martes, 12 de diciembre de 2017

Ya llega la Navidad

De hecho, hace ya algunas semanas que está aquí. La llegada de la Navidad, o de las estaciones, ya no es asunto de las iglesias o los meteorólogos, sino de los ayuntamientos y las empresas. Los primeros embadurnan las calles de luces; las segundas colman la televisión y los medios de comunicación de anuncios. Todo lo aceptamos con naturalidad: es un rito, una obligación, una costumbre. Y los chirriantes celofanes de la Navidad nos envuelven por todas partes. Ayer me tomé un té en el parador de Mérida, mientras empezaba a leer un libro que me ha recomendado un amigo en cuyo criterio literario confío, Atlas del bien y del mal, de alguien inverosímilmente llamado Tsevan Rabtan, y sonaba un villancico. En mi última visita a Madrid, mi suegro me regaló una participación en un décimo de Navidad (ni que decir tiene que no me tocará, como no me ha tocado nunca nada por azar en esta vida; si lo hiciera, a lo mejor cuelgo el año que viene en el blog un elogio de la Navidad). En las puertas de los vecinos han empezado a aparecer cabezas de Papá Noel, bolas de colores y buruños de espumillón. Y algunos de estos personajes obesos y rojos se cuelgan ya de las ventanas, a pesar de su obesidad y su negación del camuflaje, como ladrones con escalo. Los renos y trineos en este país en el que nunca ha habido renos ni trineos ocupan los escaparates y las esquinas. Y unos conos luminosos feísimos han sustituido a los tradicionales abetos en las plazas de muchos pueblos y ciudades: así se respeta el folclore, pero se indulta a los árboles. También suenan ya los "¡feliz navidad!" en las conversaciones y las despedidas, y los padres con hijos pequeños se aprestan a disfrazarlos y aplaudirles hasta la extenuación en los festivales navideños de colegios y guarderías. La televisión está inundada de anuncios de juguetes, colonias y joyas, y de películas estúpidas. Hasta el 22 de diciembre se sucederán estos almuerzos o cenas de empresa en los que hemos de confraternizar con gente que nos es indiferente o a la que detestamos (y a la que le somos indiferentes o nos detesta). Y luego, hasta el día de Reyes y su roscón, caerán las orgías gastronómicas, devastadoras para los diabéticos y los bolsillos. En Nochevieja nos desearemos, a las órdenes del reloj de la Puerta del Sol, feliz año nuevo, y quizá el nuevo año sea el de nuestra ruina, nuestro divorcio o nuestra muerte. Suele decirse que la Navidad es una fiesta para los niños. Justificamos así nuestra resignada aceptación de este tiempo tan aciago, o quizá el placer que aún nos proporcionan sus penurias y falsedades. Yo recuerdo, sí, la excitación infantil de los regalos y las comilonas, y la sensación de que en Navidad se rompían preceptos y se trastocaban hábitos, sin darme cuenta todavía de que la Navidad era un precepto y un hábito, tan oneroso como inevitable. Compramos con ferocidad. Gastamos porque se espera, se exige, que lo hagamos y porque adquirir cosas nos compensa de otras carencias, más íntimas, tanto si esas adquisiciones son para nosotros como para los demás, a los que encadenamos con nuestra generosidad. Para quienes, como yo, la Navidad no tiene, ni ha tenido nunca, una significación religiosa (tampoco la tiene, sospecho, para la mayoría de los que se declaran católicos, en cuya conciencia el nacimiento de Cristo y la adoración de los Magos se ha diluido en un océano de lejanía y vaguedad, cuando no de sinsentido), no hay otro consuelo que la huida, si es que aún es posible huir. Tengo un buen amigo que se escapa todas las nocheviejas con su pareja a algún lugar del mundo, lejos de los parientes, la alegría prefabricada y los deberes sociales, y se encierra, para pasarla con ella, en un hotel desconocido. Su única concesión a la tradición es descorchar una botella de champán y bebérsela entre los dos, en sendas copas de plástico compradas en un supermercado. Con su exaltación de la familia, ese refugio agridulce, a veces búnker, a veces cámara de tortura, la Navidad remueve el barro de lo perdido: del amor que, como todos, iba a ser para siempre y que se ha acabado; del padre, la madre o el hijo muertos; de quienes íbamos a ser y no somos; de nuestra juventud y nuestro cuerpo irrecuperables. La Navidad, siempre igual, siempre fatídica, evidencia nuestra sujeción al tiempo: nos unce a él. Nuestros gestos, requeridos por los gestos de los demás, se repiten, y todo a nuestro alrededor gira con la cansina determinación de un satélite: ese orbitar nos tranquiliza, a la vez que nos disminuye y hasta nos anula. Las campanadas que despiden el año también nos despiden a nosotros: a los sueños que tuvimos y se han frustrado; al fracaso que nos nutre; a la lenta carrera hacia el fin.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Moraleja

Hoy visitamos Moraleja: hemos de hacer compras y no hay lugar mejor, para ese fin, que el mayor municipio de la Sierra de Gata, aunque no se encuentre en la Sierra de Gata, sino en las vegas del Árrago. Moraleja es una villa de poco atractivo, pero de mucho comercio. De hecho, un gran número de negocios jalonan la carretera EX-109, que la recorre como un gran espinazo, a veces agrupados en extensos parques comerciales. Hacemos parada en una ferretería, donde tenemos que comprar un adaptador eléctrico conservamos algunos electrodomésticos de nuestros años en Londres, con enchufes de tres machos: no es que los hagan así porque sean más machos, sino porque son ingleses. Las ferreterías siempre me han parecido unos lugares misteriosos, llenos de objetos arcanos, que a veces guardan un inquietante parecido con instrumentos de tortura: sierras, mallos, punzones, tenazas. Y los propósitos a los que sirven y los mecanismos por los que funcionan no me resultan más inteligibles. Cuando le preguntamos al dependiente un hombre joven, enfundado en un chaleco de camuflaje, como si fuese a salir a cazar ciervos, y unas botas de las que calzan los exploradores del Kalahari por el adaptador que necesitamos, nos ofrece una amplia gama cuyas diferencias, salvo el tamaño, somos incapaces de discernir, pero que él distingue con la precisión de un entomólogo. Elige uno que nos parece pequeño, pero que él juzga adecuado: "Es de 10 amperios, lo que corresponde a 2.300 vatios", responde eléctricamente, y nunca mejor dicho; y remata: "Suficiente". Ha dicho diez amperios y 2.300 vatios, pero, si hubiera hablado en serbocroata o formulado un apotegma de la Escolástica, no lo habría entendido menos. Este hombre es poseedor de un saber oculto: es un iniciado, un visionario. Yo tengo por los ferreteros un respeto reverencial. Nos acercamos después a un centro de venta de materiales de construcción, en las afueras de la ciudad, en busca de un mueble auxiliar de baño. Aquí fue donde pasamos muchos días de gloria cuando se estaba construyendo nuestra casa en Hoyos: llegábamos por la mañana y nos quedábamos hasta la noche decidiendo qué suelo queríamos en cada baño, qué materiales preferíamos utilizar en la cocina, qué grifería nos gustaba y qué tipo de madera cuadraba mejor con la piedra de las paredes, entre un número mareante de dilemas semejantes. Ah, qué gozo, qué recuerdos. Aquí fue también donde, en una de nuestras visitas, y cuando ya llevábamos muchas horas examinando tuberías, azulejos y persianas, decidí darme un descanso apoyándome en una pared de la sala de exposición. Era una falsa pared. Y al otro lado había un lavabo. La explosión del lavabo resonó en todo el establecimiento, que es un enorme almacén en el que cabría un boeing. La dependienta la misma que nos ha atendido hoy: mi cara le sonaba, pero no recordaba de qué me disculpó (y no me cobró el destrozo). Ángeles me miró con resignación conyugal, que es una de las más angustiosas formas de resignación, y me empujó resueltamente a la puerta. Nuestro día de compras prosigue, esta vez sin destruir nada, hasta la hora de comer. Decidimos hacerlo en un restaurante popular cercano. En la puerta de entrada se anuncia una próxima "subasta de novillos limusines". En el bar, sendos escudos del Barça y del Madrid revelan la ecuanimidad de los propietarios. Ya en el restaurante, los gritos de "¡carrilleras!" de las camareras al grupo de jubilados que está almorzando locuazmente en la terraza cubierta reciben respuestas entusiastas: "¡Aquí, aquí!", aúllan unos y otros. La aceleración con que las mozas sirven los platos perdura hasta nuestros cafés: el cortado que ha pedido Ángeles aterriza delante de ella con mucha salpicadura en el platito y alrededor del platito. Concluido el ágape, y como las tiendas no reabren hasta las cinco de la tarde, decidimos hacer tiempo paseando por la ciudad. Volvemos al centro por la EX-109, que en el casco urbano toma el nombre de avenida Pureza Canelo la hija más conocida, probablemente, de Moraleja, poeta y premio Adonáis. En esa misma avenida se encontraba la casa familiar de Pureza, una hermosa construcción decimonónica, con un zócalo de azulejos en la fachada, barbada de hiedra, y una entrada neorrenacentista, en la que la poeta se retiraba todos los veranos a escribir, pero que fue derruida, inverosímilmente, hace algunos años. Asombra que uno de los escasísimos edificios de interés con que contaba la ciudad se dejara perder. En su lugar, hoy no hay nada: una nada circuida por una tapia con un cartel de "se vende" de una agencia inmobiliaria. Desde allí nos acercamos a la plaza de España, donde se encuentran el ayuntamiento y la iglesia de Nuestra Señora de la Piedad, grande, ocre y austera. En uno de sus muros se acaba de instalar una placa con unos versículos de la primera Epístola a los Tesalonicenses (5, 15): "Mirad que ninguno dé a otro mal por mal; antes seguid lo bueno siempre los unos para con los otros, y para con todos". (El texto que figura en la inscripción no usa estas palabras, sino las de otra traducción; yo hago constar la versión de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, la mejor que se ha hecho nunca de la Biblia). Estoy de acuerdo con el mensaje, que, de hecho, transmite uno de mis escasos, pero firmes, principios morales: "no hacer daño". Pero sorprende que el mismo Dios que disponía plagas, arrasaba ciudades y destruía tribus en el Antiguo Testamento predique en el Nuevo el bien universal. Me alegro de que se haya reformado, pero podría haber aplicado sus propias enseñanzas un poco antes: los cananeos y los sodomitas, entre muchos otros, se lo habrían agradecido. Más allá de la plaza de España se encuentra otro de los pocos edificios singulares de Moraleja: la Casa de la Encomienda, un caserón fortificado construido del s. XIV, sede de la Orden de Alcántara y alojamiento, en una de sus visitas a la región, del rey Felipe II. Yo la recordaba, de una visita anterior, agraciada y entera, pero hoy más bien parece amenazar ruina: el techo, de teja, se ha caído en un ala, y el abandono carcome la estructura. De hecho, en una esquina se han puesto vallas para que la gente no pase y se arriesgue a que le caiga un cascote en la cabeza. Compruebo, una vez más, que la memoria es creativa: en mi recuerdo, la Casa de la Encomienda era un lugar grave, pero seductor, ennoblecido por la historia. Hoy descubro que sigue siendo grave, gravísimo, pero que ya no seduce, y que la nobleza de la historia se ha convertido en la plebeyez del presente. Justo delante de la Encomienda, el ayuntamiento ha levantado la Casa de Cultura, un edificio desairado y carísimo. Y nos preguntamos por qué no ha preferido hacerse con el viejo caserón de Alcántara, restaurarlo e instalar allí la biblioteca municipal y demás dependencias culturales. Paseamos un rato por los amenos alrededores: cruzamos el fino puente medieval; vemos el rollo picota, un pentafinio que delimitaba la jurisdicción y el territorio moralejano desde el s. XVII, y que hoy es un monumento venerable, pero en su época proyectaba una sombra ominosa sobre propios y extraños en el rollo se sometía a escarnio público a los reos y en sus cuatro ménsulas laterales se colocaban las cabezas de los ajusticiados; y recorremos los senderos del parque fluvial, feamente jalonados por bancos rojos en cuyos respaldos se han inscrito frases o versos aleccionadores: "Bienvenida sea la risa, que siembra la alegría allí por donde pisa", dice Gloria Fuertes; "no quiero que pienses como yo, quiero que pienses", sostiene Frida Kahlo. Me suenan a manual de autoayuda. De regreso ya, cruzamos la carpa que el ayuntamiento ha instalado en el centro para que el comercio local exprima hasta las heces las fiestas de Navidad y nos asomamos a la librería Neruda, que se sigue llamando librería (en el rótulo que tiene en el stand de la carpa se lee: "Neruda, libros y mucho más") aunque los libros solo ocupen ya un rincón apenas visible de sus estantes. Neruda es, en realidad, un gran bazar, en el que se pueden comprar desde maletas a objetos de decoración. El compromiso de su propietaria, la amabilísima Olivia, con la literatura y la cultura la llevó a abrirla en los 80, pero con el paso de los años ha descubierto que los compradores de libros que pueda haber en una población de menos de 7.000 habitantes como Moraleja no dan para vivir; de hecho, no dan ni para tomarse un café. Así que a Olivia no le ha quedado más remedio que ampliar el negocio para sobrevivir, y de aquella pasión primera por la literatura ya solo subsisten algunas baldas y un par de expositores con un puñado de best sellers, algunos libros de autores locales sobre temas locales y una sección de ofertas, entre las que siempre rebusco y hoy doy con Tormentas, un libro de Liborio Barrera, cuyos diarios hemos publicado hace poco en la Editora Regional de Extremadura. Me lo quedo, por 4,5 euros. Sin embargo, pese a la exigüidad de la oferta literaria de Neruda, es una de las pocas librerías extremeñas que tienen a la venta libros de la Editora. Hoy veo África, azul perfume, un poemario de Pilar Fernández, y se lo agradezco a Olivia de corazón. Todo son pecios de una pasión que la realidad ha resquebrajado, pero que aún subsisten en el piélago del desinterés general por la poesía y el arte. Nos vamos ya, no sin antes pasar por una farmacia. Me atienden lúgubremente: el SES está trasteando con el sistema informático ("¡en pleno puente!", se lamenta la farmacéutica) y los ordenadores no pueden leer las tarjetas sanitarias para dispensar los medicamente que se precisen. No obstante, lo comprueba una vez más y da saltos de alegría cuando ve que el sistema está operativo, al menos de momento. A la carrera, para no perder la conexión, me entrega y me cobra lo que necesito. Ningún boticario me ha atendido nunca tan rápido.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Recuerdos y litigios de Villanueva de Sijena

Hace muchos años, cuando no era más que un mocoso, viajé con mi padre al monasterio de Villanueva de Sijena. El lugar estaba muy cerca del pueblo natal de mi madre, Chalamera, una aldea del Bajo Cinca famosa si es que se puede utilizar este término para calificar a una población de no más de cien habitantes en invierno por haber sido el destino ideado por algún cráneo privilegiado del franquismo para albergar una central nuclear (aprovechando la paradójica condición de lugar desértico se encuentra en las estribaciones de Los Monegros y bien surtido de agua por la confluencia de los ríos Cinca y Alcanadre; contra aquella central cantó el mítico, y entonces joven, José Antonio Labordeta, y los que éramos críos en aquellos años nos pasábamos el tiempo tarareando el "Romance de Chalamera", que nos hacía sentir importantes y subversivos) y también el pueblo en el que naciera Ramón J. Sender, uno de los mejores narradores españoles del s. XX. A mi padre un hombre de campo, a pesar de haber nacido y vivido siempre, salvo algún tiempo en la Guerra Civil, en Barcelona le gustaban aquellas tierras, tan agrestes como desafiantes, y siempre que podía se perdía por las breñas y ripas de la comarca. También le gustaba que yo lo acompañara, para así ejercer su magisterio conmigo: mi padre tenía cierta vocación pedagógica (y escénica), fruto de su sedicente condición de intelectual, aunque nunca fuese más que un vendedor, y mi madre y yo éramos, no sus únicos, pero sí sus más asiduos destinatarios. Mi madre, no obstante, había desarrollado con los años una admirable capacidad para zafarse de las lecciones conyugales: volvía los ojos a lo que estuviera haciendo, soltaba un bufido y, si con eso no había sido suficiente, se ponía a hablar de cualquier cosa con dedicación de orador, ella, que era más bien callada. Solo quedaba yo, pues, como alumno de mi pobre padre, que se esforzaba por transmitirme los conocimientos trompicadamente adquiridos en décadas de lecturas antifranquistas y desordenadas. Fuimos, como decía, al monasterio de Villanueva de Sijena. No recuerdo nada del viaje en sí, ni del hostal o pensionceja en el que nos debimos de alojar, pero sí de las muchas horas que dedicamos a contemplar el monasterio y a pasear por los alrededores. Una imagen perdura sobre todas en la memoria: la ruina del interior del cenobio. Los muros y contrafuertes exteriores, medievalmente recios, resistían todavía, incluso con donosura, pero la iglesia y las dependencias interiores eran pasto de la devastación y las palomas. Las palomas habían colonizado aquellas ruinas: llenaban los arcos, que ya no sostenían nada, las crestas de las bóvedas caídas, los restos de techo del ábside y las capillas. Estaban por todas partes, y todo lo tapizaba su guano: una membrana blanquinegra y pulverulenta, de olor ácido. Las palomas que el Evangelio ha encumbrado como mensajeras de la paz, pero que no son sino ratas aladas revoloteaban con fiereza y, cuando se tranquilizaban, se nos quedaban mirando, desde sus atalayas horizontales, como un ejército en formación. Parecía una escena de Hitchcock. Desde sus tiempos de esplendor medieval, en que acogió, en vida y una vez muertas, a hijas de nobles y reyes de la Corona catalanoaragonesa, el monasterio había atravesado trances adversos, como las sucesivas desamortizaciones del XIX y, sobre todo, el incendio y la destrucción causados, al principio de la Guerra Civil, por milicianos anarquistas que algunas fuentes dicen de la zona (en cuyo caso espero sinceramente que mi abuelo no estuviera entre ellos), pero que los lugareños insisten en identificar como "catalanes". La imagen románica de la Virgen, icono del monasterio, sirvió para encender una estufa. Sin embargo, el franquismo había hecho mucho por recuperar los templos y bienes de la Iglesia dañados por las salvajadas de la guerra y restituirlos a su situación de preeminencia o, por lo menos, de normalidad. Sijena, empero, no se había beneficiado de ello. La larga situación de dejadez culminó en el abandono del monasterio, en 1970, por parte del puñado de monjas sanjuanistas que aún vivían en él, que se trasladaron a Valldoreix, cerca de Barcelona. Pocos años después de su partida, visitamos mi padre y yo lo que quedaba del monumento. Y allí nos encontramos también a un joven de Barcelona que pintaba al óleo las portadas, columnas y capiteles supervivientes. Mi padre, que hablaba con todo el mundo, no dejó de hacerlo con él. Y así supimos que se trataba de un veinteañero inquieto, de múltiples aficiones, que no le hacía ascos a viajar solo, ni a plantar el caballete donde creyese mejor, cuando algo atraía su atención. También enseñaba rudimentos de grafología a quien quisiera aprenderlos y, algunas semanas más tarde, yo mismo acudiría a una de esas sesiones, impartida por él, en mi propio colegio. Era, sin duda, un tipo singular, del que, después de aprender que el punto de la i indica la inteligencia y el palo o rabo de la g (ya no recuerdo si se llama así; en cualquier caso, lo de rabo me parece muy apropiado), la personalidad sexual del individuo, nunca más volví a saber. Pero en la memoria quedaron aquellas conversaciones de una tarde oscense, entre zureos y excrementos de palomas y aromas de tomillo y romero excitados por un sol furioso, a la sombra de los muros ocres y derrotados, pero aún erguidos, del monasterio. El monasterio de Villanueva de Sijena vuelve hoy a ser noticiaaunque el litigio dura ya dos décadas por la reclamación de algunos bienes del cenobio que las monjas de San Juan vendieron a la Generalidad tras su traslado a Cataluña. Al parecer, los tribunales han declarado nula esa venta y, en consecuencia, ordenado que los bienes vuelvan a su lugar de origen. La historia puede ser interminable, porque las religiosas de Sijena fueron vendiendo las obras de arte que las rodeaban a lo largo del s. XX, y aun antes, como quien empeña las joyas de la abuela, para subvenir a sus crecientes necesidades, que ya no podían atender con el cepillo de la iglesia ni con los donativos de los feligreses. Suya es, pues, en última instancia, la responsabilidad de la dispersión del riquísimo patrimonio del convento. No discrepo del principio de que las obras de arte y objetos patrimoniales deban estar en el lugar en el que surgieron o fueron creados, y más si los negocios jurídicos que los han llevado a donde se encuentran ahora no son válidos, aunque debería procurarse que ese principio se aplicara por igual en todas partes y en todos los pleitos. Por eso mismo y con más razón aún, puesto que había sido consecuencia de un expolio manu militari era de ley que los documentos de las administraciones y los particulares catalanes incautados por las tropas de Franco y depositados en el Archivo Histórico de Salamanca fuesen devueltos a sus legítimos propietarios, como en efecto se hizo, tras un enconado conflicto. Pero la justicia exige que se compensen los gastos en que se haya incurrido para restaurarlos y preservarlos (y hasta salvarlos: Josep Maria Gudiol i Ricart, miembro de la unidad de recuperación del patrimonio de la Generalidad republicana, viajó a Sijena para evaluar los destrozos hechos por los anarquistas y pudo rescatar restos no del todo carbonizados de las pinturas de la sala capitular y trasladarlos luego a Barcelona, donde fueron restaurados: desde hace muchos años ya, se exhiben en una de las salas principales del Museo Nacional de Arte de Cataluña). Dictada una sentencia firme, y acordadas las reparaciones procedentes, nada debe impedir la devolución de los bienes a sus legitimos titulares.