miércoles, 26 de julio de 2017

Lecturas de verano (2)


Hace algunos meses, en la presentación de un poemario de la Editora Regional, me reuní en Cáceres con un grupo de amigos. En la tertulia posterior al acto, en una terraza del centro, surgió, ya no recuerdo por qué, el asunto –un asunto raro, lo admito, pero es que la mayoría de los que estábamos allí éramos bastante raros– de la proyección internacional de España y de su papel en la historia. Yo sostuve, confiado en la benevolencia de mis interlocutores e incluso en que compartirían mi opinión, que los españoles debíamos ser más conscientes –y estar más orgullosos– de algunos de nuestros logros históricos, como, por ejemplo, nuestra presencia en los Estados Unidos. Y, para justificarlo, aporté un dato: más de la mitad del actual territorio de ese país, hoy tan importante como temible, estuvieron tres siglos bajo soberanía española. Pues bien: mis contertulios me saltaron (dialécticamente) a la yugular, supongo que inficionados por esa prevención contra cualquier manifestación que huela a nacionalismo (o a imperialismo, como en este caso, el colmo de la abominación) y que nos vuelve ciegos a los hechos, a las realidades históricas. (Hubo algunos que se quedaron callados, acaso masticando la información que les había dado, y lo que se infería de ella, pero lo cierto es que ninguno secundó mis palabras). Solo uno de mis opositores sabía, por ejemplo, que la primera ciudad edificada en América del Norte, y habitada de forma permanente, fue San Agustín, en la Florida, cuyo fundador fue el español Pedro Menéndez de Avilés en 1565. Los famosos peregrinos del Mayflower, la semilla de la civilización inglesa en el continente, aún tardarían más de medio siglo en llegar. Viene esto a cuento de un libro que acabo de leer, Imperiofobia y leyenda negra. Roma, Rusia, Estados Unidos y el Imperio español, de María Elvira Roca Barea, publicado por Siruela en 2016, y que va ya por la octava edición. Imperiofobia y leyenda negra es un libro necesario, que revela el origen y desarrollo de la leyenda negra española –la única que pervive todavía, aunque de forma difusa, de todas las que han recaído en los imperios históricos; y yo lo sé bien, porque en la televisión británica, incluso en la siempre admirada BBC, sigue siendo imposible, por ejemplo, oír la palabra Inquisition sin que lleve aparejada la palabra Spanish– y, sobre todo, los intereses a los que ha respondido. La desnuda, pues, como lo que siempre ha sido: una gigantesca operación de propaganda, al servicio de las necesidades del grupo humano que la promoviese: humanistas italianos (sus creadores) quejosos de la dominación española en el s. XVI; protestantes alemanes y holandeses que luchaban por sustituir el gobierno de la monarquía hispana por otro que defendiese sus prerrogativas; ingleses decididos a combatir urbi et orbe al archienemigo peninsular; ilustrados franceses ansiosos por establecer su superioridad intelectual frente a un país ignorante que, no obstante su ignorancia, había acertado a crear lo que Francia nunca había conseguido: un imperio. (Otra anécdota de mis años ingleses: en nuestra visita a la Torre de Londres, vimos expuesta una silla de tortura, de escalofriantes hechuras. Una etiqueta informaba, con anglosajona asepsia, de que durante muchos años aquella silla se había presentado como uno de los monstruosos instrumentos de tortura de la InquisitionSpanish, por supuesto–, pero que, al parecer, no era sino una reconstrucción manipulada de la época victoriana, hecha con el propósito de denigrar al inveterado enemigo. Es decir, aquella silla ni siquiera había existido nunca como tal, sino que solo era la suma de una serie de piezas colocadas ad hoc para sugerir la máxima crueldad posible: un agujero para destrozar los genitales, un garfio para arrancar la lengua, un torno para triturar la espalda y otras lindezas equiparables, aplicadas todas a la vez). Roca Barea, con un estilo pulcro y dinámico, que en nada recuerda a la horrísona jerga académica, un buen pulso narrativo y un gran rigor documental, expone las falsedades que han nutrido el oprobio vertido sobre España y el imperio español, y las contrapone a las evidencias históricas. Así nos recuerda, verbigracia, que los españoles no tardaron ni diez años en levantar hospitales y universidades, abiertos a todos, en sus colonias americanas, y que siguieron haciéndolo hasta prácticamente su independencia, mientras que a los ingleses les costó mucho más erigir un puñado de ellos, en los que solo se admitía a ingleses; que los españoles alumbraron el Derecho de Indias –desde Bartolomé de las Casas y fray Antonio de Montesinos hasta Francisco de Vitoria y toda la Escuela de Salamanca–, el germen del Derecho Público internacional y de los actuales derechos humanos, mientras que los ingleses se limitaron a exterminar –o, en el mejor de los casos, a segregar– a las poblaciones indígenas; que expulsiones de judíos (y persecuciones religiosas) hubo en todos los países europeos, y que las de Inglaterra, Holanda y Alemania, entre otros, fueron mucho más crueles que las decretadas por los Reyes Católicos; que la Inquisición ni se creó en España, ni la española fue la última en desaparecer de Europa, y que sus terribles actividades fueron mucho menos inhumanas que las de otros países (por ejemplo: es imposible saber cuántas brujas fueron quemadas en la Edad Moderna en Europa, pero las estimaciones más rigurosas hablan de 25.000 en los territorios alemanes; 4.000 en Suiza; otras tantas en Francia; 1.500 en Inglaterra… Y 27 en España. Esta última cifra es la única exacta, porque la Inquisición española no daba un paso –es decir, no aplicaba la garrucha ni el aplastapulgares– sin levantar acta); que el desastre de la Armada Invencible (aunque no fuera tal desastre, pese a la derrota: la marina española no sufrió un menoscabo irreparable y siguió acarreando, con relativa solvencia, los tesoros de Indias) es ampliamente conocido en todo el mundo, propalado por los voceros anglosajones, pero que casi nadie sabe que la Contra-Armada lanzada en represalia por Isabel I al año siguiente de la fracasada expedición, en 1589, integrada por 180 barcos (muchos más de los que había enviado Felipe II) y dirigida nada menos que por el pirata Drake, fue desbaratada por las 30 embarcaciones de Alonso de Bazán y Martín de Padilla, que hundieron entre 40 y 50 buques del enemigo y le causaron 15.000 muertos y miles de desertores; o que la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna contra la Viruela, que se desarrolló entre 1803 y 1814, y que la OMS considera la primera campaña médica internacional, fue sufragada por el denostado (con razón) Carlos IV y llevada a cabo por su médico personal, el militar Francisco Javier Balmis, a quien nadie conoce hoy en España. La investigación de Roca Barea no se limita a contraponer los datos aireados por la leyenda negra y la realidad de los hechos. También se extiende a las actividades del pensamiento. Dos casos: la teoría de la evolución de las especies, fundamental en la lucha contra el oscurantismo y la superstición, y cuya paternidad es universalmente conocida –el, cómo no, inglés Charles Darwin–, fue anticipada por el jesuita chileno Juan Ignacio Molina, el abate Molina, en Analogías menos observadas de los tres reinos de la naturaleza (1815), y por el ilustrado español Félix de Azara, en Apuntes para la Historia natural de los cuadrúpedos del Paraguay y Río de la Plata (1802); y los principios de la economía política, entre los que se cuentan el concepto de la inflación y los motivos que la causan, fueron establecidos por Martín de Azpilcueta y Jaureguizar, el doctor Navarro, uno de los sabios de la Escuela de Salamanca, en Comentario resolutorio de cambios, un apéndice de Manual de confesores y penitentes, publicado en 1557. Los ejemplos se multiplican, siempre documentados y razonados, en Imperiofobia y leyenda negra, y el conjunto ofrece un magno contrapunto a la execrable visión que se ha tenido tradicionalmente de España, incluso en la propia España. Los españoles, incomprensiblemente, han interiorizado esa opinión vejatoria –que se prolonga hoy en el tratamiento que dispensan los países del norte de la Unión Europea a los del sur, los PIGS, gandules y derrochadores– y apenas han respondido a los ataques; y, cuando lo han hecho, ha sido de la forma equivocada: con informes, estudios y auditorías, y no con golpes propagandísticos de la misma ralea que los que sufrían. Esta es una de las principales virtudes de este libro: es educativo: ilustra lo que somos y lo que hemos sido (y que por desidia ignorábamos), masajea nuestra orgullo y mejora nuestra autoestima. En unos momentos de desgarro independentista, conocer el pasado –una de las mejores maneras de entender el presente– se vuelve imprescindible, y, si se hace con amenidad, como en este libro, resulta impagable. No obstante, y pese a sus muchas virtudes, Imperiofobia y leyenda negra no carece de defectos: el prescindible prólogo, si es que puede llamarse así, del repulsivo Arcadi Espada y cierta tendencia de la autora a cargar la suerte en solo uno de los lados de la cuestión, aunque esto sea, justamente, lo que el libro pretende: contrapesar la parcialidad ajena con la propia. Así, uno acaba de leerlo y puede tener la impresión de que el imperio español, como todos los imperios, ha sido un proyecto benéfico, integrador, rebosante de ilustración y progreso, y solo interesado en promover el bienestar de sus súbditos; o que la Inquisición española ha sido una cosa leve (sí en relación con las demás, quizá, pero no en su abominable existencia y funcionamiento) y casi disculpable; o que los Austrias fueron incansables defensores de la libertad de expresión y de la primacía de la ley frente a la arbitrariedad y la corrupción; o que el catolicismo hispano no ha sido, secularmente, una de las razones fundamentales de la ignorancia patria, por más que algunos de sus miembros hayan destacado en diversas ramas de las letras y las ciencias. En cualquier caso, Imperiofobia y leyenda negra ha sido uno de los mejores descubrimientos literarios de este verano, y una lectura grata y edificante, amén de un verdadero espaldarazo a la baqueteada conciencia nacional, si es que tengo alguna. He de recomendárselo a los amigos con los que discutí en Cáceres.

viernes, 21 de julio de 2017

Calígula

Calígula, el emperador romano, fue un personaje de aúpa. Apenas gobernó el imperio cuatro años, pero tuvo tiempo suficiente para matar a diestro y siniestro, incluyendo a parientes y esposas si no ordenaba asesinar a sus sicarios, forzaba a los condenados a suicidarse; para mantener relaciones incestuosas con varias hermanas; para freír a la gente a impuestos (incluso por ir a los burdeles, que en aquella época estaban muy concurridos) y hasta pedir dinero a la plebe en los actos públicos; también para matarla de hambre: dedicaba los barcos de transporte de cereales a integrar un enorme puente flotante entre los puertos de Baiae y Puteoli (que recorría luego a lomos de su caballo Incitato, al que nombró senador, que vivía en un establo de mármol con todos los lujos imaginables, y que no copulaba con yeguas, sino con Penélope, una mujer de la alta sociedad romana que Calígula le había elegido por esposa); y, en fin, para un sinnúmero de otras lindezas. No es de extrañar, pues, que un grupo de pretorianos y senadores, encabezados por Casio Querea al que Calígula no dejaba de mortificar, llamándolo maricón y nenaza, lo cosieran a puñaladas en el 41 d. C. y, ya puestos, también a su mujer, Milonia Cesonia, y su hija, Julia Drusila, aunque con esta no utilizaron el cuchillo, sino el más drástico procedimiento de estamparle la cabeza contra una pared. También buscaron, con muy malas intenciones, a Claudio el protagonista del clásico Yo, Claudio, de Robert Graves, y de la subsiguiente serie de televisión, tío de Calígula, pero este, sabiamente, había tomado las de Villadiego. Cuando se hizo con el poder, ordenó que todos los conspiradores y asesinos de su sobrino fueran ejecutados. La cosa acabó, pues, como solían acabar las sucesiones al trono: en un baño de sangre. Este Calígula atroz es el protagonista de la obra homónima, un clásico del teatro del siglo XX, de Albert Camus, que hoy vamos a ver al teatro romano de Mérida. Lo representa una compañía catalana, cuyo papel protagonista el del emperador chiflado desempeña el barcelonés Pablo Derqui. Recuerdo haber visto ya varias versiones de la obra: la del genial, irrepetible José María Rodero, en 1982; y la no menos memorable de Pedro Mari Sánchez, en 1994. El teatro está lleno. Hace el calor habitual en Mérida, en julio: mucho. Las señoras se abanican con denuedo, y el entrechocar de las varillas de los abanicos crea un zumbido himenóptero que solo acallan algunos miríficos golpes de brisa. Detrás de nosotros, un grupo de jubilados gallegos debate, a voz en cuello, los pros y contras de visitar una u otra localidad extremeña, y, a mi lado, una chica delgada y sola se instala en la butaca como solo saben hacerlo las chicas delgadas y solas: con una botella de agua a un lado, una rebequita en el regazo y una pierna doblada y apoyada en el asiento (¿cómo no le dolerá una posición tan yóguica). Yo, por mi parte, contribuyo a la informalidad general descalzándome. Aunque solo sea de una pequeña parte de mi cuerpo, disfruto con la desnudez. La escenografía de Calígula es sobria, casi draconiana, pero original: una tarima inclinada con algunos agujeros que representan camas, baños o tumbas. Los personajes, siguiendo el consejo de Camus, no visten togas, sino, en este caso, trajes de la belle époque, de un blanco roto, salvo Helicón, que va de negro; Cesonia, que exhibe un considerable fondo de armario; y, naturalmente, Calígula, que lleva lo que le da la gana: desde una camisa arrugada hasta un traje diplomático de gala. La austeridad del vestuario y la escenografía de la obra solo se rompe en dos momentos: cuando estos tres personajes, ataviados ahora como Jack Nicholson en su papel de Joker en el Batman de Tim Burton y sus compinches, protagonizan una escena de baile desenfrenado; y cuando Calígula aparece de nuevo bailando, hacia el final de la representación, esta vez solo. También hay otros momentos llamativos: el emperador se da un baño y, como es lógico, se desnuda. Y, aunque no se expone abiertamente Helicón lo vela con una toalla, el desnudo integral se produce. Y no es frecuente que haya desnudos integrales masculinos en los escenarios españoles. Tengo para mí que estas rupturas visuales no son sino salidas de ventilación, recursos descompresivos, para aliviar la densidad de un texto implacable, aunque no me parezcan imprescindibles: las palabras de Camus son de tal calibre que resulta irreverente apartarse de ellas, aunque sea para descansar. El retrato de un hombre que, desesperado por la constancia de la infelicidad y la muerte, decide rebelarse contra el destino prevaliéndose de su poder y abrazando una libertad destructora, que obedece a un deseo gratuito y arruina todo valor humano y toda relación noble, se desarrolla mediante diálogos y parlamentos de una espesura poética y filosófica deslumbrante. Mientras los oigo, celebro haber vuelto al teatro que es verbo y no opereta, pirotecnia o gimnasia, al teatro en el que se representan conflictos y pasiones humanos con la más singular herramienta humana: el lenguaje. Y también que en un festival de teatro clásico vuelvan a representarse obras de teatro clásico. De esa alegoría de la desesperación contemporánea Camus estrenó Calígula en 1945, inmediatamente después de los horrores de la Segunda Guerra Mundial se desprende una conclusión iluminadora: esa libertad absoluta no existe, porque, si se intenta llevar a la práctica, acaba con todo y con todos, incluido quien la ejerce. Algunos pasajes son ferozmente actuales: "¡Gobernar es robar!", grita un lúcido Calígula en una de sus primeras intervenciones. Otros son dignos de la mejor tragicomedia, como la escena en la que el emperador convoca a los poetas de Roma y a algunos de sus corifeos a un concurso de poesía: el tema de la composición es la muerte. Todos garabatean apresuradamente en sus tablillas y empiezan a recitar piezas espantosas, con los tópicos habituales de la época: "Muerte, cuando más allá de las negras orillas...", "Las tres parcas en su antro...", "Te llamo, oh, muerte...", etcétera. Calígula, que es un tirano demente, pero no hombre sin gusto, interrumpe su recitación, a las pocas palabras, con un toque irritado de silbato, hasta que, harto de todos, corta la de uno de ellos, que ni siquiera ha empezado a declamar. La interpretación que Pablo Delqui hace de todo de ello es prodigiosa. Me admira su dicción, fuerte y dúctil, serpenteante y voladora, pautada por pequeñas pausas, no entre frases, sino entre las palabras de una misma frase, lo que da al discurso una extraña porosidad y, a la vez, una asombrosa penetración; y su creíble multiplicidad de caras: desde la del hombre vulnerable, apesadumbrado por la muerte de su hermana y amante Drusila, hasta la del loco peligroso que mata a los padres o hijos de sus patricios, pasando por la del cínico que no duda en manosear a la mujer de otro tribuno en presencia de este (y de su amante Cesonia). Delqui es de la estirpe de los grandes: de Rodero, que ya lo precedió, con majestuosidad, en este papel; de Rabal, que llenaba los escenarios, con su voz y su nariz partidas, como los llena el catalán; de Bódalo, capaz de escuchar por un pinganillo un partido de fútbol radiado y seguir diciendo su papel sin equivocar una línea. Salimos del teatro con una insólita sensación de plenitud. Lamentablemente, no nos podemos tomar un mojito en el bar del recinto, a la vista de las columnas del proscenio, como hemos hecho otros años: está atiborrado. Nuestra plenitud no es, pues, completa, pero en eso consiste la naturaleza humana.

domingo, 16 de julio de 2017

Solidaridad entre poetas

Algunos pensarán que el título de esta entrada es un oxímoron, y no les faltará razón. Pero yo creo en esa solidaridad y, si no existe, en la necesidad de crearla. Y no me refiero tanto a una solidaridad estética o intelectual, aunque también, como a una ayuda material, física. El otro día, en la calle Santa Eulalia, de Mérida, vi a dos mendigos en un portal. Eran las cuatro de la tarde y caía un sol que derretía a las piedras. Ambos estaban a la exigua sombra de una fachada, y dormitaban: uno tumbado y otro sentado. Este había puesto un cartel en el suelo en el que se leía: "Vendo poemas. Un céntimo". En el vaso de plástico que estaba delante del cartón conté, en efecto, algunas monedas de uno o dos céntimos, y apenas dos o tres de diez o veinte, que habían dejado algunos rumbosos (o acaso los propios pedigüeños, para estimular la generosidad de los transeúntes). No me sorprendió que un necesitado vendiese poemas. Me ha pasado varias veces en Barcelona: recuerdo a una argentina que se pasaba el día en los ferrocarriles de la Generalitat colocando entre el pasaje cuadernitos fotocopiados con poemas y cuentos, a un euro; también a un español que, en el barrio de Gracia, se sorprendió cuando el también poeta J. Jorge Sánchez y yo, que estábamos tomándonos unas cervezas, le compramos algunos; y a una alemana mayor (probablemente una musa sin reconvertir de los psicodélicos 70) que, durante muchos años, se encontraba uno de noche, y solo de noche, por el Paseo de Gracia y que se ofrecía para declamar unos versos a cambio de una ayuda: "¿Quierrrres que te rrrrecite unos verrrrsos?", preguntaba, con dudoso aliento pero inconfundible acento. Lo que me llamó la atención de los indigentes emeritenses fue la baratura, o el dumping descarado, de los poemas. ¿Un céntimo? ¿Tan poco vale la lírica? ¿Tan bajo ha caído la poesía? Hoy no se puede comprar nada con un céntimo, absolutamente nada, salvo, en las calles de Mérida, versos. Me abrumó su tristísima necesidad y su aún más triste ofrecimiento. Dejé un billete de cinco euros en el vaso, sin despertarlos, y seguí mi camino. El abandono en el que vivían estas personas me hizo añorar un país, que ha existido, en el que los poetas se ayudaban unos a otros; en el que, cuando uno caía enfermo, otros lo atendían o le compraban medicinas; en el que, cuando alguno, sin dinero, pasaba hambre o penalidades, se hacían colectas o se le facilitaban lecturas o actividades que les proporcionaran algún ingreso. Y eso, con indepedencia de la poesía, buena o mala, clara u oscura, que escribieran; y también de su prestigio o fama, aunque muchos grandes no la recibieran: Pérez Galdós, el mejor novelista español del s. XIX, a la altura de Balzac, Dickens y los realistas rusos, murió ciego y pobre; Gabriel Celaya, autor señero del realismo social y fundamental para tantas vocaciones, en la indigencia; Edgar Allan Poe, delirante y borracho en las calles de Baltimore. Ser poeta te adscribía a un gremio particular, sin organización profesional, pero con esprit de corps: un grupo de gente que experimentaba la vida como ninguno otro y que se sacrificaba por una vocación trascendente, por un ideal. Desde luego, cabría exigir que, hoy, el Estado ese Estado que dedica cientos de miles de millones a subvencionar industrias improductivas y contaminantes, o barbaridades inmobiliarias, o momios para gratificar a servidores mediocres, ineficaces o corruptos, si no las tres cosas ayudase a los creadores: a quienes han enriquecido, a cambio de muy escaso o ningún reconocimiento ni retribución, la cultura, esto es, la sensibilidad y la inteligencia de sus conciudadanos. Pero, al margen de que eso se produzca y no solo no se produce, sino que se produce lo contrario: el Estado les retira pensiones si obtienen otros ingresos por su labor intelectual o artística, los poetas se han de ayudar, como se han ayudado siempre los necesitados y los perseguidos. Hace un par de años, cuando aún vivía en Londres, volví a Barcelona, invitado a las jornadas poéticas del Ateneo de la ciudad. Tras la lectura, fuimos a cenar a un restaurante del Ensanche. Nos acompañaba un poeta y pintor ya veterano, que apenas abrió la boca. No tenía muy buen aspecto. Al acabar, Albert, también escritor y gran persona, que había estado muy pendiente de él toda la cena, le ofreció el brazo y, caminando muy despacio, lo acompañó a casa. "Es que no está bien; está enfermo", me susurró al pasar. Aquel gesto, tan íntimo, tan insólito, me conmovió. Hace más tiempo todavía, en cambio, en una lectura colectiva en la Biblioteca Nacional de Bogotá, asistí a un ostentoso (e innecesario) gesto de desprecio por parte de A. C., un buen poeta peruano, pero hombre hosco y energuménico, hacia otro mejor que él, el brasileño Lêdo Ivo, ya octogenario: con el auditorio lleno, y en primera fila, el limeño estiró los brazos (y hasta las piernas) en el aire, y bostezó ruidosamente, mientras Ivo leía. Eso es exactamente, pensé, lo contrario de lo hay que hacer: no se burla uno de un compañero poeta, y menos aún si es un anciano. Los poetas, que nos jugamos la inmortalidad en cada embate, practicamos el despellejamiento del colega: lo hacemos con ahínco y delectación. También criticamos con ferocidad lo que escribe: pocas virulencias hay mayores que la de un poeta para con otro. Sin embargo, aunque eso sea así no justificado, pero sí explicado por la naturaleza humana y la libertad de expresión, no tiene por qué impedir la solidaridad activa: la ayuda cuando la desgracia se abate sobre quien comparte con nosotros una misma creencia en la palabra, aunque su forma de manifestarla sea diferente; el compañerismo con quien se enfrenta a las mismas asperezas y dificultades de un mundo, el literario, muy cabrón; la mano afectuosa al ser humano que camina a nuestro lado, y que sufre. Quizá esto sea ingenuo o anticuado, pero no quiero pensar que sea imposible.

martes, 11 de julio de 2017

Una velada musical

Félix nos ha invitado esta noche a una velada festivo-musical en su casa. Quiere celebrar su reciente restauración y disfrutar del patio remozado con amigos del pueblo y de otras localidades de la zona. Es, pues, lo que los ingleses llaman una house-warming party, a la que Ángeles y yo llegamos cuando los demás invitados ya han cenado, y algunos –los miembros del grupo que ha constituido Félix con otros amantes serranos de la música popular– se aprestan al canto y la zarabanda. El lugar es espléndido: un amplio patio con columnas y naranjos, cuyo encanto rural ha enriquecido Félix, que intuía su uso jolgorioso, con un bar bien surtido y siempre abierto. El grupo lo forman ocho miembros –procedentes de varios pueblos de la Sierra y hasta del extranjero: Marcel, un mexicano que reside en Hoyos, le aporta dimensión internacional (también viven en el pueblo un inglés y un chino, entre otras nacionalidades: quizá deberían considerar incorporarlos a la formación para darle una proyección auténticamente planetaria)–, pero aquí, hoy, solo hay cinco, suficientes, no obstante, para tocar con dignidad las piezas señeras de su repertorio. Atacan, para empezar, un clásico: «María la portuguesa», que Félix dice que está seguro de que todos conocemos, pero que yo no conozco. De hecho, yo soy un desastre para la música, en general, y para la música folclórica y tradicional, en particular: recordar la letra de una canción, de cualquier canción, es una tarea tan inalcanzable para mí como entender el manual de montaje de un mueble de Ikea, y no digamos entonarla: llego, en el mejor de los casos, a tararear vagamente algún pasaje muy conocido, que recuerdo de las excursiones del colegio –casi mi única fuente de cultura musical– y, en concreto, dado que las hacíamos en autobús, de sus connotaciones automovilísticas: «Para ser conductor de primera, de primera, de primera, acelera, aceleraaaaaaa…», por ejemplo, o «Adelante, hombre del seiscientos: la carretera nacional es tuyaaaaaa…». Pero ahí queda todo. Cantar es algo que me tengo prohibido desde los seis o siete años, cuando sufrí una de las mayores humillaciones de la infancia, de la que aún no me he recuperado. El profesor nos hacía cantar, en grupos, a todos los alumnos de la clase. Yo me incorporé al que me tocaba, y me puse a cantar lo que sonó. Al poco de arrancarnos con el tema, el maestro cortó nuestra actuación con un gesto imperioso y una expresión de infinito disgusto. Entonces dijo: “Voy a ver si encuentro al cuervo”, y nos hizo cantar la misma canción uno a uno. Al llegar a mí, concluyó: “Ya lo he encontrado”. Y ahí acabó mi carrera musical. Desde entonces rumio mi incapacidad sin fisuras para reproducir correctamente –esto es, sin que suene a chirriar de uñas en una pizarra– cualquier nota, acorde o sintonía. Pero a lo que iba: el grupo de Félix acomete, en efecto, «María la portuguesa» con brío admirable, pero cierta falta de conjunción. El resultado, sin embargo, no es despreciable. Como señala Chema, uno de los guitarras, al acabar, han tocado «desafinados, pero con sentimiento». El sentimiento, desde luego, les sobra. Félix aporta una de las voces cantantes y, en ocasiones, el tintineo feliz de la pandereta, ese instrumento tan español que hasta sirve para definir a España. Pero la actuación de Félix podría ser aún más lucida, si viese algo. Se ha dejado las gafas arriba y, sentado en un rincón del patio, donde menos luz hay, se acerca a los papeles y achina los ojos para leer las letras, con escaso éxito. No obstante, suple las limitaciones de la visión con mucha imaginación y no menos entusiasmo. Mili, su mujer, con tenacidad conyugal, lo encarece a que vaya a buscar los anteojos, pero Félix se niega a abandonar el escenario: está entregado a su público. Tras «María la portuguesa», el grupo desgrana canciones serranas, romances mineros, habaneras, corridos mexicanos y el inconmensurable «La muralla», que todos, menos yo, acompañan o, al menos, tararean. Ángel, otro de los miembros de la rondalla, se aplica a la bandurria como un calígrafo japonés al papel de arroz: toca de oído, pero no equivoca una nota. Jorge, veterinario de profesión, sostiene las piezas con una voz elegante y armoniosa, fogueada en las tunas extremeñas, acompañándose también con la guitarra. La única mujer del grupo presente hoy, Raquel, a la que Félix ha llamado «la niña de las gafas», exhibe una voz vigorosa y aflamencada, con la que protagoniza uno de los mayores éxitos de la velada, «A tu vera», interpretada con un desgarro en el que también hay delicadeza. Y no solo su voz es dulce: también lo es su cara. Algunas piezas aún están inmaduras y necesitan ensayarse, como «La bahíaa», una balada muy melancólica de cuya letra solo alcanzo a entender eso, «la bahía», lo que me permite afirmar que se trata de una pieza marinera. En estas ocasiones, con las voces inseguras y los instrumentos sin conjuntar, el grupo de Félix parece más bien el ejército de Pancho Villa (y eso que no está Marcel), pero ello no le resta encanto. Mientras todo esto sucede, circulan los gin-tonic y algún whisky entre la concurrencia, y Ángeles, a mi vera, no deja de canturrear, con expresión de felicidad. Ángeles, a diferencia de mí, es una discoteca ambulante: recuerda la melodía y la letra de las canciones de Adriano Celentano, o del Dúo Dinámico, o de Miqui (no el ratón, sino el cantante calvo), y es capaz de reproducir, sin equivocarse, las ratoniles fanfarrias de los anuncios de neveras o ventiladores de los años 70. Pasada la medianoche, el grupo ha interpretado ya casi todas las piezas que traía hoy en el zurrón, y Chema, a pesar de haber sido el miembro del grupo que con más donaire las ha defendido, se levanta para irse. Félix nos cuenta entonces, con naturalidad, por qué Chema tiene la voz pastosa y quebrada: ha padecido un cáncer de laringe y lengua, y está operado de ambas. La lengua, precisa el propio Chema, está recortada y «hecha un atadijo». Sin embargo, canta, sigue cantando, y suple con pasión lo que el cuerpo le niega. Y, cantando, rezuma alegría: la alegría de estar vivo; la alegría de que la sangre corra por las venas todavía, y de que el sol salga y se ponga cada día, y de que una buena amiga –como nos confiesa ahora– lo esté esperando en Acebo. Chema enfunda, pues, la guitarra para irse, pero Jorge y los demás no están dispuestos a dejarlo marchar impunemente. Empieza aquel a rasguear coplas populares y clásicos de la tuna, como el mítico «Clavelitos», que hasta a mí me suena, y Chema, atrapado por unos acordes que lo envuelven como una telaraña sonora, que lo seducen como el flautista de Hamelín, desenfunda la guitarra como quien desenfunda un subfusil Thompson y acompaña, de pie, incluso bailando, la algarabía general. Y así una y otra vez, con piezas distintas, que Jorge puntea con una sonrisa de amable malicia y a las que Chema responde automáticamente con un acompañamiento encandilado. La juerga ha impregnado tanto a Félix que se va a orinar y lo hace mirando por la ventana del retrete y manteniendo el compás, lo que me lleva a dudar del acierto de la micción: si para un hombre, en circunstancias normales, ya es difícil atinar en el inodoro, mear en movimiento puede ser una catástrofe. Pero esta es su casa y no seré yo quien le diga cómo tiene que aliviarse. La velada se prolonga hasta casi la una, con los invitados con la lengua definitivamente suelta, y Ángel enfrascado aún en la bandurria, y Chema obedeciendo, sin poderse contener, a los dictados de Jorge, y Ángeles silabeando todavía las letras de las canciones más inverosímiles, y yo maravillado de la capacidad de la música, de toda música, para enardecer y dulcificar el corazón de la gente, y de esta reunión de amigos, aunque algunos no nos conociéramos, en este hermoso patio de una casa de pueblo, a la luz fresca de la luna, con dos guitarras, una pandereta y cinco voces entregadas.

jueves, 6 de julio de 2017

Lecturas de verano (1)

Tras cuatro novelas, dos de las cuales aparecieron en la añorada DVD ediciones, José Luis Cancho (Valladolid, 1952) entrega su autobiografía en Los refugios de la memoria, publicado por papeles mínimos, donde ya vio la luz su último libro, Lento proceso, en 2013. Aunque quizá "autobiografía" sea un término excesivo, y resulte más adecuado el de "memorias", una selección de recuerdos cuyo propósito, como el propio Cancho señala en el último y esclarecedor capítulo del libro, no es tanto recrear su pasado, sino "encontrar el punto a partir del cual ya nada podrá ser dicho sobre mí mismo". A veces, y creo que este es el caso de José Luis Cancho y Los refugios de la memoria, un hecho determina la existencia. Al escritor y ahí, in media res, empieza el relato lo torturó la policía de Franco en Valladolid, y la mañana del 18 de enero de 1974 cayó al vacío desde el tercer piso de la comisaría de la ciudad. Él confiesa que dice que cayó al vacío, y no que lo tiraran, porque no recuerda que lo hiciesen. Es lógico: cuatro miembros de la brigada político-social llevaban apaleándolo toda la tarde y la noche precedentes, y en su estado era difícil ser consciente de nada de lo que hacía, o de lo que le hacían, salvo apalizarlo. Desde ese suceso terrible, al que sobrevivió milagrosamente (a costa de pasar seis meses sin moverse de la cama, caminar con muletas un año y penar luego dos en prisión), Cancho desgrana una vida que no ha sido sino "una larga convivencia con la muerte". De hecho, el escritor afirma haber estado muerto: saber qué se siente (porque se sienten cosas) cuando uno está muerto. Lo que no impide una narración inyectada de una vitalidad desesperada aunque discreta, de un bullir apasionado pero estoico. Su gravedad resulta transparente y hasta jovial. No obstante la amargura latente en muchos de sus lances, Los refugios de la memoria se lee sin pesadumbre, como una historia llena de correrías, de ilusiones nacientes (e inevitablemente declinantes), que suscitan incluso la sonrisa. Cuenta la lucha política del joven comunista, por la que fue encarcelado muchas veces y casi asesinado, el desencanto del Partido Comunista de España Internacional, PCE (i), luego convertido en el Partido del Trabajo de España (PTE), y el alejamiento de la militancia en los años de la Transición, y una vida, desde entonces, dedicada a la observación, el vagabundeo y, por fin, la escritura: Cancho, con un título de maestro bajo el brazo, viaja a La Gomera, de donde se marcha antes de que empiece el curso, y, abandonada ya la idea de ejercer como profesor, salta a Hispanoamérica (en Nicaragua le daban un fusil cuando iba a bañarse al río, por si atacaba la contra; en Ecuador estafó varias veces al banco emisor de sus cheques de viaje; y en Bolivia viajaba en el techo de los trenes). Y después, agotada o conocida ya suficientemente la errancia, Cancho se dedica a escribir: una ocupación en la que lleva casi dos décadas (su primer título, El viajero junto al mar, data de 1999) y que quizá haya concluido con este Los refugios de la memoria, en el que vuelve a revelarse una concepción austera pero honda y veraz de la literatura. El autorretrato fragmentario que es Los refugios de la memoria brinca y zizaguea entre las épocas de la vida, y de las preocupaciones que las caracterizan, y narra los hechos con una sobriedad que nunca se confunde con sequedad. La precisión de la prosa y el ritmo ágil en el que la síntesis y la elipsis desempeñan un papel primordial resultan absorbentes: no hay fastos expresivos ni aparatosidades retóricas, sino una cadencia ceñida de actos y reflexiones. Y el lirismo no está excluido: un lirismo, como el resto de cuanto compone el libro, oblicuo y lúcido. Entre o en los capítulos de Los refugios de la memoria que dan cuenta de los sucesos con los que Cancho hilvana la historia, el autor inserta otros en los que enumera, mediante simples yuxtaposiciones, gustos, inclinaciones personales o rasgos de su carácter. Esto leemos en uno de ellos:

Tengo que cambiarme de asiento en los autobuses cuando otro pasajero emite un fuerte olor a cebolla o a ajo o a sudor. Me gusta conversar con otra persona a solas. En grupo tiendo a guardar silencio. Me irrita oír cantar con vibrato. En quince años he publicado cuatro novelas; antes pensaba que eran muy pocas, ahora no estoy tan seguro. No reconozco mi letra: de tanto escribir al ordenador, he perdido destreza para hacerlo a mano. Prefiero la ropa usada. Un mosquito puede amargarme la noche. Me relaja pasear por los cementerios. No he vuelto a entrar en una peluquería desde que era niño. Mi infancia estuvo atravesada por todos los miedos. No fui un niño feliz. El mundo que bullía a mi alrededor era tan descarnado, tan abrupto, que vivía permanentemente anonadado.

Otro libro en el que la memoria es fundamental, es W, publicado por Vaso Roto, de Javier Pérez Walias (Plasencia, 1960), un poeta de dilatada y prestigiosa trayectoria. En él, ahonda en una de las líneas fundamentales de su obra: la recuperación, mediante la poesía, de lo perdido en el tiempo, o, dicho con más exactitud, la recuperación de lo perdido en el tiempo en la poesía. El verso es, pues, pasado resurrecto, reviviscencia de lo extinto, alumbramiento súbito y cordial de lo inalcanzable. W la brevedad de cuyo título concentra todo el sentido del canto, como un núcleo potentísimo que fuese a explotar, y expandirse, en los poemas constituye un recorrido doliente, pero también exultante, por los paisajes de la infancia, por los recuerdos familiares, por el mundo inmaculado, pese a sus muchas manchas, del principio de la vida. Y, así, Pérez Walias se dispone, como nos anuncia en el verso que abre el libro, "a saldar cuentas con los ausentes", el primero de los cuales es su abuelo, Roque Pérez Walias, al que le está dedicado. En las 36 composiciones del volumen, asistimos a un despliegue de motivos y evocaciones, que relatan tanto la intrahistoria de una familia como la del país en el que viven: la muerte de Roque en 1946, de tisis; el sufrimiento por eso que los extremeños han dado en llamar, como otros pueblos emigrantes del mundo, la diáspora; el viejo lavadero de lanas, que hoy subsiste, despojado ya de su antigua función, en el museo Vostell; el de un ford negro del 58; la rayuela y el xilófono de la infancia; los seis hermanos que fueron, y las casas y las calles en las que vivieron; el seminario en el que el poeta estudió algunos años; el hospital antituberculoso en Salamanca. Julio César Galán, en un convincente epílogo a W, señala refiriéndose al anterior poemario de Javier Pérez Walias, Al Qarafa, pero cuya observación puede aplicarse sin extravío a este que supone un "ejercicio de fosilización del instante por medio de la recuperación de la memoria de sus muertos". Y, si bien es cierto que la poesía de Pérez Walias como también se demuestra en Otrora (Antología poética 1988-2014)persigue, en esencia, la conjura de la desaparición de los seres queridos por medio de la palabra poética, "fosilización" tiene una connotación negativa de inmovilidad, de inexistencia que no convienen a W. En W, ese recorrido por la memoria se materializa en un lenguaje a la vez depurado y denso, intensamente metafórico, de ecos gamonedianos y mestrianos, que adopta mayoritariamente la forma del versículo, pero que se prolonga a menudo en fragmentos en prosa que configuran prietas narraciones, nunca exentas de temblor lírico. En W se funden el realismo y la fabulación, los hechos pedregosos de la existencia y el vuelo de la imaginación, estimulada por el alcaloide del recuerdo. En lo descrito sucede lo  mismo que en cómo se describe: los dos extremos de la experiencia poética, la inmersión en la conciencia y el reconocimiento del mundo, conviven sin discrepancia, dando lugar a una poesía turbulentamente equilibrada, a una vorágine luminosa. Pero interesa subrayar la naturaleza taumatúrgica del lenguaje de Pérez Walias: en la fuerza, en la materialidad ardiente con la que se manifiesta en la página, se cifra su poder retrospectivo, su nueva y desesperada convivencia con los que murieron y desaparecieron. El ejercicio es tan antiguo como necesario: a la vida por la palabra; al amor, otra vez, por la poesía. Transcribo el último poema del libro, "Breve tratado para soterrar el olvido":

Con la certeza del hombre que es capaz de apresar un rabo de nube o un ala de mosca en tiempos de bulas papales,
os digo
que deseo de todo corazón que la poesía sea el lecho donde copulen mansas las libélulas, el bosque donde los cascabeles canten como colorines colgados de las ramas con su hueso de oliva en el estómago,
que la palabra sea el muro verde de mi niñez por donde los caracoles treparon.
Os digo
que deseo que la poesía sea el patio blanco de la casa donde el lenguaje salte a la comba, el fuego purificador del trompo con su aguijón de pájaro, el cincel sutil del cantero clavado en el postigo de la luna para colgar el espantamoscas, el taparrabo de Lucifer, el sombrero pálido del hombre que cuida de nuestro jardín y de su cáncer.
Os digo
que deseo que la poesía sea el armario sin luna donde los pájaros no cuelguen de las perchas, donde toda la siembra del universo inmporte al menos una semilla de sésamo porque los pensamientos impuros son como algodón dulce.
Os digo
que deseo que la poesía sea el rincón de mi memoria donde se deposite cada noche, antes de entregar mi cuerpo al descanso, la poca fe en la vida que le quedó a mi padre, el aserrín de los anhelos con que mi madre secó las lágrimas de sus últimos años y el desasosiego insolente por la ausencia de los míos.
Y todo esto
os lo digo a vosotros de todo corazón, y a sabiendas para que ningún alfiler de luz caiga en el costurero hondo,
para que nada, nada de lo que no deba ser olvidado por ninguno de nosotros, se desmorome como se desmorona el amor bajo un cielo cubierto de arena o la brevedad de una violeta en una pequeña tumba junto al mar.