viernes, 24 de noviembre de 2017

El odio (y sus delitos)

Tengo una amiga que dice que "odiar mola". A ella le ha servido, según me cuenta, para encontrar la energía suficiente como para superar una muy difícil situación personal. El odio ha sido, pues, en su caso, el combustible que ha propulsado la máquina, por aguas procelosas, hasta su puerto de arribo. Pero yo no estoy tan seguro de que odiar sea agradable o provechoso. De hecho, creo que es un sentimiento pedregoso y estragante, que te deja los adentros como un páramo, aunque recaiga en alguien (o algo) que se lo merezca. El odio es una niebla negra que recubre el mundo interior y, a veces, también el exterior: cegados a la realidad, nos hace atender solo a nuestro retorcido élan, a la realidad contrahecha de las injurias que creemos haber sufrido o a las injusticias que advertimos (o inventamos). No obstante, el odio, para bien o para mal, forma parte de nuestro patrimonio afectivo: es un sentimiento humano ineludible. Y, si está ahí, es porque algún servicio nos presta, o nos ha prestado, para llegar a donde estamos. En el caso de mi amiga, ya lo he dicho, le ha proporcionado el impulso necesario para sobrevivir al naufragio: odiando a los responsables del desastre, de su desastre, y queriendo demostrarles que no la habían derrotado, ha conseguido superarlo. Bien está. Pero también en muchos otros casos el odio obedece a una inclinación positiva. Porque, en realidad, lo que hay que deplorar no es odiar, algo irremediablemente unido en el hipotálamo al deseo y la supervivencia, sino qué se odia. Odiar a alguien por ser negro, judío, musulmán, mujer, homosexual... es abominable. Pero odiar algo inventado por los hombres, sus comportamientos e idearios, como el racismo, el antisemitismo, la islamofobia, el machismo o la homofobia, además de buenísimo, es muy necesario. Yo odio a Hitler y al nazismo, a Stalin y al estalinismo, a Mao y al maoísmo, por hablar solo de regímenes políticos, y, aunque me reconozco inflamado de aborrecimiento, no me siento culpable por ello. Odio la brutalidad que practicaron, el sufrimiento que infligieron y las muertes que causaron. Es más, creo que todas las personas decentes lo hacen, o deberían hacerlo. Pero también odio a quienes matan a mujeres, y a quienes insultan, maltratan, encarcelan o incluso ejecutan a homosexuales, y a los que abusan de niños, y a los supremacistas blancos, y a los terroristas del Estado Islámico (y a algunos otros, como Raphael o Cristiano Ronaldo, pero reconozco que a estos no puedo ponerlos a la misma altura que los anteriores: son debilidades mías). La lista es larga, y cada cual puede completarla con los movimientos, personajes o conductas que le parezcan más execrables. Cuando el odio se proyecta así, es personalmente reconstituyente y socialmente saludable. Sin embargo, hay que ser cuidadoso deslindando ambas caras del odio: la que supone una aversión moralmente injustificable, porque no tiene que ver con el hacer o el pensar de los hombres, sino con su mera existencia, y la que constituye una deseable barrera contra esa misma aversión. En la sociedad española, y en otros países occidentales, se han extendido las iniciativas contra el odio, y todo parece estar amenazado de ser una incitación al odio o un delito de odio. La generalización no me parece acertada: que el odio se erija en un criterio de enjuiciamiento de las conductas reprobables cada vez más frecuente e importante; esperemos que no acabe siendo el único introduce un elemento resbaladizamente subjetivo (o sentimental) en el debate público y la aplicación del Derecho, como lo es también la apelación a la ofensa que hacen tantos creyentes en una u otra fe, o miembros de determinados grupos de interés, o individuos con una sensibilidad exacerbada, para silenciar o represaliar a quienes los critican. La ley española establece que son delitos de odio aquellos actos de agresión u hostilidad contra una persona, motivados por un prejuicio basado en la discapacidad, la raza, origen étnico o país de procedencia, la religión o las creencias, la orientación e identidad sexual, la situación de exclusión social y cualquier otra circunstancia o condición social o personal (así lo resume el Ministerio del Interior en su página de "Servicios al ciudadano", aunque no habla de "actos de agresión u hostilidad contra una persona", sino de "incidentes que están dirigidos contra una persona": yo pensaba que los incidentes eran cosas que sucedían, sin intervención necesariamente de las personas, o altercados entre estas, pero no acciones deliberadas para denigrar a perjudicar a unos u otros). Yo preferiría que no se englobaran supuestos y destinatarios tan dispares bajo un concepto tan escurridizo como el de odio, y que se recondujeran las conductas enjuiciadas, para determinar qué reproche penal merecen, a su propio y estricto ser: si se ha insultado a un inmigrante por serlo, júzguese por injurias o atentado contra el honor; si se ha agredido a un transexual, por lesiones y daños; si se ha matado a una compañera o excompañera sentimental, por homicidio o asesinato. Determinar los prejuicios de las personas, y si estos prejuicios han motivado o no sus actos, es algo tan indefinible como arriesgado. Todos tenemos prejuicios aunque algunos luchemos denodadamente por quitárnoslos de encima y todos podemos vernos arrastrados por ellos. Los prejuicios forman parte, en cualquier caso, del bagaje intelectual pernicioso, sí, pero bagaje y de la configuración de la conciencia de las personas. Y ni el pensamiento ni los sentimientos delinquen. Además, y esto me parece fundamental, los delitos de odio, tal como están configurados al menos en la legislación española, pueden abarcar la crítica racional, por acerba que sea, de ciertas ideologías o comportamientos derivados de ellas. ¿Reprobar el papel otorgado a la mujer en las sociedades musulmanas o en los colectivos de inmigrantes de ese credo puede constituir un prejuicio basado en la religión y, por lo tanto, un delito de odio? ¿Y censurar las prédicas intolerantes de algunos imanes? ¿Y reírse sí, reírse del misterio de la Trinidad, o de la inmaculada concepción, o de la resurrección de los muertos, del cristianismo? ¿Y calificar de burro a quien comparta la creencia de que la Tierra es plana, o de que el hombre nunca ha llegado a la Luna, o de que Walt Disney está congelado para que reviva cuando la ciencia sea capaz de vencer a la muerte, o de que Elvis Presley, y John F. Kennedy, y Michael Jackson, viven, alegres y rozagantes (y con sus amantes respectivas) en una isla de Pacífico? ¿Esas creencias también están protegidas frente al delito de odio? ¿Y el último e indeterminado inciso de este delito "cualquier otra circunstancia o condición social o personal" significa que, por ejemplo, podríamos ser acusados de cometerlo si llamamos torturador a alguien que reúna la condición personal de torturador, o si vituperamos a alguien en quien se dé la circunstancia de ser un evasor de impuestos, o de haber quebrado fraudulentamente una empresa, o contaminado por negligencia un río o la costa de una provincia entera? La lista, aquí, de nuevo, es interminable, y no siempre tranquilizadora. De las religiones, en particular, cabe recordar que casi todas y, desde luego, las tres monoteístas se asientan en libros sagrados y textos doctrinales, que, como tales, se ofrecen al escrutinio y la evaluación de las personas, y que la fe de quienes los consideren la palabra de Dios no puede imposibilitar la crítica de quienes los tengan solo por obras humanas y los enjuicien en consecuencia. El odio no es despreciable si se odia lo que merece ser odiado. Pero el ejercicio racional contra los cuerpos doctrinales y la crítica justificada a ciertos comportamientos y pautas sociales no puede ser considerado odio. El odio es un sentimiento humano que puede ser muy nocivo, pero que, investido de ciertos valores, nos precave contra el autoritarismo y la crueldad. 

domingo, 19 de noviembre de 2017

En Málaga, con Gerald Brenan y Rafael Pérez Estrada

La Fundación Rafael Pérez Estrada, de Málaga, me ha invitado a leer poemas hoy en el II seminario "La imaginación" que coordina Jesús Aguado. Lo haré en la misma sesión en que hable Juan José Millás sobre su última novela, Mi verdadera historia. Cuando llego a la sede de la Fundación, en la casa de Gerald Brenan, en Churriana tras una carrera por una de esas feas autopistas que, en todas las ciudades del mundo, unen el aeropuerto con los núcleos de población, aún está cerrada. Hago tiempo tomándome un café con leche y una tartaleta de frutas puede parecer gula, pero es que hoy no he comido en una pastelería cercana. Para los seres lingüísticos como yo, cualquier lugar, por humilde que sea (o quizá, precisamente, por ser humilde), es bueno para experimentar los placeres y anfibologías del lenguaje. Cuando la camarera, una señora opulenta, me pregunta qué tartaleta prefiero, le señalo una de las que se exponen en el escaparate, con dos enormes fresas emergiendo de la nata, y le respondo: "Esa, la que las tiene más grandes". Solo cuando ya lo he dicho reparo en lo equívoco de la contestación. Ya sentado en la mesa, masticando aún la mirada suspicaz que me ha lanzado la camarera, leo un cartel pegado en la pared: "Salón de ocio infantil. Autoservicio (previo pago anticipado)", como si pudiera haber un pago previo posterior. La Fundación abre por fin a las seis: lo hace gracias a un conserje que llega sin aliento de otro trabajo que tiene en Cártama. En el muro, cerca de la entrada, hay una hornacina con la imagen de una virgen orlada de flores. El amable conserje me permite dejar el equipaje en un despacho que está en la azotea del edificio, y luego espero a Jesús y Millás visitando la casa de Brenan. Aquí vivió el autor de El laberinto español desde 1935 hasta 1969, más que en ningún otro lugar de España. Hoy esto es un barrio populoso, pero, cuando Brenan se estableció entre estas paredes, aquí solo había campo. Y desde ellas oyó el fragor de la batalla de Málaga en la Guerra Civil, a la que siguió la masacre de la carretera que iba a Almería, en la que los bombardeos franquistas mataron a 5 000 personas, la mayoría civiles, que huían del conflicto. Veo en una sala la máquina de escribir marca The Society con la que escribió Al sur de Granada y El laberinto español y el tocadiscos en el que le gustaba escuchar ópera y jazz. (Jesús me hará notar luego que en una vitrina-librería se conservan algunos ejemplares valiosísimos sobre la India y las culturas orientales. Lo hace con el mismo brillo en los ojos que refulge en los de Drácula cuando divisa el cuello de porcelana de una joven, entrecruzado de venas azules). Jesús y Millás llegan poco después. Me abrazo con el primero y le estrecho la mano al segundo, que no se acuerda de mí, aunque nos conocimos y comimos juntos en el encuentro anual de clubes de lectura del año pasado en Villanueva de la Serena; tampoco, claro está, de los dos libros que le regalé. Como aún falta un rato para que empiece el acto, decido visitar la exposición de dibujos de Pérez Estrada que ha comisariado Jesús. Una gran fotografía del poeta preside la sala. Bajo su mirada levemente guasona, enmarcada por unas de aquellas gafas cuadradas de pasta que se desmoronaban por toda la cara, típicas de los 70 y 80, me envuelven enseguida su explosión imaginativa y su delicado surrealismo, plagado de animales fabulosos, como el tucán estilográfico, el pájaro mesa o el cagalunas o perro astral, personajes imposibles, como el intrépido domador de caracoles, y sus detergentes variaciones sobre la figura del obispo: uno ofrece martinis; otro tiene una pata de cangrejo; otro es un lepidóptero episcopal. Ya en el acto, Jesús y Millás charlan sobre el libro de este. Juan José Millás responde con ingenio e impasibilidad, a lo Buster Keaton. Su contenida ironía suscita la contemplación embelesada de algunas señoras del público. (Pienso, por cierto, cuántas personas de este público se marcharán cuando acabe la intervención de Millás y empiece la mía. Pero Jesús se ha anticipado a mi preocupación y ha diseñado el acto de forma que se pase sin pausa de uno a otro escritor: es listo). Me llama la atención que, en el libro del que trata la conversación, Mi verdadera historia, un hijo escriba porque su padre lee, y para ganar su aceptación: es mi caso. Tendré que leerlo, aunque lo que me gusta de Millás son sus artículos, no sus novelas. Observo también que este calza zapatos MBT, como yo, aunque con una curva menos pronunciada: otra coincidencia, que no sé si significa algo. Mientras habla, leo algunas inteligentes frases de Brenan impresas en las paredes: "Los poetas y los pintores están fuera de la sociedad y forman una clase social propia, como los gitanos o la gente de circo". Leo yo después un puñado de poemas, con razonable aceptación por parte del público, me parece; saludamos tras el acto a la familia de Pérez Estrada, que nos ha escuchado a todos desde la primera fila de butacas; me presentan a Ángelo Néstore, un encantador joven italiano que acaba de ganar el premio Hiperión (después de haber aprendido español con 20 años; ahora tiene 31); y, por fin, Jesús, Cristina, responsable de la Fundación, y yo nos vamos a cenar. Millás prefiere hacerlo por su cuenta. Pedimos chipirones con arroz, ensaladilla rusa, croquetas y un buen tinto de la tierra en una terraza justo delante de la casa natal de Emilio Prados (Strachan, 7), que sigue siendo una nota a pie de página de la generación del 27, pero que es uno de mis poetas favoritos de ese grupo sin parangón. Hago constar que Jesús, al que he mencionado varias veces en este diario como un notable zampador, me desmiente hoy y come poco y como con reticencia. Pasa por la calle una negra inmensa con una bandeja llena de pulseras y abalorios en la cabeza: la lleva sin sujetarla, solo con el cimbreo de su cuerpo lorzoso, como hacían las mujeres antiguamente o todavía hoy en África con los fardos de ropa o los cántaros de leche o agua. Tras la colación, acompañamos a Cristina a su casa y luego regresamos Jesús y yo al hotel, que es también un bingo. Desde la recepción se oyen los números. Por fortuna, desde las habitaciones no. A la mañana siguiente, pienso en visitar el museo Picasso de la ciudad, pero cambio de idea en el último momento. Llevo tiempo sin visitar Málaga, así que opto por pasearla y callejear. Me agrada comprobar que el paseo del Parque, lleno de palmeras altísimas, que conforman una densa cubierta vegetal, rinde homenaje a los poetas: al premodernista Salvador Rueda, que era del terruño; al universal Rubén Darío; y a Juan Ramón Jiménez mediante una estatua de bronce de su inmortal Platero, en una zona de juegos para niños. (El tributo a los poetas se extiende a alguno que me es completamente desconocido, a pesar de su condición de ilustre, según la placa que lo conmemora, como Narciso Díaz de Escovar, al que Santa Wikipedia cataloga de "polígrafo y cronista oficial de Málaga"). La Fuente de los Amorcillos, con un alegre rumor de agua, se dispone entre los bustos y monumentos. En Málaga, como en Mérida, conviven un teatro romano y una alcazaba árabe; y, también como en Mérida, el legado cristiano se afirma taxativo y barroco: delante del teatro y la alcazaba se encuentran dos hermandades de la ciudad: la del Santo Cristo Coronado de Espinas y Nuestra Señora de Gracia y Esperanza, y la Real Hermandad de Nuestro Padre Jesús del Santo Sepulcro y Nuestra Señora de la Soledad. Además de hermandades de nombres laberínticos, en Málaga abundan los restaurantes y tiendas para turistas, aunque en noviembre no estén muy concurridas: en algunas zonas, no hay otra cosa. (También menudean las banderas españolas en los balcones y fachadas, pero sospecho que esta es una erupción transitoria y general). Paseo por la hermosa plaza de la Merced, con su monolito central en homenaje a los liberales ejecutados tras el pronunciamiento de Torrijos en 1831, paso por delante del museo Picasso (y me ratifico en la decisión de no visitarlo: rebaños de turistas esperan para entrar) y arribo a la plaza del Obispo, frente a la catedral, con su bellísimo palacio episcopal, rojo, amarillo y gris. Me resisto a entrar en la seo, porque no me gusta pagar por visitar los templos (además de que este está inacabado, con lo que me parece que no me están dando el producto en condiciones por el dinero que aporto), pero esta vez cedo. Dentro, descanso de la caminata las iglesias sirven al reposo, ciertamente, pero, en mi caso, nunca es espiritual, sino físico y disfruto de la contemplación del altar mayor y, sobre todo, del coro y la deslumbrante carpintería barroca de Pedro de Mena. Luego, compro El País me cuesta encontrarlo: en todo el recorrido de hoy solo he dado con un quiosco, refugiado en el portal de una vivienda, en la calle Larios: la prensa escrita está desapareciendo y me despido de la mañana, de una buena mañana, leyéndolo en una terraza de la calle Bolsa, mientras chupo una cerveza XXL debajo de un magnolio.

martes, 14 de noviembre de 2017

Tendencias del lenguaje

Trabajar en algo que te obliga a leer muchos libros y manuscritos permite comprobar el nacimiento, progreso y, en ocasiones, consolidación de ciertas tendencias lingüísticas, es decir, de ciertas tendencias de los hablantes, que son los amos del lenguaje. Hoy quiero señalar cuatro que llevo constatando mucho tiempo. En algún caso, es una corriente creciente, con visos de definitiva (aunque en el lenguaje, considerado con la suficiente perspectiva, no haya nada definitivo); en otros, es una pugna derivada de un cambio normativo, cuya resolución, incierta, aún se hará esperar. 

El primer caso es el de la sustitución del verbo "oír" por "escuchar" y, en consecuencia, la práctica desaparición del primero. Ya nadie oye: todo el mundo escucha. El otro día, en la tele (yo soy ya lo bastante provecto como para seguir viendo la televisión, algo que ningún joven hace ya en el mundo), oí y nunca mejor dicho a un sordo que se quejaba de que había ido a un ambulatorio a que lo atendieran de una dolencia, pero, como las llamadas al público se hacían por megafonía, y no por otros medios, como la lengua de signos o los mensajes escritos, él no había escuchado nada "yo eso no lo escucho, no lo escucho...", repetía, amargamente y se había pasado esperando un montón de horas, con el malestar correspondiente y el agravamiento del problema que lo había llevado al dispensario. En realidad, el pobre sordo sí escuchaba, pero, por desgracia, no oía. La gente escucha cosas inescuchables, como un trueno, un disparo, el teléfono o el despertador. Y son inescuchables porque no permiten la audición consciente: el sonido se produce de repente, por lo general, de forma instantánea, y alcanza nuestros oídos con independencia de nuestra voluntad, que es lo que caracteriza a la escucha: la intención de oír y de aprehender lo oído, la atención a lo dicho o emitido. Supongo que el motivo de esta sustitución no es otro que un hecho tan nimio como que "escuchar" tiene cinco letras y una sílaba más que "oír", porque ya se sabe la importancia que los hablantes sobre todo, aquellos para los que es fundamental que el lenguaje afiance su posición de poder ante los auditorios, como los políticos o los colectivos profesionales de prestigio: médicos, juristas, altos funcionarios otorgan a las palabras largas: una palabra larga derrotará siempre, en el uso actual del idioma, a una palabra corta, cuya cortedad se asocia con la irrelevancia y la plebeyez. Una palabra corta no tiene nada que hacer ante un rotundo, prestante, prolongado, jerigónzico y casi siempre innecesario polísílabo. Y así le va al pobre "oír", del que ya casi nadie se acuerda. Su desaparición supone la desaparición de un matiz, de un trazo singular en el multifacetado lienzo del lenguaje, de una delicada decantación de la relación del ser humano con los estímulos del mundo. (Los matices se desvanecen sin cesar: otro que está haciendo mutis por el foro es la diferencia entre "deber", que indica obligación, y "deber de", que señala probabilidad: casi nadie la respeta; diría incluso que casi nadie la conoce ya). Y eso, aunque parezca muy poca cosa, debería preocuparnos: todo cuanto elimine las diferencias y homogeneice el discurso, privándonos de una relación más rica con el entorno y con nosotros mismos, es negativo. 

El segundo fenómeno que quiero consignar es la progresiva sustitución de los artículos por los adjetivos posesivos. Aunque compruebo la realidad de esta tendencia en casi todos los manuscritos a los que me asomo, recurro de nuevo a la televisión, esa vieja amiga, y a los periodistas deportivos, siempre tan imaginativos con el lenguaje, para ilustrar el caso. Lo normal es oír, en la sección de deportes, que tal o cual jugador "se ha lesionado en su pierna izquierda" o que "ha recibido un golpe en su pómulo derecho". En otros contextos leemos u oímos: "Saqué mi bolígrafo de mi bolsillo", "ponte tu abrigo" o "meted vuestras manos en las cajas y sacad vuestros regalos", entre una infinidad de ejemplos parecidos. Por ceñirme al caso de los futbolistas lesionados, me pregunto en qué otra pierna pueden lesionarse que no sea la suya. ¿Por qué, entonces, se utiliza un posesivo cuando el sencillo artículo basta para transmitir correctamente la información: el jugador "se ha lesionado en la pierna izquierda" o "ha recibido un golpe en el pómulo derecho?". La economía y la precisión en el lenguaje son fundamentales para eso, una adecuada transmisión de la información, y ambas se quiebran con la grosera usurpación de las funciones del artículo por el posesivo. Este solo está indicado cuando sea necesario especificar a quién corresponde o pertenece aquello de lo que se habla. Si no hay ninguna duda sobre esta pertenencia, los probos y sencillos artículos determinados bastan para comunicarlo, y lo hacen, además, respetando los genes del idioma: su lógica profunda, lo que resulta esencial para garantizar su pertinencia y su elegancia. Aquí sospecho que la razón de la sustitución es la influencia del inglés, cuyos genes son distintos, y que reclama el uso de los posesivos en los supuestos indicados. (No es el caso de oír/escuchar, porque en inglés se diferencia sin duda ni confusión entre hear, 'oír', y listen to, 'escuchar'). Y esa influencia llega, cómo no, a través de los medios de comunicación de masas. Donde un guion inglés o norteamericano dice: He broke his arm, el traductor, subtitulador o intérprete, seducido por las perversas solicitaciones de la literalidad, o quizá cansado de un trabajo difícil y mal pagado, no se rompe los cascos y dice: "Se rompió su brazo". Y los oyentes o lectores se adhieren con inconsciencia y entusiasmo a esa fórmula en apariencia sintética, pero deforme en realidad, que vulnera el espíritu y la estructura íntima del castellano. (Esperemos que no lo hagan también con otras deposiciones del inglés que ya empiezan a oírse, como el aberrante "estoy esperando por el autobús", transposición directa de wait for; el no menos disparatado "te agradezco por tu paciencia", calco de thank for; o el inverosímil "he ordenado unos fetuccini con gulas", trasunto del order, 'pedir', cuando se refiere a un producto o consumición, salvo que el hablante quiera significar que ha pedido los fetuccini con apostura marcial. Pero basta de dar ideas).

El tercer fenómeno al que quiero referirme, y al que ya he hecho alusión en alguna entrada anterior, es la contumacia en la acentuación del adverbio "solo" (y de los pronombres demostrativos: "este", "ese", "aquel", etc.), una vez que la Academia ha dictaminado que, salvo cuando haya ambigüedad con el adjetivo "solo", el adverbio es una palabra llana acabada en vocal y, por lo tanto, de acuerdo con las normas generales de acentuación del castellano, no debe llevar tilde. El criterio de la Academia es irreprochable y persigue un fin plausible: eliminar excepciones y, por lo tanto, facilitar el uso del idioma a todos. Pese a la claridad y razonabilidad de su enunciado, en infinidad de manuscritos, libros y medios escritos de comunicación se sigue encontrando la pertinaz tilde. Y sigue estando ahí porque la ortografía, el código de circulación del idioma escrito, es, antes que una cuestión intelectual, una cuestión visual. Nos habituamos desde que empezamos a manejarlo a ver las palabras de una determinada manera (bueno, no todos: antes había también los incapaces de acentuar nada, los ciegos a la condición física del vocabulario y a las normas gráficas que lo regulan; esos no acentuaban ni "camión") y ya somos incapaces de manejarla con otro revestimiento, con otra apariencia. Así sucedió con la decimonónica tilde de la preposición "a": pese a que la Academia la eliminó, por innecesaria, muchos siguieron utilizándola muchos años (hoy nos parecería risible encontrárnosla, pero, durante ese tiempo, los partidarios de usarla la defendían con el mismo ardor que los que hoy apadrinan la tilde del adverbio "solo"). Y así sucede todavía con todos esos signos de los que es correcto prescindir, pero que no pocos mantienen contra viento y marea: "obscuro", "consciencia", "psicólogo", "psiquiatra"...). A quien ama el lenguaje, y lo utiliza con deliberación, como proyección de su ser, le es, lo admito, muy difícil erradicar esos hábitos perceptivos. Pero la consideración racional debe prevalecer: las razones por las que ese adverbio y los demostrativos ya no requieren tilde son atendibles y, mientras sigamos otorgando a la Academia la autoridad para regular la ortografía castellana, han de ser respetadas, al menos editorialmente. Yo, desde luego, pienso respetarlas y no incurrir en dislates atrabiliarios, por desacatarlas, como poner fin a una amistad, como hizo conmigo cierto eximio escritor porque yo suprimía la dichosa tilde de su libro (aunque creo que, para entonces, esa amistad ya estaba muy perjudicada). Cuando le pregunté al eximio escritor por qué defendía hasta ese punto una insignificancia como aquella (porque, no nos engañemos, este asunto es una insignificancia), simplemente me respondió que porque "le gustaba" la tilde, que es algo así como defender que se escriba "bentana" porque a uno le gusta la b

La última consideración que quiero hacer hoy se refiere a la puntuación, esa maravilla de la ortografía que ordena el pensamiento, ritma la sintaxis y permite respirar al texto (y al lector). La puntuación ha sufrido, está sufriendo, una decadencia imparable: hoy casi nadie parece saber puntuar. Si los planes de educación y la sensibilidad de la comunidad hablante no lo remedian, la puntuación pronto será un saber arcano, accesible solo a unos pocos iniciados, como pocos e iniciados eran los monjes medievales, que conocían artes ignoradas por el vulgo, que era casi todo el mundo: el latín, el griego o la iluminación de manuscritos. La relación de desastres que se cometen, en este aspecto, en los originales (y en muchos libros ya publicados) que leo, es descorazonadora: nadie separa ya los vocativos en las frases (la Academia tuvo que recordarle hace poco al PP, por ejemplo, que uno de sus lemas de campaña, "España adelante" había de ser "España, adelante"; y también que debería ir entre signos de exclamación, pero de esto no hicieron caso); ni se acuerda de que entre sujeto y verbo o entre verbo y objeto directo, salvo cuando se trate de una frase excepcionalmente larga o medien aposiciones, nunca debe ir una coma; ni considera higiénico, para una lectura más fluida y comprensible, introducir las clásulas causales, adversativas y concesivas con comas (u otros signos de separación); ni sabe para qué sirve el punto y coma, ese signo impenetrable. La puntuación ausente o deficiente revela que el pensamiento que intenta articular también lo es, y que uno ni siquiera se entiende a sí mismo. La puntuación incorrecta vuelve un engrudo lo escrito: lo emborrona, lo afea, lo desjerarquiza. La puntuación es, para una intelección y un goce estético óptimos, más necesaria que el vocabulario o las habilidades retóricas: un léxico o un bagaje expresivo escuetos no perjudican necesariamente al texto; una puntuación imperita lo enturbia hasta, a veces, volverlo ilegible.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Creadores por la paz en Montánchez

El ayuntamiento de Montánchez ha organizado este fin de semana un encuentro literario, al que ha dado el nombre de "Creadores por la paz", y en una de cuyas lecturas poéticas me ha invitado a participar. Es una mesa en la que me honra estar: con Juan Carlos Mestre, María Ángeles Pérez López e Hilario Jiménez Gómez, todos ellos excelentes poetas y excelentes amigos, y, en el caso de Juan Carlos y María Ángeles, desde hace mucho tiempo ya. Hilario forma parte, además, del equipo que ha trabajado con generosidad por que las jornadas puedan realizarse y se estén llevando a cabo con éxito. Cuando llego a la plaza de España, veo a Camino, a la que conocí este verano en Voces del Extremo, en Moguer. Ha venido con dos amigos Francis Vaz y su mujer desde Isla Cristina, donde vive, solo para escucharnos. Yo ya sabía todo el mundo sabe de la pasión de Camino por la poesía, pero meterse 720 km de coche 360 por cada trayecto en un mismo día para asistir a una lectura de poemas de una hora y media de duración, excede todo entusiasmo imaginable. Los cuatro nos tomamos un café en un bar cercano y charlamos de su activismo poético. La última iniciativa poética de Camino y su grupo de lirófilos ha sido está siendo plantar figuras de cartón animales, plantas, objetos con poemas manuscritos de diversos poetas en los parques públicos de Isla Cristina. Allí los dejan, y de allí desaparecen. Pero dan por bien empleada esa sustracción si es para que la gente se lleve versos a casa. Poco antes de iniciarse el acto, nos encontramos a la puerta del ayuntamiento, entre otros, Pepe Cercas, otro de los integrantes del equipo organizador, Eugenio Fuentes, Pilar Galán, Emilia Oliva, Eladio Méndez e Hilario Jiménez, que, al subir a la sala de actos, nos entrega a los participantes varios ejemplares de Nos queda la palabra, la cuidada antología, con una hermosa ilustración de cubierta de Juan Carlos Mestre, que ha preparado para la ocasión, con poemas de muchos de los mejores poetas extremeños actuales y de no pocos amigos y autores admirados. En la lectura, moderada por la también poeta Montse Villar, predominan los poemas extensos de Juan Carlos, María Ángeles y míos; solo Hilario enarbola la bandera del poema breve ("pero intenso", puntualiza Mestre). Todos subrayamos el carácter perturbador, desconcertante, que ha de tener la poesía debe incomodar; el poeta ha de ser el desobediente, el que desordena, como dejó dicho en un libro memorable Tomás Sánchez Santiago, alguien que moleste, que diga lo que se resiste a ser dicho, pero también su dimensión salvadora: la poesía ha de rescatarnos, en primer lugar, de nosotros mismos y, luego, de las penurias del mundo: de sus mentiras, su caducidad y su hermetismo. Tras la lectura, me escapo a tomarme una cerveza con Javier Pérez Walias, que también ha querido estar hoy entre el público. Luego asisto al siguiente acto, otra mesa de poetas en la que estaba programado que participara Diego Doncel, pero que no veo entre los asistentes. Qué pena: me habría gustado saludarlo. Entre los presentes hay dos poetas ecuatoguineanos. Uno lleva sombrero y recuerda a los españoles "bandidos" (aunque aclara enseguida que no se refiere a los actuales, sino a los de antes) que fueron a saquear América y a poseer por la fuerza a las indígenas. Pero los españoles que fueron a América, pienso, no eran bandidos ni violadores, sino gente pobre y hambrienta que desafió enormes dificultades para encontrar un lugar mejor donde vivir, y que, en su nueva tierra, no tuvo reparos en mezclarse con los nativos. No obstante, nadie protesta: los españoles de hoy parecen estar de acuerdo con que sus antepasados eran unos bandidos y unos violadores. (Tampoco se han molestado cuando el africano ha cometido la grosería de preguntar a sus compañeros de mesa cómo se llamaba el pueblo en el que se encontraban: "¿Montáñez?"). Otro de los participantes en la mesa, un sedicente poeta de pelo blanco, establece, en una de sus peroratas, la oposición entre el bien y el mal, el yin y el yang, España y Cataluña. Y el público se ríe. Yo, en cambio, encuentro difícil reconciliar su maniquea zafiedad con el objeto del encuentro, que es promover la paz y el entendimiento entre las personas y los pueblos. Y me disgusta, además, porque está impregnada de la lógica independentista: en primer lugar, porque presenta como separadas y enfrentadas dos entidades que están unidas; en segundo, porque también Junqueras dice que el bien vencerá al mal, aunque su bien y su mal no coincidan con los del coplero canoso (ni con los de quienes le ríen la gracia); y, en fin, porque los independentistas hablan asimismo de España como un todo, sin personas que la habiten, sin ciudadanos que piensen cada cual a su manera, sin una realidad múltiple, compleja y contradictoria, igual que este personaje se refiere a Cataluña como una totalidad perversa. El segundo ecuatoguineano, que no tiene sombrero pero sí el gracejo tropical de su pueblo, se suma a la fiesta cantando, y acompañándose con un tamborileo muy subsahariano en la mesa, una tonadilla satírica sobre Copito de Nieve, el famoso gorila blanco del zoo de Barcelona, y, de paso, sobre la Generalitat y la ciudad. Es divertidísima. La gente vuelve a troncharse, aunque ni María Ángeles, ni Hilario, ni yo aplaudimos. Acabado el espectáculo, desisto de sumarme a la cena programada para los escritores y el público, no sea que me toque entre el fino analista de la realidad nacional, el evocador del bandidaje hispano y el jacarandoso cantor de gorilas y catalanes.

Copio a continuación uno de los dos poemas que leí en "Creadores por la paz", perteneciente a mi libro Insumisión, que recrea el allanamiento del piso en París del poeta Saint-John Perse, uno de los grandes del siglo pasado, por parte de los nazis. Además de perseguirlo y privarlo de su nacionalidad, destruyeron su patrimonio y quemaron tres libros inéditos, manuscritos, que guardaba en su apartamento.


Lo primero que hicieron al entrar fue descorrer las cortinas, grandes colgaduras de cretona que protegían a ventanas emplomadas. La violencia de los gestos levantó el polvo asentado en los muebles, y, a la luz arrolladora del mediodía, quedó nebulizado, henchido de vacío, brillante como la pirita. También las porcelanas se estremecieron, sobresaltadas por una claridad tan perentoria. [La luz excesiva no lustra las cosas, sino que las entorpece: las ciega de plenitud]. Sacudidas por los groseros rayos de julio y los pasos no menos insultantes de los intrusos, las cosas se acalambraban, huían. Los agresores, no obstante, las atrapaban: primero esparcieron los libros, dispuestos con voluptuosidad abacial en las estanterías, por el suelo. [Hay un placer funesto en destruir, y una propensión singular a destruir, en primer lugar, lo escrito: quien lo hace, siente el lúgubre regocijo de su imperio, aunque acaso no comparta, o ni siquiera conozca, el porqué de la sinrazón]. Luego, derribaron los pictogramas chinos, con sus bosques de turmalina, ingentes de luz; y los risueños tapices de Saint-Léger-les Feuilles, que desplegaban sus gigantescos nenúfares en el agua de los espejos, enturbiada ahora por el reflejo de las luger; y las alfombras mongolas, donde se habían sentado los hombres a beber leche de yak y sangre de yegua. Los libros crujían bajo los pies de los invasores: el papel se encenagaba de huellas; crujían como si sus botas aplastaran a quienes los habían escrito: como si fueran sus gargantas las injuriadas, o sus dedos los rotos. Fuera, los tejados opalinos de París cobijaban el silencio exánime de los derrotados. [La obscenidad de la victoria se traslada al mandato insignificante, al allanamiento de un piso desafecto, al asesinato de alguien, una labor sencilla; quien puede desfilar bajo el Arco del Triunfo, puede pisotear la intimidad de un poeta, y al poeta mismo]. Después, descolgaron las máscaras africanas, que desafiaban con su negritud oblonga la acedía solar de su presencia, y revolvieron los útiles de cocina, en busca de algo que le incriminara. [Consuela verificar la estupidez de los verdugos, aunque sea indeciblemente dañina]. Y, por supuesto, abrieron armarios, gavetas y cajones. Había papeles con el membrete del Ministerio de Asuntos Exteriores. Había cartas con sellos de ultramar y fragancias sutiles, insolentadas ahora por el olor a benceno de los uniformes. [Muchos lo visten sin llevar guerrera: basta su aquiescencia a la uniformidad]. Y había una columna de hojas manuscritas, en las que se desarrollaba una caligrafía indócil, que alternaba lo montuoso con lo cerámico. Los papeles desaparecieron en varias sacas. El piso quedó amoratado, amortajado, con ojeras de lugar despertado por el chirrido de un volquete, con la huella sudorosa de los manotazos en los tafetanes, o en una edición autografiada de Francis Jammes, o en las odas de Píndaro. El piso fue pintarrajeado de sombras a plena luz del día, y siguió expuesto al aire mortuorio de una ciudad donde todas las bibliotecas eran ultrajadas, y todos los hombres, asesinados. Luego, recobró un silencio descoyuntado, en el que aún goteaban las embestidas boreales, las alacenas arrancadas de sus sedes, el corazón carcomido de los colchones, los albornoces sin cuerpo, desmayados en el linóleo, los grifos vacíos, los objetos abofeteados, los gritos, la no palabra de aquellos seres que se abalanzaban sobre la seda y la celulosa gritando, mutilando. Por todas partes quedaron tenedores y estilográficas [algunos desaparecieron también en los bolsillos de los invasores], pajaritas y sombreros, fotografías de personas y fotografías de estepas, en cuyo jade mortecino se enconaba un sol parecido al sol de julio que ahora avivaba el jade balbuceante del terciopelo. En los tejados de París no se movía nada, salvo la luz, que fluctuaba, como un diamante incorpóreo, entre palomas asustadizas y chimeneas. Ninguna humeaba. Pero esa noche, una, la de comisaría de la calle Placard, lo hizo: el humo se alzó hasta un cielo sin sobresaltos, arrastrando palabras de tres libros, de siete extensos poemas cuidadosamente manuscritos, y en esas volutas que se dispersaban por un firmamento deshabitado, extenso como las praderas por las que había cabalgado, quedaron atrapadas para siempre las palabras de esos libros, como si su destino no fuera el enaltecimiento de los hombres, sino la perdición y la ceniza.

lunes, 6 de noviembre de 2017

La mirada poética de Juan Ricardo Montaña

He estado varias veces en Villanueva de la Serena, pero siempre me sorprende el aspecto limpio y ordenado de la ciudad (con el alumbrado público encastrado en el asfalto, por ejemplo, y no desperdigado en cables caóticos por las fachadas) y la calidad de sus iglesias y monumentos. Hoy no es una excepción. Veo a gente salir de una capilla engalanada con flores y luces, y a niños jugar en las plazas, y a tres adolescentes que gritan: "¡Eduardo!", pero no a mí, sino a algún tocayo de su edad que anda, un poco más abajo, por la misma calle. Llego a la plaza de España, cuando ya está anocheciendo (y empezando a llover), para ver la exposición La mirada poética. Retrospectiva, de Juan Ricardo Montaña, que se inaugura hoy en el espacio cultural Rufino Mendoza, y que estará abierta al público hasta el próximo 30 de noviembre. He quedado a la puerta con Antonio Reseco, buen amigo y comisario de la exposición, aunque a él, como a todos los comisarios de exposiciones del mundo, no le agrade la palabra. Antonio viene acompañado por la pintora Pilar Molinos, con la que enseguida me encuentro cómodo. Juan Ricardo, que estaba dentro de la sala, no tarda en aparecer. Viene, como siempre, pero en esta ocasión más, hecho un pincel, o, mejor, tratándose de él, hecho una plumilla. Luce en la solapa de una chaqueta fina de pata de gallo la insignia de oro del ayuntamiento de Don Benido (él es dombenitense; luego nos contará que se la impusieron a traición: cuando estaba en el acto de concesión recibiendo el galardón en nombre de otro que no había podido asistir. Ya se iba a bajar del estrado, cuando le dijeron que se quedara y se la otorgaron también a él. Hoy la porta con orgullo y distinción, y no me extraña, porque no solo es de oro, sino que parece llena de brillantes) y por el bolsillo de la americana despunta un pañuelo de colores fríos, a juego con la policromía del conjunto. La Sala Rufino Mendoza es espléndida, aunque no muy grande. No obstante, basta para acoger esta muestra de la obra de Juan Ricardo, compuesta por las 40 piezas seleccionadas por Antonio. El autor me acompaña, con gentileza, en el recorrido, aunque permanentemente interrumpido por quienes quieren saludarlo y felicitarlo, y me explica algunas claves de su obra y de los poemas expuestos. Porque son poemas, desde luego, aunque no visuales, como yo erróneamente sugiero al principio, sino objetuales, esto es, cosas manipuladas, transformadas, para que susciten un efecto poético. El primer poema de la exposición se titula "Libertad de expresión": en él, una flecha, de madera de bambú, cuya punta es una plumilla, se superpone a un arco, de madera de olivo, el árbol de la paz. Sin más. Ni menos. La pieza revela uno de los principales rasgos de la poesía de Juan Ricardo Montaña: la sutileza, atravesada por la ironía. Si algo no encontramos en sus composiciones es grandilocuencia: todo se resuelve con los elementos mínimos por eso admite, en mi opinión, el calificativo de minimalista, pero suficientes para transmitir, con eficacia, el efecto estético y crítico deseado. Porque esto también ha de ser subrayado: la delicadeza del trabajo no le resta espíritu crítico. La impugnación de comportamientos sociales denostables es recurrente en su producción: en La mirada poética encontramos poemas antibelicistas (una "Granada desgranada", por ejemplo); o contrarios a la censura, como el así titulado "Censura", en el que solo vemos la mina de un bolígrafo, con su muelle, encerrado en una cajita de plástico transparente; o contra la basura de la corrupción, como "Mantenga limpia España". Hay otra constante temática en su obra, de carácter metapoético: la literatura. Muchos poemas, en los que Juan Ricardo utiliza plumas o plumillas, aluden a la creación literaria: el cálamo suele representar entonces el tronco del que brotan las hojas o los libros. En uno, "Crítica literaria", se representa un pequeño coso en el que el torero, armado con una plumilla, entra a matar al toro, un libro. Otro es una camiseta con la figura, hecha con letras, de un toro, la bestia a la que se han de enfrentar los escritores; así se titula: "Toro de lidia del escritor". Juan Ricardo me explica que le fascina la liturgia del toreo, pero que no soporta la sangre. La camiseta, que se expone sin enmarcar, podría ser un buen negocio si dejara de considerarla solo un poema y la utilizara como producto de moda. Pero los poetas, o al menos Juan Ricardo, son así: prefieren renunciar a un buen capital que a un buen poema. El estampado del cornúpeta es un caligrama, como también lo son los tres poemas visuales que se encuentran a su lado, y que representan, con versos, árboles, labios y palomas. El ojo puede recorrer esos versos en todas direcciones: siempre tienen sentido. Gráciles, alados, casi incorpóreos, los poemas de esta serie suscitan una adhesión inmediata. Más allá y si uno supera dos piezas que son sendas calabazas pintadas con motivos íberos, y que, colgadas del techo de hilos casi invisibles, parecen suspendidas en el aire, pero con las que cualquiera podría pegarse una calabazada; a mí está a punto de pasarme, encontramos un conjunto de piezas dedicadas a otros poetas y autores. Me sorprende el motivo central de la que tiene a Elías Moro por destinatario, el café, cuando de todos es sabido que Elías es un adorador de la cerveza. La de Antonio Reseco presenta una balanza cuyo platillo de las letras pesa más que el de los números, una atinada metáfora visual de su personalidad multifacetada, simbióticamente mercantil y literaria. La de Santiago Castelo, una deliciosa miniatura, representa una fachada florida, cuyos tiestos son los diferentes libros del llorado escritor de Granja de Torrrehermosa, en la que se demuestra, una vez más, el interés de Juan Ricardo Montaña por la caligrafía. La dedicada a Ada Salas abunda en símbolos feéricos, y la de Concha Espina, estrictamente jeroglífica, es decir, compuesta por una concha y una espina, es considerada "dadaísta" por un ex concejal de Cultura de la comarca con el que charlamos un rato. Pero no hay nada de dadaísta en la composición de Juan Ricardo: el dadaísmo no reflejaba ninguna articulación racional, es más, aspiraba a destruir toda articulación racional. Y en este "A Concha Espina" los elementos compositivos guardan una evidente relación lógica con el sujeto del poema, como por otra parte sucede en todas las creaciones de Juan Ricardo. Él mismo sostiene que un buñuelo de líneas titulado "Sin título" o "Paisaje" algo que sí podría ser calificado de dadaísta no tiene para él ningún atractivo. Mucha gente ha acudido a la inauguración: saludo, entre otros, a Diego González y a su mujer; a Yolanda Regidor y a su marido; al alcalde de Don Benito; y a Mónica Calurano, ex concejala de Cultura del ayuntamiento de Villanueva de la Serena y ahora responsable de Igualdad. Distingo, entre el gentío, unos estimulantes stilettos de color rojo pasión, que rematan unas piernas deliciosamente constreñidas por unos vaqueros rotos, y eludo las correrías de un grupo de niños a los que, supongo, se ha traído aquí con el loable propósito de que aprendan a amar el arte, pero que están a punto de destrozarlo: "Mantenga limpia España", otra pieza no enmarcada, sufre su agitada cercanía, y el propio Juan Ricardo tiene que interponerse entre ellos y el poema para evitar la catástrofe. Nos marchamos, por fin, aunque sin un catálogo que recoja la muestra. Antonio me explica que en la sala Rufino Mendoza nunca se hacen catálogos, y yo lo lamento. Juan Ricardo, Antonio, Pilar, el pintor Luis Ledo, su compañero Paco y yo cenamos en "El Rodeo", un lugar tranquilo cuando llegamos, pronto todavía, pero estruendoso después, cuando las mesas y la barra se han llenado. Aunque la cocina es buena los huevos rotos con gulas son admirables, y los chipirones a la plancha, fastuosos, el servicio deja mucho que desear. Juan Ricardo está indignado. Que solo nos hayan servido un cuchillo (para seis tenedores) es inaceptable; y que la mesa esté tan sucia como está, aún más. La tolerancia de Juan Ricardo, que es proverbial en todos los aspectos, se estrecha hasta casi desaparecer en la mesa: "La mesa es un espacio sagrado", nos recuerda. "Así me lo enseñaron mis padres, y así me gusta que sea a mí". La compartimos con mucha conversación y risa, a pesar de las insuficiencias del servicio. Cuando salimos del restaurante, nos espera, en lo alto, una luna llenísima, que parece un poema objetual.