martes, 21 de marzo de 2017

Escrito con luz

La Editora Regional de Extremadura acaba de publicar Escrito con luz, un libro de fotografías de José Antonio Marcos, con poemas de Javier Pérez Walias. Es un libro singular, y no solo por la alta calidad tanto de sus imágenes como de sus textos y, si se me permite añadir, también de su edición, sino porque demuestra cómo un libro sobre el paisaje de Extremadura puede convertirse en un objeto artístico, sin dejar de exhibir pero enriquecido o, mejor, transformado por la mirada del creador el paisaje de Extremadura. El fotógrafo y el poeta tuvieron la amabilidad de invitarme a prologar el volumen con una breve introducción sobre ese hecho la mirada creadora y la mutación artística y sobre esa realidad, la tierra que nos rodea. Y este fue el resultado, ahora felizmente incorporado al libro.

Mucha gente, incluso mucha gente letrada, cree que un poeta es alguien que escribe. Se equivocan: un poeta es alguien que mira, alguien que sabe mirar. En ese solo y prodigioso hecho radica su esencia de creador. Los versos, si han de venir, vendrán luego, y serán una adición –esencial, pero adición– más o menos afortunada. El poeta escudriña la realidad hasta encontrar el objeto óptimo de la mirada: ese fragmento del mundo, el tiempo o la conciencia –si es que no son lo mismo– que, en cada circunstancia de la vida, define la realidad y lo define a él mismo. Pero el poeta no busca como un aventurero, o como un pescador que lanzase la red de la percepción al ancho mar de lo existente para dar con un objeto sumergido y precioso: el poeta sabe lo que va a encontrar antes de haberlo encontrado; el poeta da con las cosas antes incluso de que las cosas existan; el poeta, si tiene ojos, tiene el poema sin tener aún las palabras. Su intuición lo conduce a crear lo mirado en el acto de mirar. Y, una vez lo ha hecho, él –y todos– reconocemos que eso que ha inventado, no lo ha inventado: que existía antes de él, y que existe gracias a él.

Eso hacen, en este libro, José Antonio Marcos y Javier Pérez Walias: crean un paisaje que ya existía. El primero lo alumbra con imágenes y el segundo, con versos. Si hubiéramos de informar al inadvertido, diríamos que ese paisaje es el de Extremadura –y, en muchas ocasiones, el de la Sierra de Gata–, aunque, en realidad, ese paisaje sea el suyo, el de ambos, el de todos, enraizado –o encarnado– en el paisaje de Extremadura. Los dos son legatarios de la modernidad artística: no exponen la naturaleza como se ve, sino como ellos la ven. Las fotografías y los poemas que aquí se han reunido no aspiran a ninguna objetividad, sino solo a materializar una visión y testimoniar un diálogo: entre el yo y lo otro, entre el adentro y el afuera, entre quien mira y lo mirado. Si son un documento, lo son solo de sí mismos: del vigor y la acuidad de sus hechuras, y de su tumultuosa pero exacta entraña expresiva.

Las instantáneas y los versos de este libro acotan un mundo –o varios– dentro del mundo. Fuera quedan otros, muchos más. Las artes visuales y la poesía comparten la disección que practica la mirada y sacrifican –pero sacrifican jubilosamente– lo informe e indeterminado a la integridad de lo dicho, esto es, de lo nacido en el instante mismo de decirlo. Su presencia es una afirmación de la vida, aun turbulenta o desapacible, frente a la incertidumbre de lo ajeno, de lo indistinto, de lo inmirado. Esa afirmación congela el tiempo –en la palabra, en la imagen– y nos rescata de él. Esa contemplación que nos construye, nos consuela. La realidad ya no es un lugar inhóspito, sino el espacio benigno que hemos cartografiado con nuestro hacer. Otros pueden visitarlo también: nuestra conciencia se ha vuelto cuerpo, cuerpo de las cosas, cuerpo de las palabras y las representaciones que hemos alumbrado, y con las que gritamos que lo que nos rodea existe, y que también nosotros existimos, y que, aunque muramos, ese cuerpo, frágil, desvalido, sometido a todas inclemencias del mundo, seguirá abrazado al mundo.

viernes, 17 de marzo de 2017

Los aforismos de la isla

Aunque el aforismo es un género muy antiguo Hipócrates fue el primero en utilizarlo, no ha conocido demasiadas épocas de prosperidad. El barroco tardío y el Siglo de las Luces, con su cultivo del saber y la razón, fueron, probablemente, sus momentos más gloriosos, sobre todo en manos de los moralistas franceses, sus más conspicuos practicantes, que lo enriquecieron y también deformaron con un sabroso toque sarcástico, que se abandonaba a menudo, felizmente, al cinismo. Desde el s. XVIII, el aforismo quizá no había conocido un éxito mayor que en la actualidad, propiciado, según los expertos, por las formas de comunicación digital que potencian, y hasta exigen, la concisión y condensación que lo definen. Acaso sea verdad: de unos años a esta parte, los aforismos florecen por doquier, como también han hecho los haikus. La posibilidad de una comunicación inmediata, la fragmentación de los discursos y la cortedad del tiempo han estimulado los mensajes sin otra construcción que su síntesis, sin más forma que su microscopía. Pero la sencillez del aforismo es solo aparente: un buen aforismo ha de reunir laconismo e ingenio, o algo más que ingenio: esa gracia extraña, esa lucidez afortunada, que redondea y a la vez sutiliza el pensamiento. La fusión de parquedad y tino, sin las apoyaturas del discurso, lograda solamente con un fogonazo certero, es muy difícil de conseguir. El aforismo, además, ha de evitar al mismo tiempo la tentación de la prolijidad y, como decía Borges, la charlatanería de lo breve. Si estos requisitos no se cumplen (y lo normal es que no se cumplan), encontramos lo que tanto abunda en las redes sociales y en no pocos libros de la especialidad: memeces abisales exabruptos o futesas, aunque, eso sí, muy escuetas. Las recopilaciones de aforismos tiene otro peligro: que se multipliquen hasta diluir sus perfiles, y que acabemos leyéndolos como quien come pistachos. 

Traigo hoy aquí tres buenos libros de aforismos, que revelan distintas maneras de abordar el género, todos ellos publicados en la colección ad hoc de La Isla de Siltolá, por la que también han pasado otros autores destacados en la materia, como Isabel Bono y Elías Moro.

El primero es Lunáticos, de José Ángel Cilleruelo (Barcelona, 1962), uno de nuestros mejores polígrafos: novelista, poeta, crítico, ensayista, bloguero, traductor y ahora también aforista. Sus creaciones son sustancialmente líricas: instantes brevísimos, escenas fugaces, impresiones captadas al vuelo, quedan plasmados en textos que se acercan o se parecen mucho a poemas: casi podríamos llamarse afolirismos. Hay 365, numerados correlativamente: tantos como días tiene el año. No es extraña esta articulación matemática, a la que Cilleruelo es proclive. El sostén aritmético cimienta y acicatea la creación, y da un sentido de conjunto a lo alumbrado; aún más: rescata al tiempo de su irrecuperable fluir: "Trato de amarrar cada jornada al noray de un aforismo...", nos dice Cilleruelo en el 242 (y remata, burlón: "...pero al cabo pierdo dos barcas"). De hecho, el paso del tiempo, en sus diferentes manifestaciones, está muy presente en estos aforismos lunáticos, como en toda la obra de José Ángel Cilleruelo: las cosas en tránsito, los seres que se pierden en los meandros de la existencia, los minutos que agonizan, las sucesos que apenas dejan un rasguño en la memoria. La mirada del aforista y poeta, incisiva, hospitalaria, transforma la realidad a menudo de la naturaleza; con ser un escritor urbano, no es Lunáticos un libro sobre la ciudad en realidad lingüística, que arrastra los colores, las texturas de lo visto, a los entresijos verbales. Las paradojas, una de las herramientas fundamentales del género, abundan aquí, y conviven con la ironía y el humor que propende, en ocasiones, a la greguería y una admirable precisión descriptiva: "El autobús arranca y, detrás de su miscelánea de estrépitos, no deja a nadie en la parada donde estoy aún esperándolo", reza el 125. Pero de estas impresiones sutiles se obtiene siempre un sentido trascendente, aunque el poeta no haya pretendido alcanzar con ellas ningún resultado edificante: se lo otorga su propia revelación, su verdad precisa y asombrada, su atención a lo inútil, a lo insignificante, y, por eso mismo, su potencia epifánica, independiente de objetivos y utilidades. Así nos lo revela el propio Cilleruelo en uno de los no pocos aforismos metapoéticos (o metaaforísticos) de Lunáticos, el 146: "El poeta es el que mira hacia otra parte. Es una frase peyorativa, sí, pero también simbólica con solo añadir un artículo: hacia la otra parte"; y así consta también en el iluminador epílogo con que cierra el volumen: el aforismo que él quiere es el "que no describe nada, que no denuncia nada, que no revela nada; en suma, que no dice nada. Y en su no decir nada se  halla, para mí, lo único que vale la pena decir. Del resto ya se ocupan los periódicos y las novelas". 

Nanomoralia, de Vicente Luis Mora (Córdoba, 1970), otro sobresaliente hombre de letras como Cilleruelo, toca prácticamente todos los palos de la literatura, es una propuesta heteróclita y voraz, tanto en los temas tratados que son casi todos los relevantes de la cultura de hoy como en la forma de hacerlo. Los asuntos directa o indirectamente relacionados con la propia literatura, que Mora conoce bien por su ingente labor como crítico, nutren muchos de sus aforismos, a veces con socarronería, como este, contra los poetas, que podría firmar Gombrowicz: "POETA: alguien capaz de aguantar estoicamente, durante años, todo tipo de elogios y alabanzas, un ser con una resistencia proverbial para aceptar lisonjas, parabienes y piropos década tras década, sin rechistar, sin hacer un mohín: un atleta de la admiración ajena. POETA: alguien incapaz de perdonar, por muchos siglos que pasen, la más pequeña de las críticas". Las parodias literarias, teñidas de humor negro, afluyen también a sus creaciones, como esta, machadiana: "El muerto que tú ves no es muerto porque tú lo veas; es muerto porque no te ve". Vicente Luis Mora se ocupa también de la filosofía, un terreno siempre de su interés, y no elude lo onírico, como en un larguísimo aforismo, valga la paradoja, titulado "[Artefactos inquietantes vistos en sueños:]". La sección en la que se incluye este texto, "Anotaciones de diario", revela, en su caso, la cercanía del aforismo con otras modalidades de la anotación personal. En los aforismos más propiamente dichos de Nanomoralia que podrían denominarse, con justeza, textículos se agazapan microrrelatos, como este: "Soledad es lo que sientes cuando, tras hacer una llamada de necesidad en un teléfono público, te sobra saldo y no se te ocurre a quién llamar". En muchos otros asistimos a juegos verbales ("Hay mucha narrativa española basada en el copio y ego") o incluso visuales, como los contenidos en la sección "Visualforismos", elaborados con técnicas de vanguardia, caligramáticas o puramente tipográficas. Así, "[Cabeza de manifestación] iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii". Esta preocupación formal se alía con el interés por la ciencia y los nuevos medios de comunicación, a los que se refieren numerosos aforismos, y que se refleja en el título del libro, cuyo prefijo alude a la tecnología microscópica que permite el funcionamiento de buena parte de los aparatos de nuestro mundo, empezando por los ordenadores. El lexema principal, moralia, tiene un sentido inequívoco: Vicente Luis Mora es un moralista de nuestro tiempo, en la más noble y necesaria acepción del término: un agudo fustigador de las tonterías y mezquindades del mundo literario y del mundo, en general.

Por último, El hilo de la luz, de Gabriel Insausti (San Sebastián, 1969), ensayista, narrador y traductor, ofrece un conjunto de aforismos signados por una concisión extrema y una desilusión igualmente radical. Ningún aforismo se prolonga: apenas doce o quince alcanzan las tres líneas; todos los demás son tan sucintos y concentrados como este: "¿En la onda? Mejor en lo hondo". No hay, pues, coqueteos con otras fórmulas: El hilo de la luz es aforística stricto sensu, sin veleidades, a palo seco, pero palo muy sustancioso. Insausti echa mano de muchos de los recursos retóricos que mejor convienen al aforismo, también empleados por Cilleruelo y Mora: las paradojas y antítesis, los calambures y paronomasias ("Correspondencia biunívoca: los párpados son par pá dos") y el humor (que también se desliza a la greguería: "Los aleros de los tejados son el ceño fruncido de las casas poco hospitalarias"). Pero lo que singulariza este cuaderno no son sus mecanismos expresivos, con ser pertinentes, sino su profunda decepción con el mundo. Muchos de ellos subrayan la importancia del viaje, de la pregunta, de la búsqueda, frente a la llegada, la solución y el hallazgo. Por eso, lo que los inspira y no tanto su conclusión es el desengaño de todo: del lenguaje y la literatura, en primer lugar, pero también de la vida. Insausti se sabe derrotado y no espera nada, ni desea nada, excepto, si acaso, destilar ese desencanto en aforismos eficaces. La certeza del fracaso y la decepción de las expectativas llegan, no pocas veces, al nihilismo: "El nihilista ya no milita: constata". Los únicos refugios que reconoce son la ironía, ese amparo de los vencidos (o de los que se han cansado de luchar), y la discreción, la modestia, el silencio: el hilo de luz que constituye una última y claroscura esperanza. Insausti se retira, pues, a los aforismos, ese lugar, como señala en el prólogo del volumen, "adonde se acude cuando se está de vuelta de la literatura y se ha comprendido que ser exhaustivos y dar cuenta de las cosas, a la postre, resulta imposible". Y ahí, paradójicamente, en la imposibilidad y el recogimiento, pero también en la inteligencia, lo encontramos.

domingo, 12 de marzo de 2017

Las delicias del tren

Ayer presentamos Corónicas de Ingalaterra. Una visión crítica de Londres en Madrid y hoy voy a pasar el día en la ciudad, hasta mi regreso a Mérida, entrada ya la tarde. Me acerco a un lugar que desconozco de la capital: el Museo del Ferrocarril, donde trabaja A., hermana de una amiga muy querida de Mérida. A., a quien su hermana envió un ejemplar de Los haikús del tren, un poemario que publiqué en 2007 en la ya desaparecida editorial almeriense El Gaviero, ha tenido la idea de utilizar algunos de ellos en una instalación que quiere montar el próximo Día del Libro en el Museo, y hemos quedado en que me pasaría por allí algún día para conocernos, hablar del proyecto y, quizá, dejar unos pocos ejemplares del libro en la tienda del establecimiento, por si algunos de los que lean mis poemas quieren leerlos todos. No obstante, voy al Museo sin cita, y no estoy seguro de que nos veamos. Pero, aunque no sea así, me apetece conocer este lugar enorme y extraño, que recrea un mundo que ha sido muy fértil para la literatura y que no puedo dejar de asociar a mi juventud, cuando viajaba en interrail, leía Orient Exprés, de Graham Greene, o Asesinato en el Orient Exprés, de Agatha Christie (siempre he preferido, como destino, Estambul a Vladivostok), y me enamoraba en cada hauptbahnhof. Llego después de un viaje en metro es decir, en tren subterráneo– en el que he visto cómo se comunican dos sordomudos ciegos: escribiéndose en las palmas de las manos y palpando los signos que cada uno hace con los dedos. El Museo del Ferrocarril se encuentra en la antigua estación de Delicias, inaugurada en 1880, cerrada al tráfico de viajeros en 1969 y al de mercancías dos años después, y utilizada como museo desde 1984. Causa sensación, al entrar, la altísima nave de hierro que la cubre. En el bosque de remaches y pináculos de esa cubierta desmesurada pero airosa se posan los pájaros, que no dejan de cantar. El lirismo de la escena esconde una realidad más prosaica: los excrementos de las palomas están dañando la estructura. Las palomas son una plaga nefasta cuyas deyecciones martirizan a los edificios y a las personas, pero resultan muy difíciles de combatir. Me lo explica A., a la que sí he encontrado en su despacho, y que se ha ofrecido amablemente a hacerme de cicerone. También me cuenta que el lugar no recibe una financiación suficiente (como, por otra parte, casi ningún equipamiento cultural del país), y que eso explica el aire decadente del conjunto. En las dos vías que alberga la estación-museo se alinean diferentes locomotoras y vagones que han circulado por España desde que se inaugurara la primera vía de tren en 1848, entre Barcelona y Mataró. Y en los andenes se suceden otras piezas menores, relacionadas con la historia del tren, o salas con exposiciones de maquinaria u objetos que tienen que ver también con el mundo ferroviario. Entre esas piezas menores se encuentran, por ejemplo, una vagoneta de tracción manual o "zorrilla" no sabemos si porque así se llamaba quien la diseñó o por alguna otra connotación menos confesable que apareció en El imperio del sol –no el modelo, sino esta misma pieza, que pidieron prestada para la filmación–; otra apagafuegos "a brazo", con la que se sofocaban los muchos incendios que provocaba el vapor de las locomotoras antiguas en las estaciones y las instalaciones de la vía; y una camioneta –una Fargo Power Wagon WM300, de 1946, fabricada por la norteamericana Dodge– el diseño de cuyas ruedas le permitía circular tanto por la vía férrea como por carretera. Entre las salitas que visitamos a lo largo de los andenes hay una de relojes, la mayoría de los cuales funcionan –y todos marcan la una menos cinco–, y otra de maquetas, oficialmente denominada "de modelismo ferroviario", con tres complejísimas construcciones animadas por las que circulan trenecillos, se encienden y apagan semáforos, y mana agua de las fuentes. Las atienden varios voluntarios que se afanan en que todo funcione sin percance. Uno de esos voluntarios está poniendo pegamento en un rincón de la maqueta mayor para levantar un nuevo elemento del paisaje: una montaña, quizá, o un castillo. A. los llama voluntarios, pero en realidad son friquis del tren, una cofradía universal en la que se juntan todos aquellos que desean prolongar las tardes de la infancia en las que montaban el tren eléctrico, lo ponían a funcionar y se pasaban horas hipnotizados por la pautada circulación de los convoyes. (El fútbol es otra prolongación de la niñez: cuando los jugadores se retiran, se acaba el patio; y la lectura, otra, pero esta, por fortuna, no tiene fin). A. también me cuenta que uno de ellos, falangista, desliza entre los muñequitos figuras de Franco, y que periódicamente han de retirarlos de las maquetas. A continuación, me enseña el archivo y la biblioteca del Museo, que alberga más de 31000 títulos y 3000 títulos de publicaciones periódicas, además de una importante colección cartográfica, y que se encuentra en las dependencia del "jefe de estación", como reza todavía una placa metálica encima de la puerta de entrada, de cristal añejo. Los datos que se conservan en esta biblioteca son muy útiles no solo para los ingenieros y los historiadores, sino también para los escritores, que necesitan saber a qué hora y por dónde circulaban los trenes que aparecen en sus novelas. Ah, el afán de verosimilitud, cuánto trabajo nos da. A. me muestra también una mítica guía Bradshaw, de 1838, y los archivadores en que se conservan los papeles de Canfranc, la documentación que un guía turístico francés descubrió en la abandonada estación oscense, que revelaba el paso de mercancías a la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial –entre ellas, wolframio, un mineral esencial para la fabricación de proyectiles y blindajes– y la entrada de toneladas de oro en pago de esos materiales. Lo más sorprendente de esta historia es que los papeles estaban desperdigados en la estación porque se acababa de filmar en ella un anuncio del "calvo de la Navidad" –aquellos alopécicos spots que nos prometían la suerte de la lotería– y el equipo de rodaje había puesto patas arriba el lugar, sin darse cuenta de su valor ni casi de su existencia. (Aunque no: lo más sorprendente es que RENFE los hubiera dejado tantos años allí). No obstante, lo más espectacular del Museo son sus locomotoras y vagones, que en algunos casos permiten verdaderos viajes en el tiempo, y nunca mejor dicho. Así, por ejemplo, un talgo antiguo, el Virgen de Aránzazu, cuyas paredes parecen fuelles de aluminio y en el que se puede entrar. Cuando lo hago, me encuentro con una familia de ingleses que ya lo está recorriendo (pero no, los niños no lo recorren: brincan de asiento en asiento). No es extraño este interés britano: ellos fueron los inventores del artilugio, y gracias a él pudo hacerse la revolución industrial. Todo es verde aquí dentro, y todo huele a pasado. Se me hace extraño revivir esta realidad enterrada en la memoria, y no sé si me gusta. Es como si el mundo usurpase mi mente y me dijera que lo que contiene ya no solo le pertenece a ella, sino también al mundo objetivo, a la materialidad de las cosas. Lo siento –qué tontería– como una violación de mi intimidad: de mi recuerdo. Veo un tren Ruta de la Plata, que iba de Sevilla a Gijón por Extremadura, y todo tipo de locomotoras: entre las de vapor, desde las minúsculas que circulaban en Jerez de la Frontera o las minas asturianas (a las que llamaban "maquinillas", como las de afeitar) hasta las gigantescas, de los tipos muy adecuadamente llamados mamut o mastodonte (y en España bautizadas con nombres de ríos: la "Alagón", la más antigua, construida en 1863, y la "Cinca", uno de los ríos de mi infancia, construida en 1864 y operativa hasta 1962, el año de mi nacimiento). Hay también una máquina Confederación, con su característico color verde, de las únicas diez que construyó, en 1955, La Maquinista Terrestre y Marítima, que desarrollaba una potencia de 4226 caballos, una monstruosidad en su época, y alcanzaba una velocidad de 150 km/h, algo no menos brutal. Paradójicamente, aquella bestia solo funcionó 20 años en España, hasta 1975: quizá, como los dinosaurios, no supo adaptarse al cambio de los tiempos. Veo también locomotoras diésel, americanas –en cuyo vagón-restaurante se ha intentado recrear el ambiente poniendo junto a una ventana una cafetera antigua y un bote de Nescafé–, y eléctricas, entre ellas una trifásica suiza. Algunos de los coches repartidos entre las máquinas sí reproducen el lujo de los antiguos convoyes, con terciopelos, lámparas de araña y baños de loza, que me hacen recordar las novelas de Agatha Christie y tantas películas con viajeros sofisticados y asesinatos no menos exquisitos. En uno de ellos, de 1930, el Museo ha instalado su propio bar, donde me tomo, en la escueta pero muy enmaderada barra, una sabrosa cerveza. Cuando salgo del Museo, los pájaros siguen cantando (y cagándose, supongo).

martes, 7 de marzo de 2017

Los niños tienen pene; las niñas tienen vulva.

Así empezaba la leyenda con la que un autobús fletado por la organización Hazte Oír (cuyos miembros se autodenominan "defensores de la familia"; en realidad, son integristas católicos) ha intentado recorrer estos días las calles de Madrid. El resto del mensaje decía: "Que no te engañen. Si naces hombre, eres hombre. Si eres mujer, seguirás siéndolo". Hay que reconocer que la provocación ha tenido éxito: aunque el autobús haya sido sancionado e inmovilizado al poco de empezar su gira, por varias denuncias que se han presentado contra la campaña e incumplir la ordenanza municipal que regula la publicidad en los vehículos a motor, Hazte Oír ha cobrado una popularidad que no le habían proporcionado hasta hoy sus iniciativas anteriores, que han ido desde manifestaciones contra el aborto (un clásico de la ultraderecha española) a protestas contra el matrimonio homosexual, pasando por escraches contra políticos que apoyasen medidas a favor de la diversidad sexual. Aunque no es poco, es, quizá, lo único que les ha salido bien. Por lo demás, el mensaje transmite la estulticia de sus promotores, que ni siquiera se dan cuenta de la contradicción que alberga su aparente pleonasmo: la afirmación "Si naces hombre, eres hombre" no contradice, sino que más bien confirma, la realidad de los transexuales varones, que nacen hombres en un cuerpo de mujer. Ellos se sienten hombres: son hombres por dentro. Han nacido hombres y, por lo tanto, son hombres, aunque su anatomía sea femenina. Y lo mismo cabe decir de las mujeres transexuales: son psicológica y emocionalmente mujeres, a pesar de sus atributos masculinos, y, en consecuencia, lo seguirán siendo. De lo que se trata es de que puedan y de que la sociedad les ayude a conciliar su realidad interior con su realidad exterior, con una finalidad muy sencilla: que dejen de sufrir; que sean felices. Uno de los axiomas morales más afortunados con los que he dado en esta vida de hecho, uno de los pocos que me han ayudado realmente a orientar mis acciones, y que me parece haría un gran bien a la humanidad si se generalizara, es este: no causar daño. Otro es un clásico: vivir y dejar vivir, que todos los fanáticos del mundo, como estos de Hazte Oír, harían muy santamente en repetir como un mantra cada día, a ver si se les mete en la mollera. Con ambos, me parece, superaríamos ese estado en el que muchos chapotean diariamente, un estado en el que las ideas o, mejor, la ideología, se impone a la certeza del sufrimiento a que esa ideología es decir, esos prejuicios, esa intolerancia conduce a quienes la padecen. La Iglesia y su grey más cerril prefieren la vigencia de la doctrina a la eliminación del sufrimiento, garantizar el credo a mitigar el dolor, cumplir con los preceptos a tener compasión. Y para ello, en este caso, apelan a una tautología que tiene, además de la contradicción ya señalada, algunas connotaciones terribles. La primera es que recurra al determinismo genital para condenar una conducta social: a estas alturas del partido, ya sabemos, gracias a la biología y la psicología, que la identidad sexual no la dan los órganos reproductivos, sino el complejo entramado de la mente. La segunda, que la apelación a la naturaleza como razón para aprobar o reprobar determinadas acciones humanas es tan falaz como, de nuevo, contradictoria: siguiendo la lógica de estos talibanes de Cristo, a los transexuales los trae Dios al mundo, igual que a los homosexuales, y no optan desnortadamente por una identidad sexual, sino que persiguen la única que sienten, desde niños, como propia. Son, pues, tan naturales como los heterosexuales. (Por otra parte, nada me parece más antinatural que el celibato de los curas y monjas, que, esa sí, atenta contra las leyes reproductivas del mundo, reprime una condición esencial de la personalidad humana y, con lamentable frecuencia, revela su dañina artificiosidad a costa de niños y desamparados). La tercera y última, y acaso la más atroz de todas, es que el mensaje de los militantes de Hazte Oír (todos ellos, por cierto, gente de orden, educada, muy bien peinada, seguramente con licenciaturas universitarias, muy convencida de la sacralidad de sus ideas; nada de perroflautas vocingleros: excelentes ciudadanos) se refiere a un colectivo, el de los transexuales (y, en particular, el de los niños transexuales), el 42% de los cuales declara haberse intentado suicidar alguna vez, y muchos de cuyos miembros han sufrido, y siguen sufriendo, en los colegios y las calles, los insultos y agresiones de la jauría machota que no entiende otra realidad que la contenida en las angostas paredes de su cráneo (o de su pene, o de su vulva). Pasear proclamas que refuerzan la visión de los que injurian, escupen o apalizan a personas, es una vileza, impropia de quienes se dicen seguidores de un dios misericordioso, aunque coherente con muchos de sus antepasados en la fe, desde Torquemada a Francisco Franco. Algo más me ha llamado la atención en este asunto, aunque no debería hacerlo, porque ya tengo comprobado que es lo habitual. En los medios de comunicación los que yo he seguido, al menos, la charlotada siniestra de Hazte Oír ha encontrado múltiples explicaciones, aunque todas podrían resumirse en una: Hazte Oír es una organización de friquis, de gente trasnochada y poco menos que pintoresca, que se afana por hacerse notar en una sociedad que progresa mucho más deprisa que ellos. Pero ningún periodista ni contertulio al que haya oído opinar ha dicho lo que me parece evidente: que la religión es la culpable de lo que estos seres inclementes dicen y hacen. Sus cerebros, tan cultivados en los centros privados o concertados de enseñanza y en las universidades del Opus Dei o de cualquier otra secta judeocristiana, y sin embargo tan escleróticos, están infectados por la superstición religiosa: no entienden nada, ni aceptan nada, ni toleran nada, que viole los dogmas que les han inculcado en la infancia y que les dan las certidumbres necesarias para no ahogarse en el marasmo y la confusión de la existencia humana y de su necesario final. Es la religión la católica, en este caso, pero diría lo mismo de cualquier otra, incluso con más vehemencia aún, como el Islam la que determina la actitud de los borricos de Hazte Oír: la transexualidad vulnera los límites de la naturaleza creada por Dios, y a nosotros con ella: que alguien quiera y, lo que es peor, pueda alterar el cuerpo, la realidad material, que ese Dios ha decidido que tuviera, es una transgresión que socava la idea misma de un ser superior, que resta fuerza a su poder omnímodo y a su papel absoluto en la creación, y eso es más que escandaloso: es inaceptable. (Igual que la eutanasia, que permite la decisión humana al otro extremo de la existencia, negando la inexorabilidad de la muerte natural y poniéndola en manos de la persona). Las razones por las que Hazte Oír ha sacado su autobús a la calle no son de orden ético, político ni social: son estrictamente religiosas, aunque se enmascaren de muchas cosas. Y los que las analizan, los opinadores públicos, debería saberlo y atreverse a decirlo. Más que nada, para que el lenguaje no oculte, sino que revele la realidad, y para que la verdad resplandezca. Caramba, qué católico me he puesto.