martes, 16 de enero de 2018

Adiós a Pablo García Baena

El poeta Pablo García Baena murió el 14 de enero. En 2008 publicó su poesía completa en la editorial Visor. Fue, a la postre, su último libro de versos. Yo lo reseñé en Revista de Libros (nº 153, septiembre de 2009, pág. 38). Reproduzco hoy aquí esa crítica, titulada «El lujo de la palabra», en homenaje suyo:

Pablo García Baena (Córdoba, 1923) practica una poesía exquisita. Lo ha hecho siempre, desde sus inicios en el grupo Cántico —que mantuvo viva la llama del esteticismo en la lúgubre España de posguerra— hasta hoy mismo: su último poemario publicado, Los campos elíseos, data de 2006. El amor es el principal motor de su obra: un sentimiento de entrega y frenesí, que combina, no obstante, repechos de éxtasis con vaguadas de dolor. El amor es, a menudo, desengaño, olvido, deseo insatisfecho, ruptura o retorno a la soledad; casi nunca plenitud. Y no solo el amor: la vida comparte, para García Baena, esa condición bifronte de pasión y melancolía, de elevación y declive. El tópico barroco de las ruinas —que son, como escribió el también cordobés Lucano, lo único que queda del tiempo— menudea en los versos de García Baena, y se erige en metáfora del conflicto, o de la síntesis, entre el esplendor y la decadencia. A lo largo de toda su obra, amor y muerte —el binomio existencial por antonomasia— se reflejan e interpenetran: «dora de rosa tu carne funeral, ¡oh cadáver de dicha, / nupcial materia pútrida! / Entrégame en tus labios, amor, muerte, tu edén», escribe para rematar su poema «Narciso», con el que concluye Junio (1957). El versículo, al que recurre a menudo, apuntala, gracias a la amplitud y sinuosidad de sus cláusulas, la dimensión meditativa y elegíaca de su palabra.   
          El canto al amor que es la poesía de García Baena se materializa en imágenes sensuales y exaltadas, de frecuente deriva erótica. El cuerpo joven asoma en muchas páginas, a veces transubstanciado en ángel, que es también demonio: una figura rilkeana que sugiere la fusión entre lo terrenal y lo espiritual, entre lo eterno y lo perecedero. Recorren esta Poesía completa (1940-2008) sutiles relieves homoeróticos, que se hacen más explícitos en su tramo final, como la serie «Tres voces del verano», de Fieles guirnaldas fugitivas (1990), en la que se invoca a tres figuras masculinas de la mitología, el arte y la más anónima cotidianidad: Helios, David y Bobby, que se despojaba del «pequeño taparrabos celeste, / la camiseta como broquel de un pecho / sin defensa (…) / tal un dios de tobillos alados…».
          A la sensualidad de la aventura erótica corresponden la delicadeza de la imaginería, la suntuosidad metafórica y la exacerbación léxica. La poesía de García Baena es selvática: aparece tapizada de plantas, flores, frutos, arroyos, pájaros; de epifanías de la primavera, la estación sanguínea. Sus aires rurales se radicalizan, a veces, en efusiones bucólicas, con pastores y locus amœnus y figuras mitológicas. Sus poemas celebratorios, rezumantes de pulpas y savias, saturados de aromas y colores —que se potencian mediante sinestesias—, se constituyen en breves dioramas estivales, incesantemente barrocos. García Baena también practica el orientalismo, como sus antecesores modernistas cultivaron la japonesería. Muchas de sus composiciones se parecen a cuadros de Fortuny o de los románticos del s. XIX, con escenas asiáticas o bíblicas, plagadas de sedas, pedrería y árboles exóticos. La poesía de García Baena no es solo visual, sino pictórica: una sostenida eclosión de pigmentos y geometrías. Uno de sus poemarios se titula Óleo (1958). En «Agatha 2», de Antes que el tiempo acabe (1978), incluye un bodegón: «la jerarquía del ópalo y su brillo funesto, / la anestesia fugaz del heliotropo,/ el ajenjo de paso silencioso./ Frutas de cera roja como remordimientos,/ palomas como alados pechos níveos». Y los colores —cuyo repujado cabe considerar parnasiano— lo invaden todo.
          Pero esta Poesía completa es también lingüística, radicalmente lingüística: su dimensión léxica prevalece sobre cualquier otra. Su singularidad no radica en la sintaxis, siempre ordenada —no hay delirio en García Baena; tampoco visiones—, ni en los tropos, con ser relampagueantes, ni en los temas, que prolongan la tradición barroca y acogen ecos decadentistas y juanramonianos, sino en el vocabulario, jugoso y carnal, culto e infinito, que genera unos ritmos opulentos y una melodiosa ininteligibilidad. García Baena gusta de recurrir al arcaísmo y a los lenguajes específicos, y de subrayar, mediante múltiples artificios, como la similicadencia o la aliteración, la dimensión material del verso. Góngora, su mejor maestro, le suministra el andamiaje acentual y la complejidad compositiva: zeugmas, hipérbatos, quiasmos. Sin embargo, en esto mismo se sitúa la incomodidad que puede producir la poesía de García Baena. Su naturaleza esdrújula —tanto por su énfasis como por su proparoxitonía—, su adjetivación incansable —y a veces adiposa— y su encarnizamiento léxico hacen que, en ocasiones, el mero dictado sonoro se imponga a la vibración espiritual: que la técnica, o lo tecnificado, ahogue a la emoción. A veces, el poeta fuerza tanto la expresión que resulta cursi: «Desfallecía la voz como un alhelí cárdeno en la tarde de estío», leemos en «Llanto de la hija de Jephté», de Mientras cantan los pájaros (1948). En otras, se acerca a lo incomprensible: «El unicornio, el jimio, los pavones, la alcándara, / los mitrados turbantes, gabanes cibelinos, / el bezoar y el ópalo (…), / así nos retrataron al oro de las fimbrias», dice «El tapiz de los reyes de Oriente», de Fieles guirnaldas fugitivas. En estos casos, es difícil no recordar a aquel lector que del alejandrino rubeniano «que púberes canéforas te ofrenden el acanto» decía haber entendido solo el «que». Tampoco resulta simpático el empeño de García Baena en cultivar la poesía religiosa, anacrónica donde las haya, con loores a la virgen y embelesos litúrgicos, aunque a veces no sea sino un pretexto para articular escenas suntuosas. Más interesante resulta considerar otro ámbito de su producción, embebido en el torrente exquisito de su poesía, pero suficientemente reconocible, que podríamos denominar social, y que abarca tanto la descripción de su Córdoba natal como la incorporación al poema de la realidad cotidiana, de lo que envuelve prosaicamente al poeta, más frecuente, de nuevo, en sus últimos libros. La primera comprende desde una calleja insignificante hasta el mito del Sur —un espacio dorado e inalcanzable, al que también han apelado otros grandes poetas cordobeses de su tiempo, como Manuel Álvarez Ortega—; la segunda permite un discurso menos profuso y más derechamente encaminado a la emoción.
          Poesía completa (1940-2008) acredita, en cualquier caso, una de las trayectorias poéticas más meritorias de la poesía española de la segunda mitad del siglo pasado, por su singularidad, su brillantez formal y su coherencia estética.

sábado, 13 de enero de 2018

Noticias sobre Muerte y amapolas en Alexandra Avenue

Manuel Rico reseñó ayer Muerte y amapolas en Alexandra Avenue en el "Babelia" de El País. Esto dice la crítica, titulada "Cambio de vida":

La construcción de una vida nueva en plena madurez suele conllevar grandes desajustes anímicos, inseguridades y una actitud entre expectante y asombrada ante el futuro. Eduardo Moga (Barcelona, 1962) ha escrito su octavo libro de poemas, Muerte y amapolas en Alexandra Avenue, bajo esa impronta. Se trata de un libro con una estructura muy pensada y con un aliento unitario, pese a su diversidad formal. La poesía torrencial de Moga, verbalmente poderosa y llena de imágenes, es un intento de respuesta a un interrogante ("Aquí ¿a qué vine? / ¿Qué sombra izó sus velas? / ¿Qué cuchillo se convirtió en antorcha?": así comienza el libro) nacido del desarraigo, del cambio de vida, de la necesidad de adaptación a Londres. La soledad, la incomunicación, el amor y sus contradicciones, la nostalgia, la relación distante pero solidaria con personajes que son parte de la urbe dialogan con la memoria propia y con la historia de nuestro destierro intelectual. Moga, así, nos ofrece un mosaico que se sustenta en la integración de estéticas y géneros. Desde el largo (y duro) poema escrito en verso libre y escalonado, "Clamor cuchillo", hasta los textos en prosa que evocan a exiliados como Barea, Garfias o Cernuda, entre otros, con que cierra el volumen. Junto a ello encontramos largos poemas que conviven con fragmentos de diario o piezas breves, entre el aforismo y el haiku. Un libro sólido, visionario en parte y en parte realista, que es metáfora de la vida urbana en el siglo XXI.

Antes, otros poetas y críticos se habían ocupado de él: 

Francisco Javier Irazoki, en "El Cultural" de El Mundo (http://www.elcultural.com/revista/letras/Muerte-y-amapolas-en-Alexandra-Avenue/40198); Irazoki también lo consignó como el primero de los libros de poesía española de 2017 en la lista que publica cada diciembre El Mundo (http://www.elcultural.com/revista/letras/Las-votaciones-de-nuestros-criticos/40483).

Javier Pérez Walias, en Turia (http://www.vasoroto.com/?lg=es&id=6&pid=1092).

José Antonio Llera, en Nayagua (http://www.cpoesiajosehierro.org/web/uploads/pdf/6e7777c9708c3f88ef71270c1ff031b1.pdf).

Agustín Calvo Galán, en Quimera (nº 405, septiembre de 2017).

Jesús Aguado, en El Ciervo (http://www.vasoroto.com/?lg=es&id=6&pid=1019).

Manuel Simón Viola, en Notas al Margen (http://simonviola.blogspot.com.es/2017/04/muerte-y-amapolas-en-alexandra-avenue.html). 

Alicia González, en Leer (http://www.vasoroto.com/?lg=es&id=6&pid=998) y, después, en Satisfacciones de Esclavo (https://jaberbock.wordpress.com/2017/07/12/muerte-y-amapolas-en-alexandra-avenue/).

Mario Martín Gijón, en El Periódico de Extremadura (http://www.elperiodicoextremadura.com/noticias/opinion/amapolas_1023263.html).

Y Agustín Fernández Mallo, en El Mundo (http://www.elcultural.com/revista/opinion/Tres-poemarios/39726).

Algunos periodistas digitales me han entrevistado o recogido mis reflexiones sobre el libro: 

Esther Peñas, en Solidaridad Digital (http://www.solidaridaddigital.es/Noticias/Cultura%20y%20ocio/Paginas/DetalleNoticia.aspx?SDid=24802).

Y Ricardo Iván Paredes en Pliego Suelto (http://www.pliegosuelto.com/?p=23051).

A todos ellos, y a los directores y coordinadores de las revistas y medios culturales que han acogido su trabajo, muchas gracias.

miércoles, 10 de enero de 2018

Del Tábula Calda al parque de la Isla

Hoy, 6 de enero, me regalo a mí mismo un menú de Reyes en el Tabula Calda, uno de los restaurantes de Mérida que me son más simpáticos. Fue el primero que descubrí al llegar a la ciudad, y me sedujeron tanto su aspecto, agradablemente cavernario, como la simpatía de Manolo, uno de sus dueños. Manolo rezumaba cordialidad, subrayaba que las verduras que servían eran de su propia huerta y me daba unas palmadas en la espalda que me descolocaban los órganos internos. Me llamaba "el catalán" y, cuando se enteró de que tenía problemas plantares, me recomendó con entusiasmo al podólogo que le había resuelto a él los suyos. Por desgracia, los achaques de Manolo no desaparecieron con la intervención del callista: hace meses dejó de atender el restaurante y ya solo lo he visto una vez, por la calle, con una muleta o un bastón. También Libertad, su encantadora sobrina, que se ocupaba de nosotros con esmero (y que estaba escribiendo una tesis doctoral sobre el conflicto palestino-israelí, dirigida por Shlomo Ben Ami, el elegante exembajador de Israel en España), ha dejado el local. Pero, pese a bajas tan sensibles, todavía me gusta comer en el Tabula Calda, que mantiene, mezcladas con los motivos romanos, las tradiciones hebraicas que lo distinguen. Así, el entrante es siempre una ensalada de naranja, granos de granada o pasas y aceite de oliva, que está de rechupete (Manolo nunca se olvidaba de decirme que lo mejor era mojar el pan en el aceite y el juguillo de la naranja). Y hoy sirven, entre los platos principales, un bacalao con salsa sefardí tan fino como contundente. También la música acompaña: las canticas que no dejan de sonar, con instrumentos deliciosamente periclitados cítaras, vihuelas, bandurrias—, me recuerdan a las tonadas de Las locas aventuras del rabbi Jacob, de Louis de Funes. El local está lleno. La gente celebra la Epifanía del Señor ante los Reyes Magos con un ágape familiar, otro más de los que se suceden, como las vallas del derby de Epsom, en estas señaladas fechas. En la mesa vecina, ocupada por media docena de personas, distingo a una joven muy hermosa, y muy ataviada para la ocasión, que, lamentablemente, mastica con la boca abierta. No sé si quien parece ser su novio o acompañante, que me da la espalda, la imita en esa desdichada costumbre, pero sí advierto, cuando se levanta para ir al baño, que es muy feo. Yo concluyo el menú y la lectura de El País, y salgo a dar un paseo por la ciudad: necesito estirar las piernas, acartonadas después de muchas horas de lectura y escritura, y estimular la digestión, que, tras las patatas panaderas, el bacalao y la tarta de queso, se anuncia pesada. Me dirijo al puente romano y al parque de la Isla. Suelo recorrerlo cuando necesito caminar: nunca hay mucha gente, y hoy luce un sol enérgico, que contrarresta al frío. El sol también hace que el azul del cielo y el del río que discurre con sosiego, solo perturbado por algún pato de irisaciones eléctricas sean muy azules, y el verde de la vegetación isleña, muy verde, aunque tapizado de flores muy amarillas, que, desorientadas por la templanza del invierno, se han adelantado a la primavera. Pienso en el principio de Don de la ebriedad, de Claudio Rodríguez, el prodigioso poema que escribió con 17 años, andando por su Zamora natal y las orillas del Duero "Siempre la claridad viene del cielo; / es un don...". Recorro la isla de un extremo a otro. En muchos árboles palmeras, pinos, cedros, plátanos se concentran bandadas de pájaros, que hacen que las copas suenen como carracas monstruosas. Paso por debajo de todos los puentes que la cruzan, incluso el del ferrocarril, en el extremo norte, y llego hasta donde empieza a ensancharse el embalse de Montijo. Creo distinguir allí, en la ribera, una garcilla cangrejera, uno de esos pájaros que parecen encogidos, un buruño de plumas, pero que, cuando cazan, precedidos por el arpón del pico, despliegan un aerodinamismo y una agresividad encomiables. Los gansos y ocas con los que me cruzo, en cambio, demuestran no tener ningún miedo a las personas, es más, las achuchan para que les den algún alimento. Un grupo ruidosísimo, a veces desbaratado por la incursión de algún niño, ocupa un recodo entero. En el siguiente, lo que abunda son los gatos. Una manada (si es que hay manadas de gatos, unos animales individualistas por naturaleza) remolonea entre la maleza: algunos dormitan, otros se desplazan unos pocos metros sin propósito aparente, los más me observan con indiferencia. Me admira esta convivencia de ánades y felinos, de presas y depredadores: unos y otros, a pocos metros de distancia, viven y dejan vivir, como deberíamos hacer los humanos. Claro que los territorios están claramente diferenciados, y que es muy posible que los gatos, alimentados también por los paseantes, no tengan hambre, y que los pájaros echan a volar a la menor amenaza, pero dos o tres detalles de la realidad no van a estropearme un pensamiento elevado. De regreso ya al puente romano, cruzo una pasarela y avanzo por el paseo habilitado a los pies de la alcazaba. Pasan parejas de la mano, otros solitarios, como yo, que disfrutan de la caminata y el sol, algunos ciclistas y gente en chándal o zapatillas de deporte que camina rápido, aunque no tanto como Rajoy. Supero a un grupo de jóvenes que aúna todo cuanto parece caracterizar a los grupos de jóvenes: cascos de motos, tatuajes, piercings y tachuelas, loros con música a todo trapo y móviles, muchísimos móviles. Un subgrupo, de hecho, ha formado un corro en el centro del paseo y bebe de las imágenes de los teléfonos que sus integrantes han juntado como quien participa de un acto iniciático (yo pensaba que se estaban liando unos porros, pero no: lo estupefaciente es Internet). Sigo la ruta a casa, pero esta vez no por la calle de Santa Eulalia, sino por la de Almendralejo, donde antaño tuviera su sede la Editora Regional de Extremadura. Veo una agencia inmobiliaria que se anuncia como una "inmobiliaria de confianza": es un oxímoron. Lo único de lo que puedes estar confiado, cuando tratas con una inmobiliaria, es de que te va a desplumar. Más allá, cerca del hornito, frente al que pasa un señor que se persigna (aquí siempre hay gente santiguándose o rezando: los emeritenses le tienen mucha devoción a a Santa Eulalia), oigo el llanto desgarrador de una niña. Va en una bicicleta de la que se quiere bajar. El padre la arranca del sillín, y la madre, que lleva a otro bebé en brazos, le grita: "¡Pues ahora te montas, coño! ¿Para qué te la hemos regalado si no quieres subir? (el "te la hemos regalado", en un día como hoy, puede ser un desliz causado por la ira, o quizá sea esta una familia adelantada en decir a sus hijos todo lo que tienen que saber) ¡Vamos a la plaza y aprendes! ¡Tienes que aprender! ¡Pues anda que la señorita no quiere ahora ir en bici...!". No siempre los Reyes nos traen los regalos que esperábamos, o  no siempre son como los esperábamos. Aún recuerdo el chasco que me dieron cuando, de niño, no me trajeron la escopeta de balines que había pedido. Sus majestades sospechaban, con razón, que la utilizaría para demediar la manada de gatos (sí, sí las hay) que vivía en el patio interior de nuestra manzana y que, desde el balcón de casa, constituía un estimulante blanco móvil. Pero también recuerdo la expresión de alegría de mi madre cuando me contó que un año, en el pueblo, en los años cuarenta, los Reyes le trajeron una onza de chocolate. Una onza de chocolate. Mi primera bici, en cambio, no me la mandaron los Magos de Oriente, sino que fue un regalo de cumpleaños. Y aprendí a ir en ella en una era. Me caí muchas veces, como es natural, pero me reponía comiendo el chocolate que mi madre había traído en una cesta, mientras ella me limpiaba las rozaduras y me acariciaba el pelo.

viernes, 5 de enero de 2018

En el nuevo piso

Mudarse una actividad que yo ya no imaginaba volver a realizar, tras quince años de residencia bajo un mismo techo, pero que los azares de la vida (aunque nunca hay azares, sino siempre decisiones) han querido que practique otra vez, ¡ay!, con insistencia y deliberación es como divorciarse: te separas de un cuerpo conocido para acceder a otro cuyas inclinaciones, debilidades y recovecos te son aún ignorados, pero que empiezan a insinuarse desde el contacto inaugural. Escribo esto mientras oigo la batahola de la cabalgata de los Reyes Magos que, como todos los años en Mérida, empieza en mi calle, y que mezcla todos los estilos musicales, en un alegre zurriburri de flamenco, noches de paz, noches de amor, bandas sonoras de películas de Walt Disney y grandes éxitos de Raphael. Y esta es una primera y principal característica de mi nuevo piso: es menos silencioso que el anterior, lo cual me perturba y hasta me enfurece. Ayer mismo descubrí también el origen de un extraño ruido, parecido al tableteo de una ametralladora, que me salpica todas las tardes, y que me impide echar una siesta imprescindible mientras me aturdo en el sofá con las gansadas de Zapeando: es una picadora mecánica de piedra que despedaza las rocas que asoman en el solar de una obra cercana. Lo mejor del descubrimiento es que el ruido no proviene del propio inmueble; lo peor es que las obras tienen, por el tamaño del terreno, toda la pinta de que van a ser las de El Escorial: largas en el tiempo e insufribles en los decibelios. El silencio me es vital para leer, escribir y descansar, para, en suma, estar en paz conmigo mismo, y mi nuevo piso apunta a una inaceptable tolerancia con el ruido. Cuando decidí alquilarlo, no lo sabía, claro: no podía saberlo. Debería estar regulado por ley que los candidatos a inquilinos, en lugar de ser urgidos a firmar el contrato de arrendamiento como si fuesen a contraer la lepra de no hacerlo, pudieran permanecer en el piso, sin coste alguno, el tiempo suficiente para conocer sus condiciones y características, entre ellas su insonorización (o su falta de ella) y los hábitos, de educación e higiene, de los vecinos. Es muy desagradable, cuando ya se ha constituido la fianza, pagado un mes por adelantado y la comisión de la agencia inmobiliaria, y hecho la mudanza, esa otra bienaventurada tarea de los cambios de residencia, descubrir que los tabiques son tan delgados que no nos impiden oír los ronquidos o las flatulencias del morador paredaño, o que el ocupante del piso de arriba está aprendiendo a tocar la batería, o que los del tercero segunda tienen un perro abominable que se mea en los descansillos, o que algún listo aparca en nuestra plaza de aparcamiento cuando nuestro coche no está, entre una lista casi infinita de posibles agravios comunales. Que se nos revelen estos hechos infaustos no es la única adversidad que debemos afrontar cuando nos instalamos en otra vivienda. Porque, dentro, las cosas pueden ser aún peores. Uno de los atractivos de mi nuevo piso es el jardín, que, por fortuna, no lo es de hierba natural me he jurado a mí mismo no ocuparme jamás de ninguna tarea agropecuaria, aunque algunos hierbajos silvestres estén brotando ya en las junturas y crezcan con preocupante rapidez, sino de césped artificial. El jardín, amplio, cubierto, recogido, con dos tumbonas de mimbre que auguran felices tardes de sol, lectura, gin-tonic y baños en la piscina adyacente, y que lucía limpio y esplendoroso cuando lo visité, escoltado por una solícita agente inmobiliaria, se ha revelado, tras apenas algunos días de estancia, un andurrial ominoso, plagado de peligros. Una mañana, tras una noche de ventarrón, apareció cubierto por una lona, grande como para cubrir un camión, que había llegado volando y que nadie ha reclamado. Otra, una parte del recubrimiento de la reja estaba arrancado, quiero pensar que también por el aquilón y no por la malignidad de los vecinos. Cuando llueve, el agua se acumula en la superficie hundida de la mesa de plástico en la que yo soñaba con organizar amenas comidas veraniegas, y que ahora ya solo veo como el lugar de cría del mosquito tigre. Y casi siempre encuentro por el suelo objetos adustos y abandonados una bombilla rota, un trozo de manguera, una braga vieja, entre los que temo que se cuente algún día un preservativo usado, además de las bolsas vacías de patatas fritas, entre otros desperdicios, que me regala con prodigalidad el viento. En otras ocasiones, un detalle se convierte en un infierno. Así, por ejemplo, cuando me estaba duchando por primera vez en el nuevo piso, y enjabonado hasta la coronilla, me quedé con el pitorro del grifo de la bañera que hace que el chorro del agua salga por el teléfono de la ducha y no por el propio grifo en la mano. Lo más inquietante era que, con el artefacto desenganchado, no había manera de que el agua volviera a salir por el teléfono, lo que me enfrentaba a una disyuntiva diabólica: secarme con una toalla o llenar la bañera y enjuagarme en ella. Opté por lo primero, no sin soltar algunos juramentos irreproducibles, porque hacía un frío que ríete tú del que pasó Shackleton (aún no había aprendido a encender la calefacción) y esperar a que la bañera estuviese llena me habría dejado como a Jack Nicholson en el laberinto de El resplandor, además de hacerme llegar tarde al trabajo. Lo de encender la calefacción, que he mencionado en passant, tiene también su aquel. De hecho, es imposible hacerlo sin una formación previa en ingeniería eléctrica y dinámica de fluidos o una intervención divina. Lograrlo con la mera lectura del manual de instrucciones está descartado, porque la lectura de los manuales de instrucciones de los electrodomésticos nunca es mera, sino un ejercicio demoníaco que convoca al espíritu de Tristan Tzara y nuestros más soterrados instintos homicidas. Así que uno solo puede confiar en que la Providencia nos ilumine o en un cuñado que, excepcionalmente, sepa de lo que habla. Yo lo conseguí, arrebujado en mantas, por un golpe de suerte: venciendo la tiritona de los dedos, que dificultaba la manipulación del termostato de la calefacción (antes había tomado por él al mando del aire acondicionado, con lo que logré que la temperatura de la casa bajara de cero), y cuando ya estaba a punto de salir a El Corte Pekín a comprar varias estufas de rueditas, di con el indicador de la regulación manual que me permitió establecer la temperatura adecuada. Oí el clic de la puesta en marcha de la caldera y el gorgoteo de los radiadores, que entraban asimismo en funcionamiento, como quien oye chirriar los goznes celestiales y abrirse las puertas del paraíso. Excluidos el horno y la vitrocerámica, que no pienso utilizar, ahora ya solo me falta enfrentarme al lavavajillas y a la lavadora. Ambos me miran, desafiantes, desde su impasibilidad blanca. Ayer me tomé la sopa en el frutero, porque ya he ensuciado todos los platos. Y solo me queda un calzoncillo limpio. No voy a poder demorarlo más.