una iglesia y mueren 200 feligreses. En esta ocasión, el percance es menor, aunque a la damnificada le costará un pico en el dentista, pero la razón es la misma: el amor de Dios. Nos recuperamos del guirigay claustral (y claustrofóbico) en la vecina plaza de Sant Felip Neri, una de las más recoletas de la ciudad, en la que, no obstante, hay mucha más gente de lo habitual, incluyendo a los parroquianos de una terraza recién inaugurada y a un africano que toca la guitarra (mal) en la fuente. Las paredes de la iglesia que da nombre a la plaza se han conservado tal como quedaron tras el bombardeo de la aviación franquista el 30 de enero de 1938: agujereadas de metralla. La explosión mató a 42 personas, la mayoría niños, que se habían refugiado en los sótanos del templo. Los italianos al servicio de Franco martirizaban Barcelona desde Mallorca, donde tenía su base la Aviazione Legionaria, y ese infausto día cometieron una de sus fechorías más recordadas. Continuamos la paseata por la plaza de la Catedral, donde curioseamos, sin verdadero interés, por el mercadillo de antigüedades que se instala en ella todos los años por estas fechas, y luego entramos en la tienda del colegio de arquitectos de Barcelona, cuyo friso luce un espectacular grabado de Picasso, y en la que tampoco compramos nada, pero que nos permite constatar que Gaudí cotiza al alza y Dalí, otrora santo y seña de la catalanidad artística, y el propio Picasso, a la baja: donde el primero ilustra libros, cuadros, calendarios, maquetas y tazas, los otros dos no aparecen sino en rancias agendas, en un rincón de la tienda. La última visita del día es a Stock Llibres, una librería de viejo de la calle Comtal en la que suele haber (o, al menos, solía: hace años que no he entrado) buenos títulos a la venta, y asequibles. Esta vez doy con una Guía de Extremadura, de 1961, de Miguel Muñoz de San Pedro, conde de Canilleros, y con un número especial de Cuadernos Hispanoamericanos, de 1981, dedicado a Juan Ramón Jiménez. Cada uno vale 20 euros. No me decido a comprarlos. La cartera, víctima asimismo de las Navidades, está exprimida y llevar los dos tochos a Sant Cugat me supondrá un esfuerzo para el que, después de toda una tarde caminando, no estoy preparado. Y volvemos, en efecto, después de comer una pizza solo pasable en un local de la Via Laietana. Al llegar a casa, reparo en una reciente pintada en una casa cerca de la nuestra: "Viva España", dice. Así, a palo seco.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Con Mariano Peyrou

La Navidad promueve las rutinas, esto es, la repetición de ciertos gestos o acciones. La mayoría son detestables (como acierta a cantar Eric Idle en https://www.youtube.com/watch?v=FOg7aPNLLG0), pero algunas resultan placenteras, como el encuentro con personas a las que se quiere y, en cambio, se ve poco o nunca. Yo suelo pasar por Madrid varios días en estas fechas, por razones familiares, y aprovecho para desayunar, hacer el aperitivo o merendar (las comidas y cenas están gravemente reservadas a los parientes) con buenos amigos que viven en la capital y con los que difícilmente tengo un rato tranquilo de charla a lo largo del año. Uno de ellos es Mariano Peyrou, un excelente escritor y un gran amigo desde que nos conocimos en un viaje que hicimos a Colombia, hace muchos años ya, invitados a la Feria Internacional de la Poesía de Bogotá. Nos reunimos en el Café Comercial, aprovechando que el mítico bar ha reabierto hace poco, tras su abrupto cierre en 2015 (que motivó una entrada en mi blog anterior, Corónicas de Ingalaterra: http://eduardomoga.blogspot.com.es/2015/07/el-cafe-comercial-y-otros-cafes.html). Llego con alguna antelación (o Mariano con algún retraso) y reparo en el nuevo aspecto del local. Como en otros casos parecidos (por ejemplo, el Café Zúrich de Barcelona), el cierre ha supuesto una reforma profunda, pretendidamente respetuosa con la estética tradicional. Ese respeto, sin embargo, no le ha devuelto el encanto decimonónico y desvencijado del viejo establecimiento. Hay bares centenarios el Comercial es el más antiguo de Madrid a los que parece consustancial la vetustez y hasta la mugre, y en los que uno no imagina a otros camareros que a aquellos de camisa blanca (con lamparones), pajarita negra (de un negro desvaído), servilleta (pringosa) en la muñeca y mala leche general que te servían el cortado o la tostada con la misma alegría con la que habrían recibido una patada en los testículos. El Café Comercial de hoy, renovado hasta los cimientos, luce lámparas halógenas, veladores de calidad y decoración contemporánea, y a la entrada te recibe, tras un mostrador informatizado, una, no sé muy bien cómo llamarla, maîtresse o jefa de sala o recepcionista, que te pregunta cuántos sois y te dirige a la mesa elegida (por ella) o te hace esperar a que alguna quede libre, como en los restaurantes de postín. La maîtresse elijamos esta opción no es española, sino rumana, según creo, y ningún camarero es tampoco compatriota: todos son hispanoamericanos. El proceso de sustitución del personal de los locales de ocio o restauración por trabajadores extranjeros se ha cumplido también aquí. Se conoce que servir mesas ya no es algo que los españoles quieran hacer al menos en España; en Londres, en cambio, ejercen la camarería con devoción casi religiosa y sin rechistar, y son los empleados foráneos los que están encantados de ocupar su lugar. En el Café Comercial de ahora ya no está, ya no puede estar Tomás Segovia: murió hace seis años. Pero sospecho que, si aún viviera, tampoco vendría: esto es demasiado común, a pesar de sus ringorrangos de diseño, demasiado posmoderno, demasiado frío, como para que disfrutara de ello. Antes, en el Comercial antiguo (y cochambroso), lo habíamos visto muchas veces, solo, en una mesa lateral, escribiendo a mano en un cuaderno, y abismado en la escritura, con el pelo blanco tendiendo una suerte de cortina a ambos lados de la cara. Nunca le dijimos nada, a pesar de la admiración que ambos sentíamos por él, porque el pudor nos lo impedía y porque no se interrumpe a un genio cuando está trabajando. Y allí se quedaba él, garabateando versos o notas o lo que fuera, mientras Mariano y yo charlábamos. Me malicio que a Tomás tampoco le habrían gustado las frases con que los nuevos gestores del Comercial han querido subrayar la raigambre literaria del establecimiento. En algún caso, la anodinia del aforismo sorprende y hasta deslumbra: "Vivir es un asunto privado". Pues claro. Solo un cierto sesgo crítico la reinvindicación de la privacidad frente al patio de vecinos planetario en que hemos convertido a las redes sociales, y ellas a nosotros puede justificarla. En otros rótulos, la máxima pretende ser ingeniosa, pero solo es mema: "Bibir es beber con los que viven". Todas aparecen firmadas por "R. S.", que no me extraña que solo las haya rubricado con las iniciales. Mariano me cuenta algunos de sus últimos lances editoriales y literarios. De él me admira siempre lo ha hecho una inteligencia a la que ninguna componenda o simulación parece escapar. Mariano Peyrou es un detector implacable de realidades, a las que despoja de su caparazón o tramoya lingüísticos y deja desnudas, sin aspavientos, a la luz de la ironía y la razón. Quizá algo tenga que ver con eso el hecho de que naciera en Buenos Aires, aunque llegase a España de muy niño, y tuviera una madre psicoanalista (y un tío abuelo, Manuel Peyrou, que se contaba entre los pocos amigos íntimos de Borges). Siempre consciente de lo que subyace a eso que decimos o hacemos y también de lo que dice o hace él, su conversación es un sinuoso recorrido por las emociones y las contradicciones, punteado por el esplendor de lo mismo que destripa: el lenguaje. Claro que esa penetración en lo que nos camufla y tranquiliza implica, a veces, una cierta aspereza (que sería violencia si no estuviera contrapesada por la bonhomía y la fragilidad), pero eso le da a él un encanto agridulce, tan ríspido como seductor. Recuerdo cuando, en aquel festival bogotano en el que nos conocimos, empezó su turno en una lectura colectiva, en la que intervenía último después de que los seis o siete (malos) poetas que lo habían precedido hubiesen ocupado mucho más tiempo del que les correspondía, espetando: "Gracias por venir y, sobre todo, gracias por esperar...". También cuando, en otra lectura, esta en un local de las Vistillas de Madrid, expuso su parecer sobre lo que había dicho uno de los asistentes, un profesor universitario de literatura caracterizado por su gordura y su estupidez. El profesor gordo y estúpido quiso pegarle. Es divertido Mariano. Divertido y sentimental, como casi todos los que han hecho del idioma un instrumento de disección, así en la vida como en la poesía. A Mariano se le atrapa por el cariño, por la amistad constante y sin prejuicios, por la tenacidad en el amor. Y, una vez atrapado, ya no se moverá de una intimidad lúcida y delicada, cuyo ejercicio es, por suerte, independiente del tiempo y la distancia. Mariano es, además, un magnífico poeta, de una trayectoria que ya empieza a ser dilatada, que en 2016 se estrenó en la novela, con De los otros. Yo he reseñado dos de sus poemarios: A veces transparente, en 2005, en Cuadernos Hispanoamericanos, y Estudio de lo visible, en 2009, en el Periódico de Poesía, de la Universidad Nacional Autónoma de México. Dejo aquí, del primero, "Preparación para una despedida":

A lo mejor encuentras aquí tu dosis
de tradición. No estoy hablando en clave,
solo digo lo que no hay.

Llévatelo todo. Cualquier mañana me va bien
si dispongo de un buen vestuario
y la respiración no falla. Tengo que agradecer

a mucha gente, tanta que ellos saben
quiénes son. También está la culpa,
el deseo por alguien que duerme al lado

o desea como si durmiera. Y me pesan la muerte
y otras enfermedades. Fue tan hermoso
como lo que está por acabar.

jueves, 21 de diciembre de 2017

El mago Dynamo

Nunca he escrito sobre él, y no sé por qué. Quizá por el mismo asombro que me causaba, que me impedía cualquier cosa que no fuese una admiración pasmada. Lo descubrí cuando vivía en Londres, y se convirtió de inmediato en uno de mis héroes, un héroe insólito, un héroe sin igual. Lo veía por televisión, en capítulos de media hora, a los que me hice adicto. Y, cuando echaban varios seguidos, haciendo programas de una hora u hora y media, allí me quedaba yo, en el sofá del comedor, aturdido, estupefacto. Ni siquiera me preguntaba cómo lo habría hecho, que es una reacción muy humana, pero muy antimágica. Lo mejor del ilusionismo es dejarse llevar por el efecto maravilloso e inesperado: sentirse en otro mundo, donde no rigen las leyes físícas (ni morales) que nos someten en este, tan prosaico y previsible. Mi interés por la magia viene de antiguo: hace muchos años, unos Reyes, cuando yo aún no sabía que los Reyes eran los padres, me trajeron un juego de magia Borrás. En aquellos tiempos inolvidables, Borrás era sinónimo de magia, como Geyper de juegos reunidos o Comansi de fuertes en los que los rostros pálidos se defendían de los pieles rojas. Me pasé días enteros manipulando los cubiletes, los naipes, las cajas, las cuerdas, ante la atención fatigada de mis padres, con una sensación agridulce: aquello era divertido, pero también decepcionante: todo tenía una explicación demasiado simple: agujeros escondidos, impresiones trucadas, dobles fondos, ranuras secretas. Las fascinación del truco desaparecía como por ensalmo, y nunca mejor dicho: aquella magia era un ejercicio plebeyo que no suscitaba ningún asombro, y en mí menos que en nadie. No obstante, la constatación de aquella realidad desilusionante (como la de que los Reyes eran los padres) no hizo que decayera mi interés por la prestidigitación. He seguido siempre con interés los programas de magia, y hasta he asistido a alguna actuación en directo. Pero nunca he conocido a nadie como Dynamo. Tiene algo que lo diferencia de todos los demás ilusionistas: mientras estos suelen ser estridentes y aparatosos en la línea de Juan Tamariz, un excelente profesional, pero demasiado histriónico, un clown desesperadamente necesitado de un arreglo dental, antes cómico que brujo, Dynamo que se llama, en realidad, Steven Frayne, y es natural de Bradford, donde nacieron las hermanas Brontë, pero también una de las ciudades más pobres de Inglaterra mantiene siempre un aire ascético, casi místico: nunca levanta la voz, ni gesticula, ni sonríe apenas, y, realizado sobriamente el efecto, se marcha con la misma impasibilidad con la que ha llegado. Parece como si hubiera caído del cielo y, demostrados sus poderes, volviera a él. De hecho, esa es la única explicación que encuentro a sus portentosos actos: que tiene poderes sobrenaturales. Dynamo no es un mago: es un ser celestial. Y, como tal, levita, camina por las aguas, atraviesa paredes, desaparece entre la gente y hasta adivina el porvenir (y el pensamiento). En varias ocasiones se ha elevado del suelo en la calle (o inclinado hacia él sin caer), o ha acompañado por el aire a un double decker que circulaba por Londres, o ha sobrevolado la cúspide del Shard, uno de los edificios más altos de la capital (aunque las malas lenguas dicen que llegaron a verse los cables que lo sujetaban al rascacielos y que permitían su ascenso a los cielos; pero yo no me lo creo: yo creo que Dynamo es capaz de ascender a los cielos); en 2011 paseó por el Támesis, ante la mirada atónita de centenares de personas que cruzaban entonces el puente de Westminster, y fue recogido no quiero decir rescatado por una patrulla fluvial de los bobbies, que debió de pensar que era realmente bewildering que, 2000 años después de que lo hiciera Jesucristo, otra persona caminara por las aguas (de nuevo los descreídos y maledicentes propalaron la insidia de que unas vulgares planchas de metacrilato habían obrado el prodigio; pero se trata de otro fruto de la inquina: Dynamo verdaderamente anda sobre el mar, como dijo Mateo del Nazareno, y estoy seguro de que, si quisiera, podría hacer que otros también anduviesen, en cuyo momento todos irían y lo adorarían, diciendo: "En verdad eres Hijo de Dios"); en 2012 pronosticó que España ganaría la Eurocopa, y acertó (lo que le valió 10.000 libras, algo a lo que ni siquiera los seres supremos hacen ascos); y en un programa de televisión Dynamo desaparecía en una tienda muy concurrida, o, mejor dicho, se desmaterializaba: caminando por entre la gente a la que acababa de asombrar con uno de sus trucos, las ropas que llevaba caían de repente al suelo: se había volatilizado. Pese a la espectacularidad de muchas de sus acciones, a Dynamo le gusta también la magia fina, cercana, la que se practica con una sola o unas pocas personas y solo necesita de objetos cotidianos: móviles, relojes, latas de refrescos, cartas, monedas. Y es tan bueno en ella como en los números circenses, porque, claro, Dios se manifiesta por igual en las cosas más insignificantes que en las más colosales. Sus prodigios son innumerables. Este es mi testimonio del último que he presenciado: en París aborda a tres chicas que acaban de comprar fruta en un puesto callejero y les pide prestados un limón y un kiwi. Se pone el limón en una mano y el kiwi en la otra, las junta de repente y lo que sale es un limón dentro del cual hay un kiwi. Y para averiguarlo hay que cortar el limón con un cuchillo. Dios ha creado el kimón. Hecho lo cual, lanza una lánguida mirada con sus ojos azulísimos a las tres patidifusas demoiselles  y se marcha, calle adelante, en busca de otros gentiles a los que llevar la buena nueva. Y uno se imagina que los aborda diciendo: "En verdad os digo que voy a meter tu móvil en la botella de cerveza que te estás bebiendo, o a hacer que todas las gominolas de un puesto de chuches cambien de color, o a volver dorado el anillo plateado que llevas, o a llevar la marca que te ha dejado el sol en la muñeca, donde estaba el reloj, a la altura del hombro". Y lo consigue. Dynamo no hace trucos: obra milagros. No obstante, ni siquiera él (¿deberia escribir "Él"?) es inmune a los achaques: padece la enfermedad de Crohn, y eso ha limitado sus apariciones públicas. Sin embargo, en cualquier momento puede hacerse de nuevo presente y lanzarse desde una terraza para aterrizar suavemente en el suelo, o conseguir que una carta que ha elegido alguien y que él no ha visto salga volando de un mazo que se entreabre, o adivinar en qué canción de Eminem está pensando una fan que espera para entrar en su concierto, o a reventar soplando el culo de una botella de Coca Cola, o a transformar, sin tocarla, una moneda de dos libras que descansa en la palma de alguien en una de una libra. Los caminos del Señor son inescrutables.

domingo, 17 de diciembre de 2017

En Fregenal de la Sierra, con Antonio Reseco y Pilar Molinos

Visitamos hoy, con Antonio Reseco, a la pintora Pilar Molinos en su casa solariega de Fregenal de la Sierra. No he estado nunca en Fregenal, así que el placer será doble: el de compartir el día con dos buenos amigos y el de conocer una hermosa ciudad lo es desde 1873, por concesión de Amadeo I de la mano de Pilar, que nació y vive en ella desde hace una década. (Pese a mi desconocimiento, Fregenal siempre ha estado en mi mente, porque es el pueblo natal de un excelente amigo barcelonés, el poeta José Agudo, al que conozco desde hace un cuarto de siglo, autor del no menos excelente Acordes de una antigua canción, publicado el año pasado por la Editora Regional de Extremadura). Recorremos primero La Cinoja un nombre que proviene, al parecer, de "sinagoga": el barrio judío empezaba en la calle vecina, donde Pilar trabaja y conserva buena parte de su obra, y donde ha habilitado varios espacios para exposiciones y actos culturales. En el centro del noble edificio, un patio encalado lleno de plantas, al que dan casi todas las habitaciones de la casa. Ambos, Antonio y yo, coincidimos en pensar que en primavera y en verano esto debe de ser una maravilla. No me cuesta nada imaginarme reclinado aquí, en una tumbona, rodeado de tiestos floridos y acariciantes aromas, con una temperatura suave, un buen libro entre las manos y un gin-tonic a la vera. Hoy, en cambio, hace frío. La obra de Pilar ha atravesado muchas fases, y es amplia y diversa. Pero dos rasgos esenciales la caracterizan: su audaz tratamiento del color, siempre en danza, siempre abrazador, y su atención al subconsciente. Ella lo confirma: "Una nunca sabe lo que puede encontrar ahí". Y es verdad: los trazos, los volúmenes de sus pinturas y collages denotan sorpresa y, a la vez, reconocimiento de lo desconocido, comprensión de lo incomprensible. Las formas de Pilar, envolventes, sintéticas, obligan a una mirada porosa, a un adentramiento cordial en lo extraño. Porque nunca dejamos de ser terra incognita, aun para nosotros mismos. La exploración de las selvas ignotas que nos acompañan es, en el caso de Pilar Molinos, un ejercicio de austeridad y delicadeza: desnuda lo profundo, y lo expone a la contemplación, sin romper nada, pero sin ocultar el desgarro; dice lo sutil, pero sugiere soledad; sus cuadros son un gorjeo atravesado por la muerte. Pilar ha reservado mesa para tres en un buen restaurante de Fregenal, es más, ha reservado la mesa al lado de un ventanal con unas espléndidas vistas de las estribaciones de la Sierra Morena en las que nos encontramos. Allí nos acomodamos y pronto empezamos a dar cuenta de los buenos frutos de la tierra: aceitunas sazonadas, tomate natural con aceite y ajo, y guarrito frito, amén de unos gambones y un bacalao con pimiento y cebolla que resucitarían a un muerto y hasta a un cementerio entero. Cuando ya estamos en los postres, los comensales de una mesa del fondo, que están celebrando la comida de navidad de la empresa, prorrumpen en una serie de villancicos aflamencados, que alguna joven se anima incluso a bailar, con grande aparato de taconeo y molinetes. El jaleo nos chafa la conversación. Acabamos, con algún apresuramiento, las mousses de limón y la crema catalana, y abandonamos el local. Técnicamente, se puede decir que los jolgorios navideños nos han expulsado del restaurante. Me pasma la capacidad de los españoles para imponer sus deseos y gustos a los demás: los amantes de los villancicos querían cantar villancicos, muchos, a voz en cuello, y lo han hecho, sin importarles que sus alaridos impidieran charlar a quienes solo querían charlar, y sin que nadie haya objetado nada. Esto también me pasma: que todos hayamos aceptado el atropello, tan propio de estas entrañables fiestas, sin rechistar, asumiendo que lo ineducado sería impedir que los que gritaban gritasen. Nos despejamos, por fin, de la comida y los villancicos por las calles de Fregenal, por cuyas piedras y fachadas encaladas se derrama ya una luz de atardecer, blanda, casi líquida. En una placa, cerca de Correos, se recuerda la instalación del telégrafo en la localidad, en febrero de 1880. No me extraña esta conmemoración de las comunicaciones, porque Fregenal está muy unida al desarrollo de estas: en marzo de ese mismo año, un potentado local, el repetitivo Rodrigo Sánchez-Arjona y Sánchez-Arjona, maestrante de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, entre muchas otras cosas, estableció la primera comunicación por teléfono del mundo rural y la primera llamada a larga distancia en España (y algunos creen que en Europa) entre su domicilio en Fregenal y su finca "Las Mimbres": antes los había unido, a su costa, con los cables telefónicos necesarios. En la fachada de la estafeta de Correos también vemos una cabeza de león de bronce: es el buzón. Qué tiempos maravillosos aquellos en que, para que se despositaran las cartas, se labraban cabezas de león, o tortugas de piedra (como con alguna ironía se hizo en la Casa del Arcediano de Barcelona), o caballos rampantes. Hoy las cartas casi han dejado de existir y los buzones también. Fregenal, como casi todos los municipios de Extremadura, alberga muchas iglesias. Alguna, como la de los jesuitas, se encuentra en muy mal estado, aunque peor está el adyacente colegio de los jesuitas, en ruinas. En la de Santa Ana está enterrado uno de los hijos ilustres de Fregenal, el político Juan Bravo Murillo, que fue presidente del gobierno con Isabel II y quien introdujo el sistema métrico decimal en España y construyó el Canal de Isabel II, que aún hoy sigue abasteciendo de agua a la capital, y cuya modernidad acredita el hecho de que sea objeto de los trapicheos multimillonarios de los corruptos capitalinos. El convento de Nuestra Señora de la Paz, en cambio, está perfectamente conservado. Nos asomamos al patio, umbrío, y vemos anuncios de los dulces que hacen las monjas agustinas que lo habitan: "Hay pestiños", dice uno, y caigo en la cuenta de que "pestiño" no solo es sinónimo de coñazo, como siempre he creído, sino también el nombre de una fruta de sartén cuya pesadez se ha expandido en sentido figurado. Los pestiños y demás repostería se expenden en un torno de madera, antiquísimo pero aún operativo, asegurado por una enorme cadena, que admiramos en un entrante del patio. Las casas solariegas, pertinazmente blancas, con portadas de piedra adintelada, escudos heráldicos y rejas de forja, nos invitan a contemplar patios a veces moriscos, a veces modernistas. Algunos los adornan azulejos riquísimos; en otros advertimos reminiscencias del art nouveau. Muchas de estas casas ofrecen también, junto con su historia, testimonio de la actualidad: lienzos granates en los balcones con imágenes del niño Jesús y banderas de España. También pasamos por delante de la Casa de la Inquisición, cuya puerta corona un escudo de piedra con la cruz y las llaves de Pedro. Si esta Casa representa lo más siniestro de la vida en España durante siglos, otros hechos acaecidos en Fregenal simbolizan lo más luminoso y mejor. Aquí nacieron, por ejemplo, los humanistas Benito Arias Montano (que ideó el hermoso lema de la ciudad: litteris armata et armis decorata, "armada por las letras y decorada por las armas"), editor de la Biblia políglota de Amberes, y Cipriano de Valera, un monje jerónimo que el Index Librorum Prohibitorum considera "el hereje español por excelencia" (todo lo que el Index repute herético y don Marcelino Menéndez Pelayo, heterodoxo, ha de ser conocido, porque es fascinante), uno más de los españoles que a lo largo de la historia han tenido que exiliarse en Inglaterra por la intolerancia de su país, autor de la Biblia del Cántaro, la primera edición corregida de la Biblia del Oso, de Casiodoro de Reina, que se erige en la más hermosa traducción del texto sagrado al castellano, la llamada Reina-Valera, un prodigio de hondura y sabor. Hacemos un alto en el callejeo por Fregenal para acercarnos a la huerta que Pilar tiene a la salida del pueblo, donde conocemos a Tango, un beagle cariñoso y rebosante de energía al que hay que tener siempre separado de los conejos domesticados que corretean por la finca para que no se los coma: el cariño que nos demuestra no se extiende a los lepóridos. Pilar nos enseña también una antigua noria, un laurel esplendoroso (Antonio nos informa de que el laurel es conocido como "el árbol de la muerte", porque crece tan despacio que quienes lo plantan se mueren antes de verlo desarrollado; este, a juzgar por su tamaño y espesura, debe de ser centenario) y sus muchos árboles frutales, hoy invernalmente pelados, pero muy prometedores en los meses venideros, sobre todo una higuera, de ramas como garfios, cuyos dulcísimos frutos me imagino recibiendo, tumbado (otra vez; todo lo que tiene Pilar invita al sosiego y la contemplación) a su sombra. Volvemos al casco urbano: vemos la fuente de la Fontanilla, del s. XVI, con tres caños y una hornacina con la imagen de la Virgen de la Guía, y nos dirigimos al castillo templario, en el centro del pueblo, junto al ayuntamiento y el histórico Cinema Bravo, modernista. Al castillo, del s. XIII, se accede por la oficina de turismo. Dentro está el mercado de abastos, que huele a carne, y la plaza de toros, que me recuerda a la de Barcarrota, asimismo recluida entre muros, y cuya imperfecta redondez puede apreciarse siguiendo el camino de ronda de la fortaleza, que Antonio y yo hacemos entero (Pilar nos espera a la entrada de la plaza, porque Tango sube las escaleras con dificultad y da peligrosos tirones a la correa). Luego bajamos a la arena, que está compactada por la humedad y tapizada por una leve alfombra verdosa. A mí, que nunca he pisado un albero, me habría gustado sentir la arena suelta bajo los pies, como los toreros, pero con este tiempo no cabe esperar otra cosa. Pienso en la sensación de plenitud que debe invadir a los matadores (y debía arrebatar a los gladiadores en la antigua Roma) cuando, tras una faena memorable, reciben la aclamación de un coso rebosante y el respetable puesto en pie. Aunque luego pienso en el toro muerto (o en el gladiador destripado) y sacado a rastras del recinto por unas mulas cascabeleras, y se me pasa el entusiasmo. Atardece: pronto oscurecerá. Suenan las campanas de la aledaña iglesia de Santa María, construida contra las murallas del castillo, con adornos manuelinos y un reloj de sol en la torre, con un sol esculpido en el centro, pero sin gnomon que sombree las horas: es un reloj inútil. Hacemos una última parada en casa de Pilar. Nos sirve allí un té, que tras el frío del día nos sienta de perlas; nos regala, con su acostumbrada generosidad, una pila de libros y catálogos suyos (entre ellos, un ejemplar de Posdata, el último poemario de Antonio, que ha ilustrado, con un collage suyo como dedicatoria); y charlamos sobre arte. También nos enseña su estudio, en cuya mesa hay desplegado un gran número de las piezas en las que lleva trabajando algún tiempo: son libros únicos, cuadernos de hojas en blanco que ella llena con palabras recortadas de periódicos y revistas, elegidas al azar (es decir, al azar orientado de lo subconsciente), como hacían los dadaístas. El resultado son objetos preciosos con poemas a menudo espléndidos. Los artistas como Pilar Molinos son capaces de construir mundos abismales con la sola materia de su espíritu y sus manos, en la soledad fértil y terrible del creador.