domingo, 31 de diciembre de 2017

Un paseo navideño por Barcelona

Viajar en metro es algo irrelevante, que los urbanitas hacemos sin apenas darnos cuenta. A veces, sin embargo, se convierte en una sucesión de pequeñas sorpresas, como metáforas en un verso figurativo. Cuando voy a comprar una T-10 en las máquinas de la estación, el aparato no me deja introducir la tarjeta del banco. No sé qué pasa. Lo intento y lo vuelvo a intentar, pero no puedo. Hasta que caigo en la cuenta: el anterior usuario se ha dejado la suya en la ranura del expendedor, es decir, le ha pasado lo que tantas veces he tenido miedo de que me pasara a mí, despistado hasta la médula como soy. La tarjeta olvidada es de La Caixa y su titular, un tal Joan Font Torres (Joan: si me estás leyendo, quiero que sepas que he lamentado mucho lo que te ha pasado, que no me he aprovechado de tu olvido, y que he entregado la tarjeta a la taquillera de la estación de Rocafort). Cuando, ya en el andén, voy a subirme al metro, bajan del vagón media docena de africanos con sus fardos montuosos a la espalda. Hay mucho trajín de manteros por todas partes. También para ellos es temporada alta. Los productos falsificados con los que se benefician de la miseria de las mujeres o los niños chinos que los fabrican y evitan ellos la indigencia encuentran fácil salida entre quienes tienen poco dinero para los regalos de Navidad, pero muchas ganas de quedar bien con parientes y amistades. Llego a la plaza Cataluña y me entretengo en la plazuela hipóstila que da a las Ramblas hojeando los libros de poesía de un puesto que ha montado aquí una ONG. Entre la basura que suele acumularse en estos chiringos callejeros, en la que predominan los best sellers, descubro una Segunda antolojía poética, de Juan Ramón Jiménez, en bastante mal estado. Pero la fecha de publicación es 1920 y no hay signos de que no sea una primera edición. Me cuesta creer que una primera edición de ese libro capital haya acabado en este albañal y que, al alcance de cualquiera de los miles de transeúntes que pasan por este lugar cada día, siga aquí. Aunque lo que debería sentir no es incredulidad, sino tristeza: precisamente que ninguna de los miles de personas que han estado cerca se haya interesado por él, o ni siquiera lo haya reconocido, es un indicio elocuente del lamentable estado en el que se encuentra la poesía como hecho cultural y bien público. Verifico en Google la enciclopedia británica de la modernidad, que se trata, en efecto, de la primera edición (publicada en 1922, en realidad, aunque la fecha que conste en el volumen sea 1920) y la compro por tres euros, junto con sendas ediciones chilenas (de la editorial Moderna, en la calle Monjitas, de Santiago) del Romancero gitano (con un ex-libris de Francisco Oliveros, de Montevideo: el libro, sin duda, ha viajado mucho) y Yerma, de García Lorca. Ninguna tiene fecha de edición, pero deben de ser de los años 40. Cada una me cuesta un euro. El triple hallazgo confirma uno de los principios por los que, como lector e incipiente bibliófilo, me gobierno, más inflexible que cualquier otro: hay que mirar en todos los puestos de libros, por cutres que sean. El estand más infame puede contener una joya. En amontonamientos arrabaleros he encontrado primeras ediciones de Manual de espumas, de Gerardo Diego, y Descripción de la mentira, de Antonio Gamoneda, entre otros títulos fundamentales. Paseamos ahora por las Ramblas, invadidas por turistas y ociosos navideños. Abriéndome paso con abnegación por entre el gentío, siento ramalazos de turismofobia. Los venzo, no sin esfuerzo, pensando que yo también he nutrido, y sigo nutriendo, las filas del turismo en muchos lugares del mundo. A la marabunta de guiris, que convierten este otrora familiar paseo en un océano de cuerpos sudorosos (estamos en diciembre, pero hace calor), se suman los innumerables vehículos que vuelven tortuosa la caminata: bicis (que pitan para que te apartes), rickshaws, que pasan a toda velocidad, como si estuviéramos en Bangkok, patinadores, sedgeways, skaters. Y todo esto sucede en la acera. En uno de los raros momentos en los que podemos levantar la vista sin riesgo de ser atropellados, observamos en un balcón del Museo Erótico a una modelo publicitaria vestida de Marilyn Monroe meneando la falda y enseñando las bragas. Por suerte, no hace frío. Cerca, junto a la iglesia de Belén, un minusválido hace caricaturas de los paseantes con los pies. También a él le conviene esta temperatura. Algo más allá, una estatua viviente se ha disfrazado del monstruo de Alien, con babas de plástico y todo, y le acaricia la cabeza a una mora que ha accedido a fotografiarse junto a él con el pañuelo bien calado. Hacemos un alto en el camino para tomarnos un chocolate con melindros en el Café de la Ópera, uno de los más antiguos de la ciudad, justo delante del Liceo. Se inauguró en 1929, y sigue regentado por la misma familia que lo abrió. El café, restaurado en varias ocasiones, conserva, no obstante, el aire vienés de sus orígenes y parte de la decoración original: espejos, molduras, medallones con figuras de mujer. Ya no es centro de reunión homosexual, como fue en los 80 y 90. Recuerdo haber visto una noche a un joven alto y desgreñado meterse deprisa en el baño, que entonces estaba en la planta baja, con una larga hinchazón bajo los pantalones rojos y ceñidos. Salió sin ella. Seguimos el paseo hasta el Moll de la Fusta (el Muelle de la Madera), en cuyo centro se alza una rotunda estatua del poeta Joan Salvat-Papasseit, futurista y ácrata, que trabajó aquí como vigilante nocturno (sería interesante hacer una antología de poetas seguratas: a falta de mayor investigación, se me vienen a las mientes algunos de los posibles antologados: el propio Salvat-Papasseit, Elías Moro, Vicente Gallego, Roberto Bolaño, Pere Gimferrer, que fue policía militar en Palma de Mallorca, y yo mismo, que serví a la patria en el Servicio de Vigilancia del CIR de Rabassa, en Alicante, cuando hice la mili) y que murió de tuberculosis a los 30 años, después de escribir uno de los libros más hermosos de la vanguardia, y de toda la poesía contemporánea, El poema de la rosa als llavis (El poema de la rosa en los labios). Delante de Salvat-Papasseit se apiñan los lujosos yates del puerto deportivo y el airoso pailebote Santa Eulalia, de tres palos, construido en 1918, inmóvil en las aguas verdes y tranquilas de la dársena. Al otro extremo del Moll de la Fusta ha instalado su carpa el circo Raluy, uno de esos circos que han sobrevivido a los tiempos y siguen desplegando su anacrónico encanto (o su lobreguez) en estos tiempos animalistas y digitales. Volvemos al Raval por la basílica de la Mercè, que Ángeles nunca ha visitado. Recorremos su nave rococó hasta el camarín de la Virgen, que sostiene al Niño en su regazo, ambas elegantes tallas de madera, en las que refulgen el cetro, el orbe y las coronas que simbolizan la majestad de Dios en la Tierra. Fuera, huele a porro. Especialmente en la calle Avinyó, la de las señoritas de Picasso, que en realidad eran putas. (Picasso era un gran putero, como tantos otros exquisitos artistas de su tiempo y de todos los tiempos). No sé si quedan burdeles aquí, pero es indudable que perdura cierta bohemia, al menos la amante del cannabis. En un bar sirven leche de pantera. Otro local es un seed center: vende semillas. La calle Avinyó acaba en la de Ferran, que a su vez conduce a la plaza de Sant Jaume. Este año el belén que siempre se instala en ella es elevado: las figuras, luminosas, se alzan sobre postes metálicos, como enormes chupachups. En la fachada del ayuntamiento cuelga un lienzo con un lazo amarillo. Yo ya no soy vecino de Barcelona, pero, si lo fuera, me ofendería ese partidismo sectario: en España no hay presos políticos, sino políticos presos por actos supuestamente delictivos, y que los jueces decidirán si lo son: destruir propiedad pública, amenazar y coaccionar a funcionarios, malversar caudales públicos, entre otras conductas no ideas sancionables. Calificar como "presos políticos" a los encerrados en Estremera es insultar a los verdaderos presos políticos, a los golpeados y torturados, a los detenidos, juzgados y condenados sin garantías, en un Estado dictatorial, por defender principios y valores democráticos. Seguimos por la calle del Bisbe Irurita hasta el claustro de la catedral, que no es, ni mucho menos, uno de mis favoritos, porque le falta la austeridad y el recogimiento que asocio con ese lugar de meditación (los niños gritan al reconocer las figuras del belén, de tamaño natural; los padres discuten sobre si comprar un cirio o una postal; las ocas y los turistas graznan). Pero Ángeles quiere verlo otra vez, y yo accedo a esquivar a las muchísimas personas que han tenido la misma idea que ella para complacerla. Cuando vamos a entrar, una señora de las que salen, muy mayor, tropieza, cae y se deja los dientes en un escalón de piedra. La levantan entre varios, porque las señoras muy mayores que se han caído son lo que más se parece a un saco de hormigón que conozco. El percance es otro milagro inverso: la adversidad que dispone Dios para quienes acuden a reverenciarlo. Otras veces manda un terremoto o una tormenta, se desploma una iglesia y mueren 200 feligreses. En esta ocasión, el percance es menor, aunque a la damnificada le costará un pico en el dentista, pero la razón es la misma: el amor de Dios. Nos recuperamos del guirigay claustral (y claustrofóbico) en la vecina plaza de Sant Felip Neri, una de las más recoletas de la ciudad, en la que, no obstante, hay mucha más gente de lo habitual, incluyendo a los parroquianos de una terraza recién inaugurada y a un africano que toca la guitarra (mal) en la fuente. Las paredes de la iglesia que da nombre a la plaza se han conservado tal como quedaron tras el bombardeo de la aviación franquista el 30 de enero de 1938: agujereadas de metralla. La explosión mató a 42 personas, la mayoría niños, que se habían refugiado en los sótanos del templo. Los italianos al servicio de Franco martirizaban Barcelona desde Mallorca, donde tenía su base la Aviazione Legionaria, y ese infausto día cometieron una de sus fechorías más recordadas. Continuamos la paseata por la plaza de la Catedral, donde curioseamos, sin verdadero interés, por el mercadillo de antigüedades que se instala en ella todos los años por estas fechas, y luego entramos en la tienda del colegio de arquitectos de Barcelona, cuyo friso luce un espectacular grabado de Picasso, y en la que tampoco compramos nada, pero que nos permite constatar que Gaudí cotiza al alza y Dalí, otrora santo y seña de la catalanidad artística, y el propio Picasso, a la baja: donde el primero ilustra libros, cuadros, calendarios, maquetas y tazas, los otros dos no aparecen sino en rancias agendas, en un rincón de la tienda. La última visita del día es a Stock Llibres, una librería de viejo de la calle Comtal en la que suele haber (o, al menos, solía: hace años que no he entrado) buenos títulos a la venta, y asequibles. Esta vez doy con una Guía de Extremadura, de 1961, de Miguel Muñoz de San Pedro, conde de Canilleros, y con un número especial de Cuadernos Hispanoamericanos, de 1981, dedicado a Juan Ramón Jiménez. Cada uno vale 20 euros. No me decido a comprarlos. La cartera, víctima asimismo de las Navidades, está exprimida y llevar los dos tochos a Sant Cugat me supondrá un esfuerzo para el que, después de toda una tarde caminando, no estoy preparado. Y volvemos, en efecto, después de comer una pizza solo pasable en un local de la Via Laietana. Al llegar a casa, reparo en una reciente pintada en una casa cerca de la nuestra: "Viva España", dice. Así, a palo seco.

3 comentarios:

  1. Vuestro paseo por Barcelona ha sido como el 2017: sorprendente y caótico y como el 2018 me parece que pinta igual, aprovecho para desearte un feliz 2019.

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  2. Me gustaría poder ser tú, sí, aunque solo fuera por un día. Tener esa capacidad de engullir, percibir minuciosamente todo lo que te redodea y saberlo transformar en palabra. ¡Qué descripción has hecho!
    ¿Sabes? A mí también me da muchísima pena encontrarme libros a precio de una simple braga de mercadillo; y lo peor es que las bragas sí que las buscan y miran con una dedicación innecesaria: son todas horribles.

    Gracias por el paseo por mi admirada Barcelona.

    Un abrazo grande.

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